Escrito por:
José Luis Aparicio Ferrera
joseluisaparicioferrera@gmail.com

Hoy Cine Cubano en Cuarentena (CCC) quiere compartir con los seguidores de Material Extra el documental En vena (2002), del legendario realizador cubano Terence Piard, una de las figuras más significativas del cine cubano independiente de los ‘90 y principios de los 2000. Junto al corto, considerado un clásico instantáneo dentro de la isla, les dejamos esta hermosa semblanza del cineasta Jorge Molina, amigo y mentor de Terence. No encontramos mejor manera de presentarles la breve pero intensa vida y obra de este creador fundamental.

Te puede interesar: “Molina’s Borealis” de Jorge Molina

TERENCE

Corría el año 1986 y dos amigos y yo, jóvenes estudiantes de arte, estábamos a la caza de Tomás Piard, el legendario director independiente, creador del cineclub Sigma y padre espiritual de toda una generación de jóvenes que perseguían un sueño casi utópico: hacer cine en Cuba. Llegamos a un pequeño apartamento en el Vedado, una señora nos recibió y nos dijo que no nos fijáramos en el reguero de la pequeña sala, atiborrada de vestuarios, telas, utilería, papeles, una claqueta y montones de cosas más. Tomás preparaba su nueva película, creo era su primer largometraje, Ecos (1987), la Cecilia (1982) del cine independiente cubano.

Ahí fue la primera vez que lo vi. Era un adolescente flacucho de mirada tranquila que estaba por ahí como quien no rompe un plato. (Ese cuento, tiempo después, se convirtió en su marca de fábrica: una especie de galán a lo roquero argentino tipo Fito Páez, con un aura de chico frágil que no dejó títere con cabeza. Tenía un montón de mujeres. ¡Qué cabrón!). De pronto, se escuchó la voz de la señora que no era otra que su abuela: «Terence, busca tal cosa…», no recuerdo bien exactamente qué era. Se llamaba Terence. Sus padres le habían puesto ese nombre por el actor inglés Terence Stamp, actor favorito de Tomás.

Ese día no era otro diferente a su cotidianidad. Desde muy pequeño estaba al lado de su padre en todas sus aventuras cinematográficas, por lo que vivía y respiraba cine 25 horas al día. Y, por supuesto, sus primeros pasos en el audiovisual, los dio junto a Tomás en el Cine Club Sigma, espacio aglutinador de una pléyade de jóvenes locos por hacer audiovisuales. A partir de ahí le perdí la pista hasta la mitad de los ‘90, ya yo me había graduado en la EICTV de San Antonio de los Baños, había rodado un par de cortos que habían adquirido cierto culto entre los cinéfilos y nos volvimos a encontrar para sellar una amistad-hermandad solo truncada con su absurda muerte en la playa de La Fajara (La Laguna, Tenerife) en agosto de 2004.

Para esa fecha, Terence ya había dirigido —siendo un adolescente—, el mediometraje de ciencia ficción Figuras en el paisaje (1987), por el que mereció el premio especial y el de la mejor banda sonora en el Festival Cine Plaza, y más adelante los cortos Salto (1998) y Retrato vacío (1999). Seguía siendo el mismo cinéfilo empedernido capaz de consumir cualquier película que cayera en sus manos, desde la bazofia más zetoza hasta la más rebuscada película húngara de arte y ensayo.

Recuerdo que Tomás discutía y a veces se burlaba de nosotros porque no entendía como gastábamos neuronas en ver películas «malas» de ilustres desconocidos para el cinéfilo «artsy» como Jess Franco, William Lustig, Armando Bo o Ray Dennis Steckler y, por el contrario, no nos apasionábamos por clásicos como Tarkovski. Le contestábamos que además de ser divertido, así aprendíamos mejor, a no rodar de esa manera, que con las buenas aprendíamos poco porque eran perfectas y no había por donde cogerle.

