“No sé qué tiene la aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mí mismo,
no puedo venir más lejos”

Lope de Vega

Escrito por:
Charo García Diego
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El cine costarricense comienza la segunda década de este siglo XXI con nuevas propuestas, una de las más sugerentes es la película “Rio sucio”, dirigida por Gustavo Fallas. Se rodó en San Marcos de Tarrazú, distrito que se rodea de poblados con nombres de santos y santas. La frondosidad oculta tras los bosques y las nieblas anunciaban la tragedia por venir.

La presencia del “otro” como agresor en nuestras sociedades dedicadas a invisibilizar lo que molesta y estropea el paisaje, es fruto de la actitud discriminatoria y neoliberal que acaba infringiendo daños irreparables en las victimas, donde se ensaña el odio y la enfermedad mental.

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En sociedades regidas por la confundida leyenda de la superioridad biológica, donde la ética se ejerce de manera irresponsable, ocurre lo que nos relata y hace sufrir en la película de Gustavo Fallas. En realidad, “Rio sucio” nos cuestiona una vez más la necesidad de construir un enemigo social. Se trata de pergeñar una xenofobia contra aquel que nos rodea, creando un bosquejo diferencial que reafirme la preeminencia por raza.

Abre la película con unas imágenes donde veremos a Don Víctor, un ermitaño de mal sentir y peor pensar, que escopeta en mano busca a “Lucila”, una vaca de su propiedad. Oculto a los ojos de los humanos, protegiéndose de un enemigo invisible para los demás pero presente para su cabeza. Con hosquedad y rudeza recibe a un muchacho adolescente, Ricardo, que baja de un autobús azul. Sin mediar palabra durante el trayecto a pie, solo romperá el silencio al llegar a la cabaña de madera pidiéndole el dinero.

La polémica esta servida: tenemos como punto de partida la admisión de Ricardo en la vida de Don Víctor con transacción monetaria como medida de aceptación. La vaca “Lucila” aparece muerta y los fantasmas de la cabeza del viejo sitúan en posición de enemigo al indígena que vive no muy lejos. Según avanza la película, el director nos va dando los datos que componen la historia: el personaje central, don Víctor, no concibe la idea de neutralidad ante los acontecimientos, solo le sirve la distancia de los diferentes, en este caso el indígena. Su posición totalitarista, sectaria y homogénea, le impide ver al otro como su igual.

Su relación con el joven Ricardo, su nieto, está basada en la instrucción para la defensa ante un ataque del otro -el verdadero fantasma que le destruye habita en su cabeza, repito- le invita a coger la escopeta, a disparar con ella… La vida de Ricardo se normaliza con el acercamiento al indígena, con quien entablara una bonita amistad.

Distinta totalmente a la relación amigo-enemigo que Don Víctor tiene establecida en su cabeza, ese conflicto antagónico que cercena su vida y la de los demás. Con la tensión creada, hace imposible la coherencia de un acercamiento natural con los demás que integran su mundo que, aunque no lo quiera reconocer a si mismo, los utiliza para cosas que necesita: comprar unas gafas, comida, ir al medico que le revise los ojos…

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En “Rio sucio” su director muestra sensibilidad por los temas que siguen persistiendo en su Centroamérica natal. Constituye un alegato en defensa de la cordialidad, la construcción de una sociedad plural y multifacética que camine en democracia, donde el antagonista deje paso a la construcción futura agonista, colaboradora conjuntamente con “el otro” y que se opone a conflictos que enfrentan socialmente.  

En unas declaraciones que el director le hace a Luis Cardoce, para la publicación deleFoco el día 26 de septiembre de 2020, dice: “Es una sensación de que hay un otro que es culpable, un otro que no comprendemos, que se aleja de nuestra realidad y se nos desdibuja. Me ha parecido muy fuerte el hecho de que siempre nos estamos separando por religión, por género, identidad, etnia, y de alguna forma esa tensión casi siempre está basada en el miedo”.

FICHA TÉCNICA

País: Costa Rica (2020). Guión y dirección: Gustavo Fallas. Producción: Ruth Sibaja. Cinematografía: Gabriel Serra. Montaje: Alberto Amieva. Sonido: José Jairo Flórez, Richard Córdoba. Música: Alex Catona. Duración: 75 minutos. Formato: Color. Idioma: Español. Reparto: Elías Jiménez, Gladys Alzate, Edgar Maroto, Fabricio Marti. Sinopsis: El ermitaño Víctor busca desesperado una vaca que ha desaparecido de su pequeño rancho. Sospecha de un vecino indígena con quien antes ha tenido problemas. La llegada de Ricardo, su nieto de 12 años, desata fantasmas de la infancia de Víctor que se confunden con temores del presente. Proteger al nieto de la posible amenaza que representa el vecino indígena se transforma en un deseo fatal. Víctor, finalmente, deberá enfrentar al temido fantasma de su infancia.


SOBRE LA AUTORA:

Charo García Diego (Salamanca, 1961) es pedagoga, socióloga y psicóloga Social. Organizadora, coordinadora y difusora en los medios de comunicación de actividades culturales desde 1990 en España. Ya en sus inicios universitarios, estudia, investiga y escribe crítica de cine. Sus intereses giran en torno a la difusión de culturas transversales, multipluridisciplinares y versátiles que aporten enriquecimiento formativo a las nuevas generaciones. En la actualidad, coordina el libro “Cine Centroamericano y Caribeño Siglo XXI” de la editorial Extravertida, que verá la luz en septiembre 2021 junto a una Muestra de Cine Centroamericano y Caribeño Siglo XXI, que recorrerá varias ciudades españolas y foráneas. Colaboradora habitual en la revista digital LADOBERLIN.