Hay películas que sabes que te van a gustar desde el primer momento que te enteras de ellas. Me sucedió con “La Bruja”, ópera prima de Robert Eggers que fuese presentada en el Festival de Sundance del año pasado y fuese descrita como una fábula de terror gótico deudora de “La cinta blanca” de Michael Haneke y de enorme rigor histórico. ¿Cómo resistirse a semejante semblanza?

“La sapiencia narrativa de Eggers es capaz de extraer imágenes de verdadero terror al zambullirse en las aguas más oscuras del fanatismo religioso, las pulsiones sexuales y, sobre todo, la sublevación del feminismo”

Simplemente, no se puede. “La Bruja” lanza su postulación al panteón reciente (y de siempre) del terror junto con títulos como “It Follows” y “El Conjuro” desde una primera escena, en la cual Thomasin (una prometedora Anya Taylor-Joy) juega con su hermano recién nacido en el patio solo para ver como desaparece en un abrir y cerrar de ojos ante la bastedad lúgubre de un bosque maldito.

A partir de ahí comienza una vorágine de terror que entre el realismo mágico y el costumbrismo genera una atmósfera malsana, esquizoide y turbadora que orquesta con una maestría impropia para un novel Eggers, capaz de revitalizar el género regresando al origen del mismo, orquestando sus sustos de manera artesanal y no tanto por los manidos golpes de sonidos o efectos especiales a los que se recurren en la actualidad.

The Witch

Pero sobre todo, de una sapiencia narrativa capaz de extraer imágenes de verdadero terror al zambullirse sin contemplaciones en las aguas más oscuras del fanatismo religioso, la familia, el machismo, las pulsiones sexuales de la adolescencia y, sobre todo, la sublevación del feminismo.