Pero todos mis elijo cambiaria
cambiaría mis pequeñas batallas cotidianas por una mayor”
Sara Zapata

Escrito por:
Charo García Diego
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El Salvador, país identificado por su extensión geográfica como el “Pulgarcito de Centroamérica”, maneja unas cuotas de criminalidad y violencia que podrían encabezar con probabilidad el listado de regiones más inseguras del mundo.

Marlén Viñayo realiza un documental sobrecogedor, inquietante y aterrador, en una de sus cárceles donde conviven las dos maras (pandillas) más violentas del país: la mara “Salvatrucha – 13 (MS)” y la mara “Barrio 18”, enfrentadas desde siempre, ahora obligadas a convivir en prisión.

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En los comienzos de la película vemos como varios internos juegan con la comida a modo “de cucharilla avión”, como si de niños de corta edad se trataran. El protagonista, Walter, se nos presenta voz en off con palabras huecas, retumbantes, rotundas, testimoniales, que relatan su entrada en la mara a los 10 u 11 años.

En esta narración, Walter trata de juego los asesinatos cometidos, como si hablase de eventos deportivos. Los logros más elevados, explica, se alcanzaban en función de la cuantía de muertes furiosas ejecutadas. Un día mira en su interior y recuerda los abusos sexuales sufridos por parte de un amigo de su padre, imputando sus actos delictivos a este dato biográfico.

En un alarde de sinceridad con la cámara, Walter dice: “Matar a una persona, aunque sea malo, no es tan difícil”. Algo que admite porque para él, el asesinato era un acto cotidiano y sistemático. Pero concluye: “Amar a otro hombre es algo fuera de lo normal”.

Entramos ya en la enervante deformación de la verdad. Reflexionar ante esto requiere un ejercicio de introspección que nos sitúa ante los daños infringidos de generación en generación por las guerras convertidas en genocidio en varios países centroamericanos.

A modo de narración kafkiana, Viñayo nos muestra la muerte, la pobreza espiritual, la soledad, el fracaso individual y la degradación de las relaciones que marginan a Walter socialmente, cayendo en sus redes arácnidas por doble falta: el asesinato y la homosexualidad.

“Imperdonable”, de Marlén Viñayo, demuestra que en El Salvador la homosexualidad ocupa un grado de culpa equiparable al asesinato.

El saberse gay le rompe todos los esquemas y actúa como catalizador a la hora de unificar odios por parte de la iglesia evangélica, que los discrimina sistemáticamente en los entornos carcelarios y fuera de ellos. Los homosexuales viven en una celda aislada de los demás reclusos, que no los aceptan y los tienen amenazados de muerte.

Como si se tratara del protagonista del cuento “El artista del hambre” de Franz Kafka, que siente no poder ayunar todo lo que desea, Walter alberga en sus pensamientos que la homosexualidad es el verdadero trastorno en su vida, lo realmente intolerable. Los reclusos de su alrededor se lo recuerdan una y mil veces.

Como el dueño del circo, al artista del hambre lo colocan en la última de las jaulas y allí, entre la paja, muere. Pasarán los días hasta que se percaten. Walter está en una celda aislado de la convivencia con los heterosexuales para no contaminarlos, para no enfurecerlos. La iglesia evangélica no contempla redención para él y su pareja.

Relatar su historia de amor, que saltó por encima de sus miedos, sin ignorar la posibilidad de ser apaleados hasta la muerte por los miembros de su mara, nos hace sentirle como alguien cariñoso y tierno. Este camino hacia la luz interior le convierte en persona y lo aleja del monstruo.

“Imperdonable” nos demuestra que la homosexualidad ocupa en El Salvador un grado de culpa equiparable al asesinato. La falta de información, el analfabetismo flagrante, los hace percibirse como lo más bajo en que puede caer un ser humano, “un hombre que ame a otro hombre”.

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La iglesia evangélica, con su estandarte de purificación, conquista la idea e imparte doctrina a través de la lectura de la Biblia a los presos: “Maldito el hombre que se acuesta con otro hombre, ningún afeminado heredara el reino de los cielos”.

Lejos de corregir actitudes homófobas, refuerzan conductas adquiridas con anterioridad. Confuso y conmocionado, le oiremos manifestar a Walter: “No quiero que seamos la basura que somos”. No por asesinos, sino por homosexuales. Le queda la duda de cómo son percibidos socialmente. ¿Son homosexuales o son asesinos de niños, mujeres y hombres?


SOBRE LA AUTORA

Charo García Diego (Salamanca, 1961) es pedagoga, socióloga y psicóloga Social. Organizadora, coordinadora y difusora en los medios de comunicación de actividades culturales desde 1990 en España. Ya en sus inicios universitarios, estudia, investiga y escribe crítica de cine. Sus intereses giran en torno a la difusión de culturas transversales, multipluridisciplinares y versátiles que aporten enriquecimiento formativo a las nuevas generaciones. En la actualidad, coordina el libro “Cine Centroamericano y Caribeño Siglo XXI” de la editorial Extravertida, que verá la luz en septiembre 2021 junto a una Muestra de Cine Centroamericano y Caribeño Siglo XXI, que recorrerá varias ciudades españolas y foráneas. Colaboradora habitual en la revista digital LADOBERLIN.