Escrito por: Luis Lorenzo Trujillo

En su superficie, “Florence Foster Jenkis” es una película menor. Su premisa, aunque improbable, está sustentada en hechos y personajes reales, en una refutación más que la realidad tiene una capacidad de invención superior a la ficción.

En el caso que nos compete, Florence Foster Jenkis es una mecenas que a través de su influencia y la fortuna que heredó de su padre se abrió paso en el circuito artístico de Nueva York hasta cumplir su sueño de presentarse en Carnegie Hall, una de las plazas legendarias de la música clásica en Estados Unidos y el mundo, a pesar de lo estridente de sus cuerdas vocales.

Es el talento del elenco, liderado por una grandiosa Meryl Streep en el papel de la diva, que convierte el mal gusto en una carcajada; Hugh Grant, encantador y patético a partes iguales como el marido de Florence; y Simon Helberg -el Howart de “The Big Bang Theory”, como el amanerado pianista que acompaña musicalmente tal rasguido de pizarra, los que elevan la película de Stephen Frears a una encantadora y a veces sentida reflexión sobre las ambiciones que embargan nuestros sueños.

Yo no esperaba mucho de esta película, así que la sonrisa tonta que se plantó en mi rostro al final de la misma la sentí como una recompensa inesperada. Tanto así que me encontré a mi mismo cantando sin pudir una vez fuera de la sala, para desgracia de mi acompañante, y repitiendo el alegato final del filme como mi más férrea defensa personal: “La gente podrá decir que canto mal, pero no puede decir que no canté”.