Escrito por: Luis Lorenzo Trujillo

¿Qué es un kimura? Para los conocedores de las artes marciales, es una llave ejecutada al adversario desde el suelo que ejerce presión sobre su brazo y hombro. Bien ejecutada, hablamos un argumento sólido para persuadir al contrincante en busca de su rendición.

Pero en el caso de la película panameña del mismo nombre, más que rendición, lo que busca Armando (Nick Romano) cuando aplica un kimura a su hermano Alejandro (Robin Durán) es la redención. “¡Perdóname, perdóname, perdóname!”, grita desesperado a Alejo, que niega a claudicar a pesar de estar neutralizado en la lona.

Esto es uno de los momentos más poderosos, de un por si intenso tercer acto de la película, que levanta el nivel de la película coescrita y dirigida por Aldo Rey Valderrama, que hasta ese duelo final le había costado sumergir completamente a este servidor en la tragedia de la familia Carrera.

Kimura (1)

Jorge Perugorría ("Fresa y chocolate"), como era de esperar, es un robaescenas en "Kimura".

“Kimura” es, junto a la polémica “Kenke”, lo mejor que ha dado el cine panameño en cuanto a ficción se refiere -aunque sin llegar a la escala mitológica de parteaguas que aseguran sus productores-. Esto puede sonar a título de consolación, considerando la calidad general que se ha demostrado desde que Abner Benaim nos demostrara en el 2009 con su “Chance” que se puede hacer cine comercial en este país, pero los cínicos e incrédulos no lo deberían tomar así.

Yo prefiero ver a “Kimura” como un pilar sólido, junto con las ficciones antes mencionadas y las gran promoción de documentales recientes, para levantar al cine panameño de cara al público local pero, sobre todo, ante la propia industria y la Dirección Nacional de Cine, para exigirles contar mejores historia.

“Kimura” empieza con Armando Carrera, un taciturno y sobrio Nick Romano, sentado en la Cinta Costera tomando el valor para regresar a su casa en el Casco Antiguo después de un largo periodo de ausencia, que delata sus vestimentas de mochilero y apariencia descuidada.

¿Quién es Armando? ¿Qué sucedió para que dejara todo atrás? ¿Por qué regresa ahora? Esas son las preguntas que nos plantea la película en un principio y que irá contestando a través de su interacción de Armando con las personas que recupera de su pasado, como su antiguo amor (Thamara Tejada), su hermano Alejandro, el ayudante de la academia de artes marciales de su padre (Lucho Gotti) y un alevoso promotor de martes marciales mixtas (Jorge Perugorría).
Kimura (3)

El personaje de Robin Durán demuestra el arco de transformación más grande de "Kimura".

Uno de los grandes aciertos de los guionistas es mantener en terreno vedado el retiro de Armando. Cuando lo vemos en pantalla su personaje ya sufrió un arco de transformación, hasta tal punto que más que un peleador en horas bajas parece un monje zen. Así que su regreso solo busca cerrar las deudas que dejó a su partida,  las económicas pero sobre todo las morales. En este sentido, más que el protagonista, Armando habría que considerarlo un catalizador, ya que quién sufre el cambio más marcado de la película es el personaje de Alejandro interpretado por Robin Durán.

Resulta interesante el tándem que forman Romano y el hijo de “Manos de Piedra”. Romano, de natural recóndito, brilla en sus momentos de mayor villanía. Durán, en cambio, los hace en los de mayor dulzura. Por eso no puedo evitar preguntarme qué hubiera sucedido si se hubieran invertido sus papeles y el primero hubiera echo de Alejo y el segundo de Armando.

A pesar de esta inquietud personal, Romano, Durán y el resto del elenco panameño entrega unas actuaciones sólidas, salvo Thamara Tejada que parece el eslabón más débil de la cadena. Capítulo aparte, se merece el cubano Jorge Perugorría (“Fresa y chocolate”), un robaescenas. Su encarnación de Manfredo es de un canalla, con su diente de oro y la oronda autoridad que transmite, pero como espectadores no podemos evitar escucharlo con atención. Después de todo, sus intenciones son alevosas pero sus palabras resguardan ciertas verdades incómodas sobre la sociedad panameña, unas verdades que al conocerlas como la palma de su mano sabe utilizar para conseguir sus viles cometidos.

Kimura (2)

Para ser una película de MMA, "Kimura" tiene pocas peleas pero la última es de una poética sucia.

Pero no podemos hablar de una película de artes marciales mixtas sin analizar la calidad de su acción. Salvo una persecución a pie en el Casco Antiguo grabada con nervio y peleas menores, el fuerte de los enfrentamiento se guarda para el último acto, que recoge toda la carga melodramática acumulada hasta ese momento para cumplir el slogan del filme, que a manera de profecía, proclama: “Pelear será el único camino para redimirse”.

Si de algo me quejé amargamente con “Hands of Stone”, fue la poca inventiva de sus peleas en el ring. “Kimura” parecía transitar el mismo camino hasta el duelo final entre los hermanos Carrera,  el cual evidencia que sus artífices apostaron el todo por el todo por ella. La cámara al ralentí de Jeico Castro, la mayor cercanía a los peleadores con planos cerrados, la lograda banda sonora de Tille Valderrama y esa secuencia de montaje a tres tiempos que termina de destapar la olla de emociones de los personajes con una poética llena de sangre, sudor y huesos rotos, entregan un final que no dejará indiferente a nadie a pesar de su abrupto y torpe final.

“Kimura” está lejos de ser perfecta, pero con ese último plano donde vemos la silueta de Nick Romano peleando en la playa, los personajes encuentran la redención buscada y nosotros, como espectadores, podemos decir lo propio: nuestro acto de fe, como muchos catalogan a aquellos que se atreven a apoyar el cine panameño en una cartelera trufada de películas con esencia a Oscar o insustanciales blockbuster, ha sido recompensado con una historia tan persuasiva como la llave a la que hace referencia su título.