*Lo mejor: el riesgo de Tarantino, que no parece conocer límites en su goce cinematográfico.

*Lo peor: que aburra a la platea, acostumbrada a cortes rápidos y la acción continua.

Todo estreno de Quentin Tarantino es, para mí, lo más cercano a la llegada del mesías, ya que como he comentado anteriormente en esta bitácora, parte de la culpa de esta cinefilia sin remedio que padezco se la debo a películas como Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds).

El estreno de los “Los odiosos ocho” (The Hateful Eight) no iba a ser la excepción, a pesar de no saber qué esperar después del paso en falso que significó, a mi criterio, “Django desecadenado” (Django Unchained). Mis inquietudes esta refrendadas de manera positiva: esta octava entrega del canon tarantiniano es el trabajo más arriesgado de un director que no parece conocer límites en su goce cinematográfico.

Solo a un genio chalado como a él se le ocurre hacer un western de cámara al mejor estilo de las novelas de suspenso de Agatha Christie -piensen en los “Diez negritos“-, centrar la acción en una única y claustrofóbica locación y grabarlo en un glorioso 70 milímetros Panavision, para el cual tuvo que recuperar un formato y unos lentes que estaba prácticamente en desuso.

La osadía no se queda ahí. Narrativamente, Tarantino es tanto audaz como clásico. Si en “Perros de reserva” (1992) se atreve a hacer una película de atracos sin mostrar el crimen, en “Pulp Fiction” (1994) jugar con el arco argumental como si de un endemoniado rompecabezas se tratara, en “Kill Bill Vol. 1 y 2” (2003 y 2004)  apostar con el pastiche de géneros y en “Bastardos sin gloria” a reeditar la historia, en “Los odiosos ocho” lo hace con la dramaturgia.

“Con ‘Los odiosos ocho’, el l’enfant terrible de Hollywood se consagra como un maestro travieso: un cineasta en pleno dominio de su estilo”

Esta decisión puede que choque con el público más convencional, acostumbrado a los cortes rápidos y la acción sin freno, porque esta película es verborrea pura, hasta tal punto que el suspenso se construye a fuego lento a través del dialogo y no tanto de la imagen. Para ello cuenta con ofidios perfectamente entrenado en el arte del picotazo, con un Samuel L. Jackson como la mamba negra del grupo.

Noten cómo no he dejado de hacer referencia a la filmografía de Tarantino, un director referencial y autoreferencial al mismo tiempo, que tiene un bagaje cinematográfico tan amplio capaz de refrendarlo en un mundo propio sumamente reconocible. Es por eso que muchos argumenta que “Los odiosos ocho” es un compendio de toda su carrera y llegan al extremo de teorizar que cada uno de los personajes que indica el título del filme representan un pasaje de ella.

Puede que sea cierto, como puede que no. En todo caso, con “Los odiosos ocho” el l’enfant terrible de Hollywood se consagra como un maestro travieso: un cineasta en pleno dominio de su estilo, con la sapiencia de utilizar la técnica cinematográfica a su favor pero, sobre todo, para entender que el cine esta hecho para divertirse y provocar, pero, también, para reflexionar.

Como me dijo un buen amigo, “Los odiosos ocho” es su primera película con mensaje, y no podía ser más actual y pertinente: el problema de Estados Unidos, el mal llamado país de las oportunidades, es que los sueños de sus ciudadanos se han visto roto por las guerras y las armas. Con esto, ya no me sorprendería si el canto de cisne de este genio es una drama de época, con un vertiente romántica y sin ninguna gota de sangre. Todo es posible con este Jesús personal.