*Lo mejor: una Jennifer Lawrence que se roba la pantalla, acompañada de secundarios de lujo.

*Lo peor: una idea desaprovechada por el ánimo transgénero de David O. Russell.

Dice Quentin Tarantino que la relación entre Jennifer Lawrence y David O. Russell es el equivalente moderno a William Wyler y Bette Davis, quienes trabajaron juntos en tres melodramas memorables: “La loba” (1941), “La carta” (1940) y “Jezabel” (1938). “Y es algo a lo que es bueno parecerse”, agrega Quentin, no tanto como director, sino afanado cinéfilo.

Yo no puedo decir que la comparación sea justa, porque aunque provechosa -Lawrence ganó dos estatuillas doradas y Russell se en el niño mimado de la industria-, no siento que los resultados sean tan dignos de comparación. “El lado bueno de las cosas” (2012) es una dramedia con encanto, pero un final
tramposo. “La gran estafa americana” (2013), por su parte, es un disparate sin sentido, de la que solo rescato la hilarante escena inicial del peluquín de Christian Bale.

Joy

Ha sido por esta razón que la figura del director neoyorquino me genera cierto rechazo, ya que no veo una equivalencia entre su reconocimiento y la calidad de su obra. Tanto así, que tengo que admitir que la única película que me ha gustado de él, en lo que parece una pequeña broma de mi retorcido gusto cinematográfico, ha sido su más reciente trabajo, “Joy”, donde colabora por tercera vez con su estimable musa.

Desde la primera escena Russell marca el tono de lo que estamos a punto de ver: vemos a dos mujeres conspirar sobre amores y traiciones en una lujosa sala de una mansión con una actuación afectada de telenovela, hasta que el plano se va alejando y difuminando a un blanco y negro televisivo, que corre en la habitación de la sala de la familia Mangano.

Lo que se verá de ahí en adelante es el folletín de una familia disfuncional, liderada por una Jennifer Lawrence como madre soltera que tiene que sacar adelante a sus dos hijos pequeños con un trabajo de medio pelo, además de cuidar a la buena para nada de su madre (Virginia Madsen), lidiar con el perdedor de su exesposo (Edgar Ramírez) que vive en el sótano de su casa a pesar de la separación, ayudar al enamoradizo de su padre (Robert De Niro) y soportar las puñaladas traperas de la celosa medio hermana.

“Lo que es una idea maravillosa se ve diluida por ese cine transgénero de Russell, donde también tiene cabida un relato feminista, un crítica al consumo desenfrenado y un convencional relato de superación”

Este caótico hábitat permite a Russell dar rienda suelta a sus obsesiones de siempre, solo que con una importante diferencia: por mi primera vez resulta creíble lo que cuenta, porque aunque la película está ambientada en Long Island, las circunstancias en las que se desarrollan no podrían ser más latinas, ya que habla de uno de nuestros peores males como continente maldito: el vampirismo familiar.

Lastimosamente, lo que es una idea maravillosa se ve diluida por ese cine transgénero de Russell donde también tiene cabida un relato feminista, una crítica al consumo desenfrenado y un convencional relato de superación. Pero ninguna de estas tesis es tan interesante como la primera: aunque la sangre es sangre, no hay peor enemigo que el que vive en casa.

Joy

Fuera de esta idea genial, “Joy” es un escaparate para el brillo de Jennifer Lawrence, que se ve escudada por unos secundarios de lujo que realzan más su figura y en donde llama la atención Edgar Ramírez en un registro inaudito para el venezolano desde que embarcara en Hollywood en el 2005.

Puede que “Joy” haya sido un paso en falso en la carrera de David O. Russell, hasta tal punto de solo rascar una nominación al Oscar 2016 para su heroína, pero funcionó para reconciliarme con su cine, consuelo menor para un director que se le ve muy empeñado para hacer siempre películas al gusto de la Academia, pero que no parecen del todo de él.