Lo mejor: la dirección de actores de Lenny Abrahamson y la entrega de Brie Larson y Jacob Tremblay.

Lo peor: que se le considere una película menor y, por tanto, no se le precie lo suficiente.

Damos por sentado todo. La cama donde dormimos, el plato que comemos, el trabajo que tenemos, la ducha que nos damos, las personas que queremos y la libertad que poseemos. Pero qué sucedería si un día perdiéramos todo esto y nos viéramos confinados a una habitación de 30×20 metros, sin más vestigio del mundo exterior que un pequeño tragaluz en el techo.

Room

Esta premisa la sustenta “La habitación” (Room), quinto largometraje del irlandés Lenny Abrahamson -un tipo lo suficientemente audaz para convencer a Michael Fassbender para que actué en su película con una enorme máscara de papel maché y salir victorioso en la empresa-, que se apodera del libro homónimo de Emma Donoghue que, a su vez, se inspiró ligeramente en un caso de la vida real: la austriaca Elizabeth Fritzl permaneció encerrada en un sótano durante 24 años por su padre, quien abusó sexualmente de ella y tuvo siete hijos-nietos con ella.

El acierto Donoghue y, por tanto, de Abrahamson, es narrar la historia a través del punto de vista de Jack, esa pequeña criatura entre madura y caprichosa que es el hijo resultante entre la secuestrada -una inconmesurable Brie Larson, que se merece todos los premios que ha recogido- y “El viejo Nick”. De esta manera, un escenario abominable, respira candidez, ternura e inocencia en sus cuatro costados.

“La habitación’ es una historia de amor, una invitación a ver el mundo con los ojos de un niño y a apreciar nuestros supuestos”

En este sentido, “La habitación” me recuerda a “La vida es bella” (La vita è bella), al ser ambas homenajes sobre el amor filial en tiempos de desespero. Pero donde el filme de Roberto Benigni resulta superficial en algunos pasaje y maniqueo en su conclusión, Abramson apuesta por un enfoque más realista y no por ello menos emocionante.

Para ello utiliza una puesta de escena claustrofóbica, que hincharía de orgullo al mismísimo Hitchcock, donde obra el milagro que hacer parecer esa pequeña habitación en una representación del mundo entero, como llega a explicar en algún momento Jack a su abuela.

Room

Esto en la primera hora del filme, llena de suspenso, horror e intranquilidad. La segunda parte parece ser una película totalmente diferente, pero igual de destacada: ahora el problema no es la falta de libertad, sino la ostentación de ella, pasando de un relato de supervivencia a un drama familiar genuino y poderoso.

Al final, “Room” es una historia de amor, una invitación a ver el mundo con los ojos de un niño, a apreciar nuestros supuestos y, sobre todo, agradecer por esta cosa maravillosa que es el cine. Aunque se pueda comparar fácilmente con “La vida es bella”, yo prefiero hacerlo con “La guerra declarada” (La guerre est déclarée), esa pequeña obra francesa que me arrebata el corazón cada vez que la veo.