El Museo Afroantillano se convirtió el pasado 23 de febrero en la sala de guerra donde se desencadenó un conflicto de escala internacional artística entre Panamá y el resto de Centroamérica. El motivo de discordia no fue más que la celebración de la 3era. edición del Festival de Cine Pobre Panalandia 2016, que abrió por primera vez su convocatoria fuera de sus fronteras.

La novedad no se podía aplaudir más, ya que no hay mayor incentivo para el desarrolo propio que la competencia, además de que la novedad funge como el escaparate propipicio para poner a prueba el verdadero nivel del cine panameño comparado con el resto del mundo.

Aunque hay que admitir que el primer contacto fue duro. La noche empezó con la proyección consecutiva de tres cortometrajes panameños, “Life”, “Barracuda” y “Mi Barrio”, que quedaron en evidencia desde el primer plano del díptico de los hermanos Jorge y José Morales, “Cuentos de Angustia y Paisajes” (Costa Rica).

Barrio de Soneros

Inspírado en los cuentos “La sequía” y “Un Matoneado” de Carlos Salazar Herrera, esta obra rememora la descarnada crónica de lo rural en el “Llano en llamas” de Juan Rulfo y el juego de miradas claves de Sergio Leone. Hablamos, entonces, de un western existencialista y de profunda carga psicológica, donde los personajes parecen perder la cordura ante la perspectiva de la soledad en el campo y el sonido del viento de la planicie tica.

La noche continuó con dos simpáticos trabajos de animación, “Explosión creativa” y “Palomas y comida”, pero en el aire todavía pululaba la transcendencia grave de “Cuentos de Angustia y Paisajes”. Tuvo que llegar la emergente productora panameña Cine Animal al rescate de la soberanía panameña.

“Muñecas’ es una esquizofrénica historia de soledad, rechazo, tristeza que logra lo imposible: robarse la cualidad más preciada del arte escénico sobre el cine: su fisicidad”.

Lo hizo con las “Muñecas” de Alejandra Borrero, una extraña pieza experimental en forma de plano secuencia de 17 minutos grabada en el marco del Festival “Ni con el pétalo de una rosa” de Bogotá (Colombia). La historia es un recorrido por los recuerdos oscuros de Verónica Fox, los cuales emergen cuando recibe una maleta con una muñeca e imágenes serigrafiadas de su infancia.

De ahí en adelante se da rienda suelta a una ezquizofrénica historia de soledad, rechazo, tristeza y rabia reprimida, que remueve por su coreografía visual y el juego de sombras de luz persecutorio que parece anticiparse, disminuir o remarcar el estado emocional de la musa herida. De esta manera, “Muñecas” logra lo imposible: robarse para el cine la cualidad más preciada del arte escénico: su fisicidad.

El resto de la noche destacó por el jazz y el guaguancó. Primero con el documental “Panama Bound: Wynton Marsalis & Jazz At Lincoln Center Orchestra”, de Félix “Trillo” Guardia, que narra la sincronizidad de eventos que llevaron a este destacado grupo de músicos a arribar a Panamá por una semana, donde ofrecieron una clínica en la Fundación Danilo Pérez, visitaron el Canal de Panamá y tocaron en el Danilo’s Jazz club.

Tributo Trópico de Cancer

Seguidamente, se presentó “Barrio de soneros” de Jorvan D’ Orcy, una reinvindicación de Nuevo Veranillo a través de el son, la cumbia y el guaguancó de un grupo de residentes de este barrio carcomido por la violencia. Ambos documentales son una carta de amor hacia la música y el efecto transformador que tiene en nosotros como sociedad.

Influjo de lo más propicio, ya que esta primera jornada de Panalandia 2016 terminó con el vislumbrador tributo a la agrupación de jazz panameña Trópico de Cáncer, que puso a bailar a los presentes y a confirmar esa noción que la vida es más bonita cuando se baila, ya sea a través del cine o de una tarima al aire libre.