Así como Scheherezade le cuenta cada noche a la esposa del sultán un cuento para evitar ser decapitada, Edgar Sobertón Torchia nos mantuvo en vilo el lunes en el marco de “Pretextos: un ciclo de encuentros teatrales” -charlas mensuales organizadas por Winnie T. Sitton- narrándonos las mil y un historias de su vida, un anecdotario errático que definen a una de las figuras fundacionales de las artes escénicas y cinematografías de Panamá.

Soberón Torchia comenzó diciendo que fue por la conexión directa que siempre ha tenido entre manos y neuronas, que decidió convertirse en escribano -definición que prefiere para él sobre la de escritor-. También tiene mucho que ver la influencia de su profesor de literatura en la secundaria, el cual lo obligó a leer la literatura panameña de la época.

Justamente, las influencias precoces fueron un tema recurrente en la alocución de Soberón Torchia esa noche, ya que a su criterio la falta de una educación sólida tanto en el hogar como en las instituciones educativas han redudando sobre cualquier otra cosa en la importancia residual que tiene la cultura y el arte en la sociedad panameña. “Mis padres no fueron artistas, pero yo siempre recuerdo a mi madre cantanto a viva voz en casa y eso me marcó”, aseguró.

Las influencias de Soberón Torchia

Pero sin duda, la principal influencia declarada de Soberon Torchia es el alemán Bertolt Brech, al que tuvo la oportunidad de visitar en su tumba en el cementerio de Rorotheenstadt para decirle personalmente: “¡Gracias, maestro!”. Esta ascendencia artística explica su gusto por las rupturas, hasta tal punto de asegurar que no puede escribir de otra manera.

Pero si algo caracteriza a Soberón Torchia, es su obsesión por el género de la comedia y temas como el barrio y la añoranza por tiempos mejores y que estas, a su vez, lo remitan a problemáticas más grandes. “Yo creo en las cosas que tienes cerca, que puedes ver. Yo no puedo escribir al estilo Broadway o de Shakespeare, por eso siempre le planteo a mis estudiantes que observen y ahí van a encontrar la inspiracción de sus historias”.

Esta implicación tan vivencial lo ha llevado, por ejemplo, a rechazar escribir el guión del documental “Los puños de una nación”, porque aunque nació en un barrio, no sabe ni se identifica en lo absoluto con el boxeo. En cambio, prefirió involucrarse en la historia de una monja que dijo ser violada por el malogrado sacerdote Jorge Altafulla, a pesar del catolicismo enervante que azota a la sociedad panameña.

Las diferencias del teatro y el cine

A la hora de diferenciar el teatro y el cine, Soberón Torchia define al primero como un foro, un intercambio al que el publico acude para salir iluminado. “Pero que aquí en Panamá, más que iluminado, uno sale más jodido”, afirma.

Del cine, en cambio, destaca su convocatoria. A él le hubiera gustado, por ejemplo, estrenar la obra de la novicia y el sacerdote en televisión abierta una noche, sorteando la censura, consciente de su poder de alcanzar a las masas de manera más directa e impactante.

Lo que si queda claro, en todo caso, es la relación conflictiva que tiene con ambos medios, hasta tal punto de vivir en la última década en una especie de retiro autoimpuesto. Del teatro lo hizo después del montanje de “Pedro Navaja”, cansado de las limitaciones presupuestarias, la obsesión de los productores por las funciones prevendidas, la superficialidad del jurado de los Premios Escena pero, sobre todo, su añoranza por el teatro de calle y los públicos inesperados que este trae consigo.

De la crítica cinematográfica, al considerar que la cartelera panameña no le ofrece ninguna película de la cual le interese hablar. De ahí su idea de montar la Cinemateca Nacional considerada en la Ley de Cine de 2012 e iniciativas como Cinetela, que lleva cine Latinoamericano alternativo a comunidades del interior y barrios de la capital.

La insistencia de Francis Ford Coppola

Tomando un taller de escritura de guión en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, se encontró con Julio García Espinosa quien le preguntó: ¿Qué haces aquí? En vez de tomar el curso, tú deberías estar dándolo”, le dijo, ofreciéndole trabajar en la mítica.

Fue de esta manera que empezó la relación de Soberón Torchia con la IECTV, donde hizo labores de difusión cinematográfica, editó un libro de historia del cine latinoamericano y del que es representante en Panamá en la actualidad.

Fue en Cuba, por ejemplo, que conoció y le editó un libro a Gabriel García Márquez y tomó un curso de escritura cinematográfica con Francis Ford Coppola. “Lo cierto es que aprendí más de Orlando Senna, pero si algo me quedó de Coppola fue la persistencia, de no dejar morir los proyectos personales y de nunca imponer la inspiración sobre el trabajo de escritura”.

Lastimosamente, cuando Soberón Torchia parecía irse soltando en sus narraciones y confidencia, el reloj marcó las 10:00 de la noche, dando como concluido el pretexto. Y como siempre, me quedó la sensación a pesar de ver la sala llena del Estudio Multiuso del GECU, de que este personaje que debería ser patrimonio cultural del país, ha sido relegado incomprensiblemente del imaginario popular panameño. Será cierto, al final de cuenta, aquella máxima que dice que nadie es profeta en su tierra.