Escrito por: Mario Lara (@mlarapty)

Sobre los rasgos y las prendas culturales que nos identifican se trasluce la humanidad que cada uno lleva como miembro de la especie. Por ello, el ser humano suele reconocerse entre sí más veces de las que suele extrañarse. Y mientras razas, religiones, lenguajes, orientaciones sexuales, ideologías y aspiraciones confirman diferencias en la especie, otros poderes posicionan las similitudes sobre todo lo anterior. El principal de ellos es el deseo de ser feliz. Bien pudo conformarse “Human” con este tópico, desahogándose solo en apasionantes y breves narraciones para escapar a las tres horas de metraje que impidieron su proyección en Cannes. Pero fue inevitable el choque entre el festival y el idealista. El director francés Yann Arthus-Bertrand se rehusó a escatimar aún más los 2,000 testimonios sobre la naturaleza humana que en su documental narran los propios humanos.

“Mientras razas, religiones, lenguajes, orientaciones sexuales, ideologías y aspiraciones confirman diferencias en la especie, el deseo de ser feliz se posiciona sobre todo lo anterior”

La aspiración del idealista no acabó allí. Human estira su impacto, de por sí amplio por su bien intencionada distribución en You Tube, y nos recuerda que una historia relatada en sus múltiples formas y colores guarda un efecto aún mayor. La maniobra arroja a Arthus-Bertrand hacia las alturas. Desde el cielo, sus planos recorren las estepas asiáticas y los slums de Haití. De noche, su mirada se encuentra con el ejecutivo que habla distraído al teléfono en una torre de Nueva York. Justo allí se nos antoja preguntarnos qué tendría en común este hombre con una chica africana infectada con el SIDA, o el expresidente uruguayo José Mujica con un recluso que asesinó a su mujer y a su hija. La respuesta es subjetiva, así como la explicación de porqué Human retuerce nuestra sensibilidad. ¿La sentimos porque reconocemos en ella nuestra historia o sensibilizamos en extraños las duras condiciones de las cuales nos libró el destino? El documental testifica un paradigma hasta ahora poco explorado: la empatía por el dolor del otro prevalece a la dicha que pudiésemos sentir por su felicidad. Miserable consuelo en una raza lastimada por sus absurdos.