Escrito por: Luis Lorenzo Trujillo

Un corazón roto y un equipo de sonido de alta fidelidad fue el gatillo que disparó en Ana Endara Mislov, la cineasta detrás de los documentales “Curundú” y “Reinas”, la frase “La felicidad del sonido”. La misma que posteriormente se convertiría en el motor de su tercer largometraje, el cual disfrutara su estreno internacional en el Festival Internacional de Documentales de Amsterdam (IDFA).

Pero será en el marco de la 6ta. edición del Festival Internacional de Cine de Panamá (IFF Panama 2017) que el público panameño podrá disfrutar hoy, en Proyección Especial, de esta pequeña y entrañable pieza autoral en pantalla gigante. Esta fue la entrevista que tuvimos con la directora panameña:

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¿DE DÓNDE SURGIÓ EL TÍTULO “LA FELICIDAD DEL SONIDO?

Un día yo estaba con Mir, uno de los personajes que sale en el documental, porque le había dejado su novia y me pidió que le acompañara a comprar unas vocinas de alta felicidad a modo de curitas para el alma. Nos pusimos a escuchar música en su casa, él en una hamaca y su cabanga y yo en otra acompañandole, comparando formatos entre un MP3 gallo a un WA más fino en el equipo que se compró. En ese momento se me vino la frase “La felicidad del sonido”. Fue un disparador muy claro.

¿DE DÓNDE SURGIERON LOS CINCO PERSONAJES QUE PROTAGONIZAN “LA FELICIDAD DEL SONIDO”?

Mir es amigo personal mio y siempre ha tenido algo con la radio. Entonces cuando quedé en DocTV prácticamente lo forcé a que hiciera ese proyecto que tenía guardado de montar una radio comunitaria en Tucué. Sin duda es el arco narrativo más claro del documental, pero también el más retador involucraba a la comunidad y no sabíamos como iba a reaccionar.

A Eduardo e Irving también los conocía de antes. Me acuerdo de ir a escuchar viniles en su casa hace 15 años. Incluso hice un cortito con esta cosa que hace Eduardo circulando en la calle como profesor musical, como yo le digo.

A Igmar también me era familiar, porque toca junto a Eduardo en Kiribati. Aunque al principio no estaba considerado como uno de los personajes, se terminó convirtiendo de alguna manera en el hilo conductor del documental. Recuerdo que el equipo llegó temprano a la sala de ensayo de Kiribati esperando a Eduardo y cuando le conté a Igmar el título del documental la frase disparó un gatillo en él y empezó a hablar. Esa conversación íntegra es la que se escucha en la película.

Magdalena si fue buscada a través de un proceso de casting. Yo sentía que si iba a hablar del sonido era importante tener una persona no vidente. Magdalena es tan sensorial que era cuestión de llevarla a diferentes lugares y grabar lo que ella iba recogiendo.

Me parece que todos estos personajes tienen en común que el sonido es importante para ellos, pero no para conseguir la felicidad porque es un concepto relativo. Porque como dice Derek en la película, es el yin y el yang: se necesitan las dos cosas. La felicidad y la melancolía que también está bien.

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¿CÓMO CAMBIÓ TU PERCEPCIÓN DEL SONIDO DESPUÉS DE GRABAR EL DOCUMENTAL?

Con “La felicidad del sonido” había dos abordajes posibles, por lo menos como yo lo veía: desde el fenómeno físico y desde el poético. Yo me decidí por el segundo porque quería reflexionar sobre el impacto humano que tiene el sonido. Me parece que el documental es una manera de meditar, un ejercicio que te invita a escuchar atentamente, una manera de estar en el aquí y en el ahora.

¿CONSIDERAS QUE SE DEBEN REPARAR EN POLÍTICAS PÚBLICAS SOBRE EL SONIDO EN PANAMÁ?

Lo de las radios comunitarias me parece que son un tema que se deberían abordar porque están en un limbo legal por el monopolio que hay en la frecuencia, además que me parece que pueden ser una herramienta poderosas para comunidades como Tucué. También estaría bien regular la bulla indiscriminada. El silencio también debería tener su espacio en Panamá.

HABLANDO DE SILENCIO: PANAMÁ NO SOLO ES UNA CIUDAD RUIDOSA, SINO QUE TAMBIÉN TIENE UNA RELACIÓN SOSPECHOSA CON EL SILENCIO. ¿A QUÉ CREES QUE SE DEBA ESTA RELACIÓN TAN AMBIGUA CON EL SONIDO?

Cuando yo grabé “Curundú” una de las cosas que más me impactó es la bulla del barrio. Todas las entrevistas que hice con Kenneth siempre se escuchaba un reguetón o un martilleo de fondo. Si tú creces escuchando ese traqueteo constante, cuando te encuentras en silencio inevitablemente lo vas a sentir como algo extraño. Al final, el silencio está ligado con el conocimiento personal y me parece que ese asunto de llenar el silencio con ruido tiene que ver con no estar cómodo con uno mismo.

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¿POR QUÉ NO HAS EXPLORADO LA FICCIÓN COMO REALIZADORA?

Voy para allá. Lo primero que me gustaría hacer es un cortometraje que ya estoy escribiendo. También hay una historia frustrada con el Fondo Cine del 2014 y el desarrollo de mi primer largo de ficción, que se llama “Querido Trópico”, una película que juega con el concepto de que en el trópico todo florece y se pudre muy rápido antes de que el ciclo vuelva a empezar.

Pero por otro lado, siento que el documental te pone en el presente y eso se me hace muy adictivo. Además, en el sentido plástico el documental tiene miles de posibilidades y siento que estoy empezando a probar otras posibilidades. A mi me gusta que “La felicidad del sonido” no se parece nada a “Reinas” y “Reinas” no se parece a “Curundú”.

¿QUÉ SONIDO ES SINÓNIMO DE FELICIDAD PARA TI?

El ronroneo de mi gata Mashka (significa gato en croata). Es un sonido que me da bienestar porque me hace sentir en casa. Me gusta también ir a la playa y escuchar el mar, en esos momento en que no hay reguetón a todo volumen. Siento que el agua es de esos sonidos esenciales que te ecualizan.