La película de Ishtar Yasin Gutierrez es un biopic fragmentario y poético de Judith Ferreto, enfermera costarricense que cuidó a la mexicana Frida Kahlo en sus últimos años de vida y con la que desarrolló una relación que fue más allá de los profesional

Escrito por:
Luis Lorenzo Trujillo
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El Festival Ícaro Panamá 2020 inauguró de manera virtual con la transmisión de “Dos Fridas”, película dirigida por la costarricense de origen chilenoiraquí Ishtar Yasin Gutierrez sobre su compatriota Judith Ferreto, enfermera que cuidó a Frida Kahlo en sus últimos años de vida, cuando la amputación de su pierna derecha terminó de hacer mella en su endeble estado de salud y arrolladora personalidad.

El filme es un biopic no convencional, ya que utiliza una estructura fragmentaria y poética para explorar los vericuetos de la memoria de Ferreto, enajenada por el cortejo de La Muerte, luego de sufrir un accidente de tránsito que le dejó postrada y con las mismas dolencias que tuvo la pintura mexicana en su momento.

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Aunque el mayor dolor de Ferreto es de espíritu, al sentirse culpable por abandonar a Frida en el momento en el que más la necesitaba. De ahí que sus recuerdos disgregan entre un pasado luminoso en la intimidad de la Casa Azul y un presente trágico donde su ausencia le resulta insoportable e intenta solapar vistiéndose  como la mexicana mientras su sobrina Li Sáenz la cuida.

La película insinúa en varias pasajes, a través del jugo de una fruta que se riega en la boca de ambas o un abrazo que termina con un beso en la mejilla, una relación erótica y sentimental entre ambas. Esto da valor a los chismes de la historia que han susurrado durante mucho tiempo que el muralista Diego Rivera corrió a Judith Ferreto al comprobar la relación que ambas habían establecido. 

Pero más allá de explorar la relación entre Frida Kahlo y Judith Ferreto, el filme de Ishtar Yasin señala la muerte de algo más: el ocaso de una época, tal vez. Aquí la clave son las pinturas “El Moíses” y “La mesa herida”, ambas obras de la pintura mexicana.

El primero fue un encargo de José Domingo Lavin, que le prestó a Frida el libro “Moisés y la religión monoteísta” escrito por Sigmund Freud. En el mismo, se ven a dioses aztecas y figuras históricas sobre una multitud de personas, que parece exaltar el trabajo de las clases populares y la influencia que tiene sobre ellos la religión y la política.  

Por su parte, “La mesa herida”, cuadro que estuvo desaparecido durante 65 años y que reapareció este año en España, se trata de un óleo sobre madera en la que Frida Kahlo aparece en el centro de un mesa en una clara referencia a “La última cena”. A su diestra hay un enorme Judas de papel maché y a su siniestra La Muerte jalando con su mano un mechón de su cabello.

Ambas referencias se ven plasmadas en el surrealista climax del filme, en la que Judith Ferrero se adentra en una caverna y empieza a escuchar el anuncio de varios personajes históricos que le piden acompañarla, entre ellos André Breton, Charlot, Carlos Marx, Carmen Lyra, Diego Rivera, Karl Marx, Sigmund Freud Yolanda Oreamuno y Yuri Gagarin.

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Luego de ser aceptados, todos se sientan en una mesa presidida en los extremos por Judith Ferrero y La Muerte. El banquete termina con todos de bailando, para luego cederle la pista a las dos anfitrionas de la cena que se abrazan en un baile que anuncia la partida de nuestra protagonista.

Aquí la interpretación es más ambigua, pero me atrevo a decir que Ishtar Yasin Gutiérrez señala con esta escena la muerte de la sensibilidad e ideales socialista que alguna vez marcaron el sino de Latinoamérica y que ahora ha dado paso a un hartazgo hacia los embates del capitalismo. 

“Dos Fridas” es una película sugerente, hermosamente fotografiada por Maure Herce y con una sabia elección de locaciones. Pero está lejos de ser una gran obra. Le falta algo importante: un corazón latiente en vez de una mente inquieta o una búsqueda poética, sobre todo cuando hablamos de una relación de amor que nunca se consumió y mató de nostalgia a su protagonista.


Crítica: “Dos Fridas” y los insólitos caminos de la alucinación
Lo mejor: su hermosa fotografía, sabia elección de locaciones y profundidad simbólica.
Lo peor: la falta de una corazón latiente, en especial al tratarse de un drama romántico inconcluso.
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