No hay nada que me guste más que el terror. A pesar de esta querencia, hace dos años tomé la decisión de no ver más películas del género en las salas comerciales, prefiriendo hacerlo en la intimidad de mi hogar, así tuviera que dilatar su visionado hasta que arribara a Netlix o DVD/Bluray.

Pero hace dos semanas decidí romper la regla que yo mismo me impuse, seducido por el estreno consecutivo en Panamá de “La Bruja” y “El Conjuro: El Caso Enfield”, dos películas que esperaba con ansias y que sobrepasaron mis expectativas. Lastimosamente, su visionado fue empañado por las razones que me retiraron en un principio: la madurez del público.

Tenemos que entender que el cine es una actividad colectiva, y ahí reside la magia y el éxito del mismo con arte e industria. No solo eso, en un mundo cada vez más individualizado y hedonista, esta forma de entretenimiento posee la inveterada capacidad de reunir a 100, 500 o 1000 feligreses en una sala oscura todos los días.

Aunque para que esta experiencia sea realmente satisfactoria, más allá de la calidad del filme en cuestión, hace falta ciertos códigos de conducta. Se sobreentiende (o por lo menos se debería) que cuando vamos al cine tenemos que ser puntuales, silenciar el teléfono, bajarle la luminosidad de la pantalla del móvil, hablar lo menos y más bajo posible y controlar nuestra fisicalidad, todo esto pensando en no incordiar al de al lado.

Pero cuando de una película de terror se trata, estos códigos de conducta saltan por el aire y, como si eso no fuera suficiente, salen a relucir una clase especial de impertinentes y se repotencian otros ya conocidos. Por ejemplo, el miedoso que aunque sabe que no va a poder dormir esa noche, va de masoquista insomne y se lo hace saber a toda la sala con sus lamentos.

Tampoco falta el chiquillo tonto, que aprovecha la ocasión para asustar con el típico “¡Buuuuu!” y el traicionero golpe de costado a su compañero de aventuras. No pueden faltar aquellos que son incapaces de controlar su risa nerviosa o se asustan antes de tiempo, por dejarse llevar por demonios internos o imaginarios que nada tienen que ver con los que están en la pantalla.

Se dio el caso particular que con “La Bruja” tenía atrás a un pervertido que no pudo evitar referirse en voz alta durante toda la película a las voluptuosidades de la protagonista, una niña que en el fílmico y en la vida real no supera los 15 años. Por su parte, en “El Conjuro” se me sentó al lado una pareja que aprovechaban los sustos para magrearse de una manera tan atroz, que superaron de largo los horrores que se mostraron esa noche en pantalla.

Yo siempre he considerado el cine como un refugio, pero aquí me encuentro anunciando nuevamente mi retiro de las salas de cine comercial en cuanto a películas de terror se refiere, porque este ha sido profanado con los comportamiento que tanta inquietud me genera en el diario vivir y que se resumen en un solo mal: nuestra falta empatía.

*Columna publicada originalmente en la edición 305 de El Venezolano de Panamá (17 de junio de 2016).