No solo compartíamos esa pasión desmesurada por el cine, sino también por la música rock viniera de donde viniera, preferentemente hard rock o heavy metal, y la literatura más perturbadora y extraña. Con su partida se fueron con él muchos de mis discos y libros bizarros. Amigo de sus amigos —porque tenía muchos—, para Terence, todo el mundo tenía valores positivos: nunca lo escuché hablar mal de nadie ni lo vi metido en algún brete o miserias humanas tan características en el mundo del arte. Así era él.

Terence seguía obsesionado con estudiar cine, y a pesar de algunas almas oscuras reticentes a su entrada, logró para suerte de todos los que le queríamos, ingresar en la EICTV de San Antonio de los Baños, donde en esa época yo era asesor de dirección en los ejercicios de tres minutos de la polivalencia. Desde ese momento me convertí prácticamente en su hermano mayor y mentor. En cuanto proyecto estuve involucrado él participó como colaborador en alguna área específica.

Recuerdo que cuando rodábamos Molina´s Solarix (2007), Terence era el script. Un día desapareció a la hora del almuerzo y regresó a media tarde, cuando ya habíamos tirado cuatro o cinco planos más. Sigiloso como para que yo no me diera cuenta, reportes en mano, se acercó al actor principal para preguntarle por cuál plano andaban. El actor Ricardo Becerra —que es tremendo jodedor—, le dijo que me preguntara a mí. Terence le contestó que no, que yo como director estaba muy ocupado con el rodaje y él no quería molestarme con esas pequeñeces. Ricardo me miró, Terence me miró, los tres nos miramos al más puro estilo Leone, silencio, y nos cagamos de la risa.

Con esa aura y buena vibra que le rodeaba era muy difícil para mí encabronarme con él. Imagino que estaba terminando de ver alguna película finlandesa rara o «enredao» con alguna jevita en su habitación. En la escuela dio rienda suelta a su pasión y cinefilia —virtudes no demasiado comunes entre sus estudiantes— y a su fascinación por los géneros cinematográficos en completa libertad. Así comenzó una búsqueda que inició con el thriller mezclado con el absurdo, el splatter, la psicotronía y el kabuki en Carniçeiro (2002), su ejercicio de tres minutos, en 16mm y hablado en portugués, el terror sobrenatural en su ejercicio de pretesis Eso (2002), y terminó con temáticas no tratadas o escasamente tratadas en el cine nacional, como las drogas en el documental En vena (2002) y la marginalidad y las sustancias sicotrópicas en Bajo Habana (2003).

Juntos realizamos El Sexo y la Bestia, especie de versión camp del relato clásico La Bella y la Bestia fotografiada por Raúl Rodríguez y protagonizada por la actriz Zulema Clares y por mí. Todos estos trabajos, no exentos de imperfecciones, pero llenos de riesgo y pasión, auguraban el cineasta que vendría. Con obras tan conmovedoras como En vena (2002) y el corto de ficción Bajo Habana (2003), su tesis de grado, y habiendo probado por dónde iba su discurso, salió de la escuela con sus cortometrajes bajo el brazo a recorrer festivales y a conocer el mundo que falta le hacía y nos hace a todos.

Comenzó a preparar el que sería su primer largometraje, Accidente, basado en una experiencia autobiográfica, la muerte de uno de sus mejores amigos en similares circunstancias a las que un tiempo después moriría él. La última vez que nos comunicamos me escribió un exaltado e-mail en el cual, como un niño ante un juguete nuevo, me dijo haber descubierto a la terrible condesa Bathory y estaba fascinado con el personaje. Le remití a un maravilloso texto sobre ella que había escrito la poetisa Alejandra Pizarnik, titulado La condesa sangrienta, para que lo estudiara y quizás pensáramos algo juntos sobre el personaje y la posibilidad de realizar un filme. Desgraciadamente eso no pudo ser.

¡Lo extraño con cojones!