Escrito por: Luis Lorenzo Trujillo

Después de la decepcionante “Jackie”, película que a pesar de la portentosa actuación de Natalie Portman resultó para este servidor lo más cercano a un témpano de hielo en sus sensibilidades, mis expectativas ante “Neruda” se encontraban en marea baja.

Pero cuando la cartelera panameña te ofrece la oportunidad de ver una película fuera del sistema de Hollywood, un verdadero milagro en temporada de blockbusters, simplemente no puedes darle la espalda al santo.

El milagro se puede considerar doble, porque la película de Pablo Larraín, director extraño que con películas como “Tony Manero”, “Post Mortem”, “No” y “El club”, se ha convertido en cronista de la Chile pinochetista, hace una travase de género del realismo más crudo a la lírica más oscura del que sale triunfante.

“Neruda” no es un biopic al uso del poeta, ya que Llaraín y su guionista Guillermo Calderón se toman todas las licencias históricas posibles, tomando como punto de partina la orden de búsqueda y captura que emitió el presidente González Videla en 1948 contra Neruda después de que acusara al gobierno chileno de traicionar a los comunistas en el congreso, para plasmar una película en pantalla no sobre Neruda sino lo nerudiano.

El Neruda de Larraín es un gigante con grietas, un ídolo con tufo, un héroe dezlenable.

Entendiendo lo nerudiano como lo romántico, lo erótico y compromisario. Pero también lo burgués, lo ególatra y hedonista. El Neruda de Larraín es un gigante con grietas, un ídolo con tufo, un héroe dezlenable. Esto, más que minimizar la figura del Nobel de Literatura de 1971, la ensalza aún más allá de su sombra.

El segundo acierto de Larraín es el tono: el director se saca de la chistera un género propio, al que podemos con esa mala maña de querer catalogarlo todo como un poema negro o un thriller lírico que le da una nueva vida al cine negro. Así tenemos una película autoconsciente, lúdica, irreverente y, muchas veces, pesadillezca.

La actuación de Luis Gnecco como el orondo y libidinoso escritor es portentosa, pero el verdadero protagonista de esta función es un Gael García Bernal, entre lo patético y lo magnético, que la borda como el detective Óscar Peluchonneau.

A “Neruda” se le podrá achacar una resolución que se hace esperar mucho y cierta frialdad en su historia -quizás el único debe como director de Larraín-, pero no me puedo evitar conmover por ese detective con mirada de zorro que se desploma en la nieve negando su rol de secundario, una resolución tan triste como los versos, en la noche estrellada, que recita su omnipotente prófugo.