Lo mejor: Darth Vader y unos secundarios llenos de carisma, como K-2SO y Chirrut. Lo peor: la repetición de patrones, la renta de la nostalgia y la falta de carisma de sus protagonistas.

Escrito por: Luis Lorenzo Trujillo

Mientras me extraía del entusiasmo generalizado de la sala una vez concluida la función de “Rogue One: una historia de Star Wars”, el primer spin-off de la franquicia intergaláctica de Disney, no podía evitar comparar lo visto en pantalla con un par de prótesis mamarias.

Les explico el por qué de mi impúdica comparación: la película dirigida por Gareth Edwards, aquel director inglés que sorprendiera al mundo en el 2010 con esa película de extraterrestres en clave íntima y poética que fue “Monsters y confirmara su talento con un remake de “Godzilla” donde la bestia japonesa era lo de menos, es la película más solemne, oscura y política de las ochos entregas hasta ahora vistas en el cine de Star Wars.

El problema es que no me creí nada de lo visto en pantalla, ni mucho menos me gustó salvo algunos esporádicos apuntos los cuales ya detallaré, porque detrás de tan inflado espectáculo cinematográfico solo encontré el vacio.

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Disney parece tener una fijación con la Estrella de la Muerte. ¿Por qué será?

“Rogue One: una historia de Star Wars” tiene varios problemas: el primero, es de escala. Tal vez exagero cuando digo que por primera vez en la historia del cine un presupuesto de 200 millones de dólares y el respaldo de la productora de cine más grande y exitosa de Hollywood ha jugado en contra. Pero cuanto tienes como referencias películas como “Misión imposible”, “La noche más oscura, “Ocean’s Eleven” y, sobre todo, “Doce del patíbulo”, todas ellas películas que destacan por una acción que prima la contención y la tensión sobre la épica, no se puede más que desentonar.

El segundo lastre que carga consigo “Rogue One” es su falta de originalidad. Después de la crítica de un núcleo duro de fanáticos que entendió el “Despertar de la fuerza” como un remake de la trilogía original -entre los que me encuentro-, la presión de Disney por ofrecer algo inédito se entendía vital para el futuro de la saga. Con su primer spin-off se puede decir que suelta las amarras… a medias.

Durante mucho momentos, “Rogue One” parece sostenerse por la repetición de patrones y golpes de nostalgia. Una sensación de ya visto me embargó en alguno de sus set pieces -los conciliábulos rebeldes, la filtración en la fortaleza del Imperio, los duelos espaciales y la omnipotente Estrella de la Muerte- y cuando no era así los guionistas buscaban dinamizar la acción a través de la remebranza, ya sea la anodina aparición de R2-D2 y C3PO, la ya anunciada de Darth Vader, una escabrosa resucitación que prueba que ya nada está vedado para el cine o esa escena final que nos hará correr a casa a poner en el reproductor “Una nueva esperaza”. Todo esto deja claro algo: en tiempos donde se siente que se ha visto todo, la nostalgia es el parche cuando la falta de originalidad asola.

Todos estos baches me resultaran baladí si por lo menos me importara el destino de los nuevos personajes, pero sin duda el problema más grande que adolece “Rogue One” es la falta de carisma de sus protagonistas y su incapacidad de transmitir una verdadera sensación de peligro -¡Hasta cuándo Disney va a insistir en la destrucción del planeta y la Estrella de la Muerte!-.

Felicity Jones, como cara visible del elenco, resulta cargante durante todo el metraje como Jyn Erso y deja mucho que desear si la comparas con otras heroínas de la saga como Rey o Leia; Diego Luna es incapaz de modular los tonos de grises de Cassian Andor, un agente secreto de moral ambigua capaz de disparar por la espalda a un informante con tal de salvar su pellejo y después inmolarse por una causa que considera noble en otra; y Ben Mendelsohn resulta, por primera vez, poco creíble como villano -aunque luce bastante cool con su capa imperial blanca-.

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Como no podría ser de otra manera, Darth Vader es lo mejor de "Rogue One".

No todo es terrible en “Rogue One”. K-2SO, un estilete de la ironía y alivio cómico en forma de androide reprogramado, y el tandem que conforman Chirrut (Donnie Yen) y Baze (Wen Jiang), se roban cada una de las escenas en las que hacen acto de presencia. Por su parte, Galen Erso (Mads Mikkelsen) -el científico coartado por el Imperio para crear la Estrella de la Muerte, personaje claramente inspirado en la figura de Robert Oppenheirmer y el arrepentimiento que tuvo después de la detonación de la bomba nuclear en Hiroshima- posee una trágica profundidad que bien merecía una película de estudio de personajes para sí solo.

Mención aparta merece Darth Vader. El Señor Oscuro solo hace acto de presencia en dos escenas puntuales, que a lo sumo toman 10 minutos de metrajes (¡Pero vaya 10 minutos!). Aunque lo más interesante, más allá de su siempre magnética presencia, es la versión del personaje que podemos ver: la del villano más famoso de la historia del cine, sin ambages o condicionantes por su paternidad, el mal puro que nos hizo ponerle rostro al terror en episodio IV y V antes de que se redimiera en el VI.

Asimismo, en el tercer acto se detonan los cañones con una contundencia tal que rescata las dos horas de metraje anteriores y enfatiza el tema que que busca transmitir “Rogue One”: los sacrificios, muchas veces ignotos y silenciosos, que conlleva una guerra, hasta tal punto que si no fuera por esta entrega nunca hubieramos reparado en esos espías Botham que murieron para conseguir robar los planos de la Estrella de la Muerte, como dice Mon Mothma en el inicio de “Una nueva esperanza”.

Pero estos pequeños placeres no me quitan la sensación que en sus dos intentos de encender la llama de la Fuerza, Disney no ha encontrado el mechero correcto. Solo esperemos que a la tercera sea la vencida. En ese caso, el conteo de midiclorianos parece ser bastante alto en Rian Johnson.