Lo mejor: es una de las propuestas más originales y autorales de la incipiente filmografía panameña. Lo peor: que el público no pueda verla en pantalla grande, donde se puede disfrutar en todo su esplendor la fotografía y diseño sonoro de la película

Panamá, visto desde la peculiar mirada de Ana Endara Mislov, resulta un territorio mágico, no desde el concepto implantado por Gabriel García Márquez donde la realidad resulta más imaginativa que la ficción, sino desde el registro de personajes que se muevan con una originalidad impropia en estos tiempos de automatismos.

Su último documental, “La felicidad del sonido”, es la atestiguación más marcada de esta búsqueda. Así que utilizando como excusa algo tan abstracto pero a la vez omnipresente en nuestras vidas, Endara nos presenta a cinco personajes con una relación platónica con el sonido.

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Eduardo Irving descansa después de perifonear música clásica en su barreada y regalar CD de jazz.

Se tratan de Mir Rodríguez, quien monta una radio comunitaria en la comunidad de Tucué; Eduardo Irving, que realiza perifoneo en su barriada colocando música clásica y regalando discos de jazz a los transeúntes para contrarrestar la hegemonía demoniaca del reguetón; Derek Irving, un audiofilo que busca construir reproductores musicales artesanales de la mayor calidad al menor precio posible; Magdalena Solano, una encantadora invidente reclutada de la Unión Nacional de Ciegos; e Igmar Herrera, integrante de la banda Kiribati, que con sus extrañas teorías sobre el sonido termina convirtiéndose en el voz conductora del filme.

Lo variable del retrato de estas personas, acompañado con la dirección antropológica de Ana, la hermosa fotografía en B&W y en formato 1:1 de Víctor Mares, el trabajado diseño sonoro de José Rommel Tuñón y Miguel Carolí y la juguetona edición de Jonathan Harker, nos entrega una de las experiencias más autorales y satisfactorias de la incipiente filmografía del cine panameño.

“La felicidad del sonido” se estrenará el domingo 4 de diciembre a las 9:00 p.m. en SerTV (Canal 11) y se retransmirá el miércoles 7 a las 11:00 p.m.

A lo largo del documental, que se presentará este domingo 4 de diciembre a las 9:00 p.m. y miércoles 7 a las 11:00 p.m. en SerTV (Canal 11), saltan temas que van desde la crítica (el exceso de ruido de la capital y a la insinuación de un futuro donde se privatice incluso el sonido) a reflexiones que rayan en lo filosófico (la conexión directa del sonido con nuestros recuerdos y su capacidad de alterar emociones) sobre el tañido del mundo, convirtiéndose así en una necesaria reflexión en un país tan dado al ruido y la furia y tan poco al respecto y preservación del silencio.

También permite comprobar nuevamente la capacidad de la directora de robarle momento entrañables a la realidad, como cuando deja correr la cámara después de una entrevista y uno de los entrevistado pregunta si va a terminar saliendo en la película,  cuando acentúa la gestualidad de un pequeño a través de cortes rápidos de cámara, Cuando Mir se pregunta si las personas que ponen música a todo volumen lo hacen para ahogar la pena y corta inmediatamente para presentarnos un loco de las bocinas o, por último, cuando Igmar describe el sonido de Panamá como de ron y tabaco y nos transporta a la Av. Central al sonido del jazz psicotrópico de Kiribati.

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La fotografía en B&W nos permite concentrarnos en el trabajado diseño sonoro del filme.

No todo es perfecto en esta película, huelga decir. En algunos momentos, el personaje de Magdalena no parece encajar dentro del quinteto protagónico. Aunque la elección de incluir a una invidente se siente natural dada la premisa de la película, el empeño de Endara de exponerla a diferentes entornos para registrar sus reacciones parece forzado. No es hasta el final, cuando la vemos dispuesta en la ventana de su apartamento cantando “La aparición” de Carlos Eleta Almarán con una hermosa voz que nos mantuvo velada todo ese tiempo, es que logra imponerse con luz propia y darle un sentido último a la historia que acabamos de ver.

Después de todo, el sonido para Mir, Eduardo, Derek, Irving y Madgalena (me atrevo a decir que para todos nosotros también), es mucho más que la banda sonora de la cotidianidad, es el elemento transformador de sus vidas. Es a través de él que logran algo tan difícil como encontrar un propósito y un refugio. Sin duda, estamos ante un documental que se siente íntimo, hermoso y definitivamente feliz como el título que lo precede, una joya que encuentra fácil asidero en nuestro corazón. A mi, por lo menos, me lo ha robado.

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Todos, de alguna manera u otra, hemos sido felices a través del sonido.