Escrito por: Luis Lorenzo (@LuisAndreLT)

Dice Quentin Tarantino que prefiere retirarse del cine después de filmar su décima película -le faltan dos, si se mantiene como un hombre de palabra- cuando todavía esté en lo más alto de su carrera antes de enfrentarse a la incómodo ocaso de la misma. En el otro extremo, está un señor llamado Woody Allen que a sus 80 años mantiene un ritmo de una película por año y que a pesar de sus aciertos y errores sigue demostrando una vitalidad que no hace más que dejar en evidencia a sus colegas.

Sin duda, es un milagro lo que hace Allen y resulta más evidente cuando presenta películas como “Cafe Society”, que es tanto un ambivalente homenaje a Hollywood -el enésimo en la carrera del neoyorquino- como una melancólica, pero no exenta de belleza, reflexión sobre los tumbos del amor.

En su búsqueda de su alter ego de turno, Allen repite con Jesse Eisenberg tras la experiencia conjunta en “A Roma con amor” en el 2012. En esta ocasión Eisenberg encarna a Bobby Dorfman, un judio que se muda de Nueva York para probar suerte en Los Angeles confiado en que su tio –Steve Carrell-, un poderoso agente y productor de Hollywood, le de una oportunidad en su agencia. Es en ese lugar donde Bobby conoce a Vonnie –Kristen Stewart-, la secretaria personal de su tio, y se enamora perdidamente de ella.

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"Cafe Society" es la película más judía de Allen desde "Radio Days".

Es aquí cuando comienza la tragedia de nuestro protagonista, porque el amor no es más que un sino fatal. Pero en el caso de Allen, las desgracias siempre están asordinas por el humor, la filosofía y el sinsentido. Durante la primera mitad del metraje, la película intenta desmitificar el glamour de Hollywood con chistes sobre prostitutas judias que llegan a la meca del cine en busca de fama y terminan vendiéndose por 20 dólares la noche, el rol menor de los guionistas, el tedio de la industria y la cosa judia.

No es hasta bien llegado la mitad del metraje que el melodrama se empieza a apoderar de la historia y plantea una pregunta terrible al personaje de Vonnie: ¿me caso por amor o por bienestar económico? Son las consecuencias de su decisión las que llenan de cierta melancolía la pantalla, lo cual se enfatiza con el cambio de locación donde pasamos de la radiante California a una otoñal Nueva York.

Mención aparte merece la dirección de fotografía: “Cafe Society” une a dos maestros, Allen en la dirección y Vittorio Storaro en la fotografía, ambos con su primera película en digital. El italiano deja su impronta desde el primer plano, donde un travelling en gran angular recorre la fiesta que se lleva a cabo en una mansión. Pero más allá de tecnicismo, es en los haces de luces dorados que golpean los rostros de los actores y la representación plomiza de Nueva York de Storaro, nos encontramos con la fotografía más hermosa que recuerdo haber visto jamás en una película de Woody Allen.

Esto es una agregado que acrecienta la belleza subyacente de la historia, ya que Allen nos viene a decir con ese magistral fundido final que superpone los rostros de Eisenberg y Stewart, que es mejor haber sufrido por amor que no haberlo hecho nunca. Son en estos cruces del destino, a veces sádicos pero siempre sublimes, donde ponemos a prueba la hondura de nuestra existencia.

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Es inevitable relacionar los filmes recientes de Woody Allen con sus clásicos.