Después de cuatro días de proyecciones del Festival de Cine Pobre Panalandia 2016, me queda la certeza de que el cine local va a más. El salto de calidad es evidente. Las producciones son cada vez ambiciosas, originales y estéticas. El entretenimiento está también asegurado. No creo que ningún espectador se pueda quejar de no haber encontrado recompensa alguna con esta exhibición.

Esto se pudo comprobar el viernes en el Cinema Arte de El Hatillo, donde se vivió la noche más panameña de la muestra, así como la más satisfactoria, como si los organizadores hubieran decidido dejar lo mejor para el final. Particularmente llamaron la atención cinco piezas: “Juana” de Nicole Marie Rojas, “Ya no tenemos paz” de Alex Garcerán, “La cajita” de David Iglesias, “Skate, amor y odio” de Jhojaddy Ramírez y “Refresh” de Haslam Ortega.

La crítica contra el sistema

“Juana” o, mejor dicho, “Confesiones de una trabajadora informal panameña”, es un escaparate para Adaluz Sanjur, que interpreta un personaje carismático que logra robarse el corazón del público desde el primer plano. Lo hace desde el encanto y el carisma con la que enfrenta su tragedia laboral: ¿resignarse a la incómoda seguridad del empleo o buscar algo mejor desde la informalidad?

Esta gran interrogante lleva a Juana a hacer un viaje circular, donde pasa de la disconformidad por su mala remuneración y el mal trato personal que recibe en su oficina, pasando a las dificultades de la vida en la calle donde se encuentra a numerosos peligros -el hurto y la carencia de seguridad social-, para regresar al punto de origen. En alguna parte de esta comedia hay una dura crítica al sistema laboral panameño, lastimosamente Rojas se niega a hincar el diente, hasta tal punto que muestra a su heroína bailando feliz de la vida en la misma oficina que renegó en su plano final.

“Ya no tenemos paz” es otro documental enmarcado dentro de las comarcas indígenas de los que tanto hemos visto en Panalandia. En este ocasión, su enfoque es Barro Blanco y el desalojo de las poblaciones aledañas a tan polémico proyecto hidroeléctrico. Es imposible no empatizar con la causa de los habitantes de Zika, que se ven acosados por un sistema que les quiere quitar lo único que tienen: su hogar en la naturaleza. Su único método de defensa en una voluntad inquebrantable y una oratoria inclemente: “¿Cuánto cuesta quitarle la libertad a un ser humano? 4000 mil dólares. Eso es una burla. Para nosotros la tierra no tiene un valor monetario, sino único”. ¿Quién puede discutir contra esa idea?

De coolers y cajitas

“La cajita” fue sin duda la pieza más aclamada de la noche, si la medimos por los aplausos que profirió la sala. Entra también dentro del canon de la comedia irreverente panameña, donde cuento a “La pequeñísima (y grandísima) culpa” y más adelante a “Refresh”. No es sorpresa. Estamos hablando de un cortometraje que exuda espíritu juvenil. A esto hay que sumarle una puesta en escena cuidada al detalle, un ingenioso uso de la banda sonora -una guitarra recoge los acorde tocados incidentalmente por Marco Lecaro para arrancar su musicalización-, unas actuaciones divertidas y un final tan clásico como desternillante. ¡Pobre abuelita ingenua!

Jhojaddy Ramírez ya había llamado la atención la noche anterior con “Cuando sobran las palabras”. Pero sin duda, “Skate, amor y odio” es su pieza más personal. Se nota sus ganas de redimir este deporte, de inquirir en la vida de sus acólitos, personas que a pesar de los golpes, las fracturas y las cicatrices, siguen montando en sus tablas como si la vida se fuera en ella. El público puede que no esté de acuerdo con sus estilos de vida, sus costumbres y su forma de vestir, pero después de ver este documental pueden estar seguro que tendrá claro una cosa: efectivamente, el skate es una cuestión más de amor que de odio.

“Refresh” fue el encargado de cerrar la muestra en competencia, ¡y vaya manera de hacerlo! No me malinterpreten. A pesar de tener la muestra más satisfactoria de su historia, en Panalandia se echaba en falta un verdadero brochazo de autor. El elegido para hacerlo fue justamente Ortega, quien cuenta la historia de un poco convencional asesino en serie.

Lo hace a través de la fachada de un complaciente yeyesito, que viste una ridícula camisa tropicalosa y maneja un Minicooper, pero que cuando recoge a una hermosa autostopper da rienda suelta a sus peores instintos. A partir de ahí nos encontramos una surreal historia de terror, con un alocado monologo neón y uno timelapse original, terrorífico y estilizado, como si Nicolas Winding Refn hubiera tenido un hijo bastardo y lo hubiera dejado tirado en tierras panameñas.