Said Isaac, director del Festival de Cine Pobre de Panamá, recuerda como hace tres años cuando lanzaron esta iniciativa, más que aplaudir, el público, medios de comunicación y hasta los mismos cineastas le preguntaba consternados: “¿Por qué lo llamaron de esa manera?”.

Es un problema lingüístico. La gente tiende a relacionar la palabra pobreza con precariedad. Tres años ediciones después, lo siguen haciendo. Pero cuando en Panalandia hacen uso de este acepción, se refieren más bien a aquellas producciones cinematográficas que fueron hechas con los recursos al alcance de sus creadores.

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“De manera profesional, el cine puede ser un camino muy difícil de transitar en Panamá, mucho más si te quedas esperando los presupuestos ideales para hacer tu película”, argumenta Isaac. “Por eso nosotros abogamos por el cine pobre, porque solo necesitas ajustar la historia a tu realidad, tener las ganas y hacerlo”

Para entender este concepto tan polémico, hay que leer el manifiesto escrito por Humberto Solás, fundador del Festival Internacional de Cine Pobre de Gibará (Cuba), que pregona como Isaac que el cine pobre no quiere decir carente de ideas o calidad artística, sino de restringida economía.

“El cine pobre se ejecuta tanto en los países de menos desarrollo o periféricos, así como también dentro de sociedades rectoras a nivel económico-cultural, ya sea dentro de programas de producción oficiales, ya sea a través de cine independiente o alternativo”, argumenta Solás.

Manifiesto del cine pobre

1- El intento de globalización acentúa el abismo entre el cine pobre y un cine rico. Ello comporta, definitivamente, el peligro de la implantación de un modelo único de pensamiento, sacrificando a su paso la diversidad y la legitimidad del resto de las identidades nacionales y culturales.

2- Hoy día, es la revolución tecnológica en el cine, la portadora de eficaces medios de resistencia a este proyecto despersonalizador, al consolidarse progresivamente nuevas posibilidades técnicas, que como en el caso del video digital y su ulterior ampliación a 35mm reducen notablemente los procesos económicos de la producción cinematográfica.

3- Ello repercute en una gradual democratización de la profesión, al desequilibrar el carácter elitista que ha caracterizado a este arte vinculado inexorablemente a la industria.

4- Aprovechar y estimular esta reducción de costos de producción, significará en un futuro inmediato la inserción en la cinematografía de grupos sociales y de comunidades que nunca antes habían tenido acceso al ejercicio de la producción del cine, a la vez que dará perdurabilidad a las incipientes cinematografías nacionales.

5- Ello será el baluarte fundamental para escapar de un sentimiento de indefensión ante el vandalismo globalizador y permitirá legitimar, de una vez y por todas, la polivalencia de estilos, legados y propósitos de un arte que no será patrimonio de un solo país ni de una sola e impositiva concepción del mundo.

6- Para que esto ocurra eficazmente, habrá que derribar el muro del control de la distribución cinematográfica por un solo grupo de mayores o transnacionales, que genera la alienación del público, al no tener éste acceso a las obras de sus autores nacionales.

7- Ello nos permitirá luchar contra el espectáculo de la violencia gratuita cinematográfica, que envilece a las audiencias y especialmente a los espectadores más jóvenes.

8- Una gradual desalienación del público solo será fecunda si los diferentes gobiernos implantan acciones legales que apoyen la producción y la distribución de sus obras cinematográficas autóctonas.

9- Entonces el cine habrá salido, definitivamente de la era de la barbarie.

Tres puntos llaman particular la atención de este manifiesto. El primero, el tecnológico. Resulta difícil hablar de cine pobre cuando en la actualidad se cuentan con cámaras digitales con un valor económico menor a los mil dólares, capaces de grabar en formato 4K, con amplios rangos dinámicos y una ergonomía cada vez más práctica.

Esto repercute directamente en la democratización del oficio. El ejemplo más exótico y actual lo podemos encontrar en Wakaliwood, movimiento cinematográfica que ha surgido de los barrios de Kampala, capital de Uganda, para hacer un cine práctico e utilitario.

En Wakaliwood utilizan armas hechas con madera, programas de edición que corren en ordenadores caseros, equipo técnico soldados por ellos mismos y actores no profesionales. El resultado son películas de acción con un coste medio de 200 dólares, con un deje paródico que mama de industrias más establecidas, pero que atiende a sus necesidades más apremiantes: olvidar, por dos horas, los terrores de la pobreza social.

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Por último, está la herencia histórica. Las grandes obras de cine latinoamericano fueron hechas bajo esta premisa. Es más, salvo las grandes industrias como Hollywood o Bollywood, se podría argumentar que el resto del cine mundial se hace con los recursos que se encuentran a disposición, algunos más holgados que otros.

El reto que tiene por delante el cine pobre en Panamá no reside entonces en la tecnología o en el ejercicio cinematográfico en sí, sino más bien en el espíritu emprendedor, la búsqueda de espacios de proyección y la formación de nuevos públicos. Festivales como Panalandia o Hayah son un excelente punto de partida, pero como explica Isaac, hace falta que los cineastas locales se suelten las amarras.

“Pensamos que en Panamá la gente no está del todo familiarizado con el hecho de hacer algo a partir de lo que tengas a la mano. Siempre vemos que la gente se complica para hacer un proyecto, entonces queremos impulsar a la gente a crear de la nada y participar en este movimiento que es tan libre y sin muchas reglas”, comenta Isaac.

Así que la próxima vez que escuches el término “cine pobre”, más que un desprecio, es una invitación para hacer cine de manera libre, creativa y personal. También hablamos de un medio de comunicación, que nos permite transmitir los mensajes que queremos como sociedad y empezar a crear una memoria colectiva audiovisual que nos permita reflexionar sobre nuestra identidad. Pero sobre todo, es el caldo de cultivo para seguir gestando una forma de hacer cine única en el mundo.