LO MEJOR: “Suenan las campanas” es uno de los registros más sinceros que he visto sobre la religiosidad, uno que no va desde lo ideológico sino lo vocacional.

LO PEOR: ¿Existirá algún líder político con la sensibilidad suficiente para oír el llamado de Muñeco desde el campanero de la Iglesia de San Atanacio y que ayude a preservar este patrimonio histórico y sonoro de nuestra identidad?

Escrito por:
Luis Lorenzo Trujillo
(@LuisAndreLT)

La primera gran sorpresa que me deparó “Suenan las campanas”, documental dirigido por Luz Boyd en el marco de la segunda temporada de Documental Panamá, fue descubrir que no hay campana sin campanero.

Esta será una conclusión evidente, pero ver a Luis Carlos Mendonza, mejor conocido como Muñeco, despertarse con el sol para subir a sus 78 años las escalinatas de la Iglesia de San Atanacio en La Villa de Los Santos para golpear el bronce, me descolocó de mi butaca.

Mi sorpresa se debe a que en un mundo tan tecnocrático como en el que vivo, me resulta un hallazgo de naturaleza casi arqueológica descubrir que existen todavía personas que se dedican a este oficio.

A partir de ese yacimiento, Boyd nos comparte otros datos de interés sobre las campanas a través de entrevistas a diferentes moradores del pueblo, como la sospecha de que son las mismas que sonaron el 10 de noviembre de 1821 cuando se realizó el Primer Grito de Independencia en la Villa de Los Santos.

Iglesia San Atanacio en La Villa de Los Santos.

“Estas campanas son tan revolucionarias como tan revolucionario es el pueblo de La Villa de Los Santos”, dice alguien en algún momento del documental.

Otra persona se atreve a comparar las campanas como el WhatsApp de los tiempos de antes, ya que dependiendo de la hora y la forma en que se repican, se comunican mensajes al pueblo, como el llamado diario a misa en la mañana y la tarde, el fallecimiento de una habitante del pueblo o cualquier llamado de alerta.

El segundo descubrimiento que ofrece “Suenan las campanas” es uno de los registros más sinceros que he visto sobre la religiosidad, uno que no va desde lo ideológico sino lo vocacional.

“Yo hablo con Dios, a veces San Antonio, la virgencita Guadalupe que está allá arriba también, a veces entro al Santísimo y le pido que me ayude, me de salud, para yo seguir tocando las campanas”, dice quien que no puede evitar preguntarse quién tocará las campanas cuando sea su entierro.

La entrega que demuestra Muñeco en su oficio es motivo de sorpresa, inclusive para los mismos habitantes de La Villa de Los Santos que lo han escuchado toda su vida y que dicen: “Desde cuándo está en eso y yo no veo que se cansa… O lo disimulará”.

Es imposible hacerlo, porque Boyd registra como Muñeco repiquea las campanas en un evidente llamado a la alegría, mientras la cámara corta a sus ojos llenos de regocijo mientras hace un esfuerzo contramedicado para un hombre con tal bagaje.

“Yo hablo con Dios, a veces San Antonio, la virgencita Guadalupe que está allá arriba también, a veces entro al Santísimo y le pido que me ayude, me de salud, para yo seguir tocando las campanas”, dice quien que no puede evitar preguntarse quién tocará las campanas cuando sea su entierro.

He aquí el tercer y más urgente punto de interés que ofrece el documental: la amarga certeza de que si no hacemos algo pronto, perderemos un patrimonio histórico y sonoro de nuestra identidad. ¿Existirá algún líder o político con la sensibilidad suficiente para oír el llamado de Muñeco desde el campanero de la Iglesia de San Atanacio?

Estas campanas pueden ser las mismas que sonaron el 10 de noviembre de 1821.