Luis Lorenzo
(@luisandrelt)

“Seguimos rodando” es el lema que acompaña, junto a una imagen de una camioneta Volkswaggen Hippie Van empujada por sus pasajeros con la silla de director a cuesta, la 11era. edición del Hayah – Festival de Cortometrajes de Panamá, que se celebró del 24 al 28 de enero en Cinemark Multicentro y el Teatro Gladys Vidal del Municipio de Panamá.

Esa frase está cargada de múltiples lecturas, desde la frustracción por haber aplazado la celebración del festival el año pasado por la falta de una política de Estado que le de a la cultura -y, con ella, al cine- el sitio que se merece, hasta la felicidad de ver la luz al final del tunel. Pero, sobre todo, “seguimos rodando” se entiende como una declaración de orgullo de parte de un equipo, liderado por Mariel García Spooner, que no se dejó postrar por las circunstancias y nos trajo de vuelta uno de los festivales cinematográficados medulares de Panamá.

Sin título

"La cucarachita Mandi".

UN FESTIVAL COMPACTO

Hay que decirlo: el Hayah regresó, pero no sin secuelas. Comparada con la exuberante edición del Hayah 2016, donde se presentaron 98 cortometrajes (25 de ellos panameños) en sietes días de verdadero extasis, la programación y la representación nacional de esta edición fue más compacta. Además, los platos fuertes fueron más propios de la pasada traslación solar que de la actual. Hablo de “La cucarachita Mandi” de Tomas Cortés-Rosselot y Martanoemí Noriega y el “What” de Haslam Ortega.

Eso me lleva a destacar otras cortometrajes como “Broken Open”, también de Tomás Cortés-Rosselot esta vez en colaboración con Levi Walton y Majo Andrade, un experimental que se aprovecha de la cargada sensualidad de Mimi Vamvas para presentar a través de un dialogo asonante en japonés las confesiones y personalidad de una mujer muy de esta época.

“El Italiano”, de Spencer Lau, resulta intrigante en su arranque, con la recreación de ese servicio secreto panameño que escolta la llegada del sospechoso de haber secuestrado a un alto cargo del gobierno, nada más y nada menos que el omnipotente Nick Romano. Con unas interpretaciones y un juego de idiomas ingenioso, eché en falta un final más convincente y no tan gaseoso, pero le doy el beneficio del entretenimiento.

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"El Italiano".

También protagonizado por Nick Romano, se presentó “Hijo de la Libertad”. El cortometraje dirigido por Arturo Dupont es deslumbrante, con un ritmo frenético que nunca se descarrila, una dirección de fotografía notable de Pierre Rios que sabe exprimir cada una de las locaciones y una historia que a manera de la serie “Mr. Robot” busca compaginar el mundo de los hacker con la justicia social.

El problema de la historia de Dupont son las motivaciones de su protagonista, cierta tendencia a dialogos afectados y la falta de una denuncia más contudente. Me explico: por el remordimiento de la relación que tiene con la mujer de su hermano, chantajean al hacker anarquista a quien de vida Romano para que obtenga información relacionada con el último escándalo del país, un drama que nunca se representa en escena, al preferir Dupont la intriga sobre el desarrollo humano de Benji. Una intriga, huelga decir, que allana el camino para un desenlace explosivo pero que nunca termina de explorar. A “Hijo de la libertad” le hace falta más rabia, desazón y mejor conocimiendo de lo que denuncia, más allá de lo que se lee en los periódicos, pero hay potencial para un largometraje en esta historia, después de todo este país, con escándalos como los de Odebrecht y Panamá Papers, provee material de sobra para la ficción.

“Alteridad”, de Gines Carvajal y Martín Proaño, es un interesante documental que señala las inesperadas similutides entre los residentes de Altos del Golf y la comarca Ngäbe Buglé, que no es más que la especulación inmobiliaria y políticas que nos está dejando sin tierra y sin riquezas naturales en este país tomada por plaza comerciales, rascacielos y centros comerciales, pero pocos espacios para el verdadero desarrollo humano.

Por último, está “El Aviador” de Gabriel González Ruiz. Cortometraje debút que tiene elementos interesantes como su diseño de producción y dirección de arte de época y su apropiación del mito del aviador estadounidense Charles Lindbergh, pero que su final confuso empaña.

EL SIGUIENTE NIVELY todo el cielo

"Y todo el cielo cupo en el ojo de la vaca muerta".

Otro aspecto destacado del Hayah 2018 fue la apuesta de Andrés Castillo, programador de esta edición del festival, por recoger alguno de los mejores cortometrajes latinos que pudo ver el pasado bienio en festivales estadounidenses, como “Y todo el cielo cupo en el ojo de la vaca muerta” (Chile), “Conectifai” (Cuba) y “El Gran Líbano” (Libano y Costa Rica).

Sin duda, ese es el camino a seguir por el Hayah para alcanzar el siguiente nivel en cuanto a su programación: asegurarse de contar con los mejores cortometrajes panameños del año (eché en falta producciones como “Tiempo de bagazo” de Alejandra García Peña”, “Un día con Agustín” de Risseth Yangüez y “La sala de los ninis” de Cine Nómada), apostar por fortalecer su programación con los cortometrajes de la región para implantar de una vez por todas el premio al Mejor Cortometraje Centroamericano y seguir monitoreando lo mejor de Latinoamérica.

Pero, sobre todo, la continuidad del Hayah va a depender de la búsqueda de formulas alternativas que le permitan dejar de depender del Dicine, porque como dice su slogan este año, hay que seguir rodando, que es una manera de parafrasear a Charles Aznavour y esa frase que nos dejó para la posteridad: “El espectáculo debe continuar”.

Conectifai

"Conectifai".