Escrito por: Carlos Silva Benítez

Rara es la vez que decimos que nos gusta una película sin tomar en cuenta su trama; y es que, a pesar de pagar por ver espectáculos de chuchería visual, en el fondo lo que nos engancha es un buen cuento.

Esa capacidad narrativa viene de la evolución técnica del cine, que, con más de cien años, ha pulido su lenguaje. Y nosotros hemos aprendido a decodificarlo, beneficiándonos de manera mutua.

Veamos.

Todo arte necesita interactuar con su público para existir. Es como el famoso acertijo retórico del árbol que cae en el bosque. Pero en esta asociación, el cine despunta de las otras disciplinas gracias a un elemento de singular intensidad narrativa que le es propio con carácter excluyente: el corte, esa brecha entre dos planos que cuenta una historia invisible. Una historia que no está retratada en la concatenación de fotogramas, sino que existe en la mente del público que es capaz de “verla”.

Por ejemplo, no necesitamos acompañar por 8 horas a un personaje pilotando un vuelo trasatlántico. Con verlo abordar, y, en el siguiente plano, bajar de la aeronave, somos capaces de inferir la acción realizada. Gracias a este acuerdo entre público y película, los directores pueden ponerse creativos, decir más con menos, o filmar metáforas visuales.

Una de las elipsis más delirantes que recuerdo es la escena final de "North by Northwest".

Luego está ese otro valiosísimo recurso: el sonido.

De hecho, tan normalizada es la sinergia entre el audio y la imagen, que se nos olvida que el cine nació mudo y por años necesitó de la imaginación de los espectadores para rellenar lo que los inter títulos (o la pianola) eran incapaces de sugerir.

Por eso, así como el complemento expresivo de la imagen cinematográfica es el corte, el del sonido es el silencio. Los grandes directores lo saben de sobra y lo emplean como una extensión del audio, subrayando momentos dramáticos con ausencias sonoras.

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¿Recuerdan el diseño sonoro de estás míticas escenas?

La película

Otro uso elocuente de la simbiosis audiovisual está presente a lo largo del documental panameño “La felicidad del sonido”, en el cual, su directora Ana Endara Mislov, dosifica hábilmente la información acústica mientras nos muestra secuencias que transitan entre la cacofonía y la mudez, retratando nuestra realidad desde ópticas que dibujan nuevos paradigmas en la forma en la que las percibimos.

“La felicidad del sonido” abre con un pasaje mágico que anuncia un largometraje en el que la trama pasa a un segundo plano, para alternar lo onírico con lo material, el presente con los recuerdos, lo que vemos con lo que sentimos.

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El film sigue a 5 personajes que viven una inseparable relación con el sonido en el transcurrir de sus vidas y a quienes escuchamos reflexionar sobre el ruido y el silencio, unión que subraya la idea central del documental. Nuestra humanidad se balancea entre la información que emitimos y percibimos, y el significado que le otorgamos.

Así como existen el silencio y el ruido, también está presente nuestro entendimiento de que uno sirve para medir la intensidad del otro. Por tanto, la felicidad yace en nuestra capacidad para elegir, de todo aquello que nos rodea, a qué le prestamos atención y a qué no.