A pesar del éxito de su filme previo, Viridiana, que marcó el regreso de Luis Buñuel a España y el primer premio en el festival de Cannes, nadie nos preparó para el estreno de El ángel exterminador en 1962

(Bienvenidos a Reseñas Soberanas, columna donde el guionista y dramaturgo panameño Edgar Soberón Torchia analizará las mejores películas latinoamericanas clásicas en busca de gestar nuestra soberanía cinematográfica como continente)

Escrito por:
Edgar Soberón Torchia

El cineasta español Luis Buñuel abrió la década de 1960 con The Young One, una coproducción mexicano-norteamericana que no sugirió los golpes de genialidad que se sucederían durante esos años en su filmografía a partir del estreno de Viridiana al año siguiente.

La joven, como se conoció en español, es un filme violento en medio de su aparente apacibilidad, ambientado en el Sur de Estados Unidos. Su factura es la de un filme norteamericano «serie B», que, de hecho, lo es: un drama, en primer término, sobre discriminación racial, pero en segundo lugar, lleno de constantes que Buñuel abordó de modo inquietante y subersivo en otras películas: el sexo fuera de «la norma», la moral y la religión.

La siguiente cinta buñueliana fue una bomba, como se registró en publicaciones y declaraciones de la época. Viridiana marcó el regreso del cineasta a España para hacer cine, la censura nacional fue hábilmente manejada para filmar lo previsto y el producto final terminó por llevarse el primer premio en el festival de Cannes. Con todo, esta brillante sátira de insinuaciones, rejuegos y atmósferas perversas, tampoco nos preparó para El ángel exterminador en 1962.

Nadie nos prepara para “El ángel exterminador”

Nadie imaginó un regreso triunfal de Buñuel al mundo del absurdo, de los sueños y las alucinaciones, al reino del subconsciente que preconizó su obra surrealista 33 años atrás. Buñuel tuvo la oportunidad de hacerla gracias al productor Gustavo Alatriste, complacido por el inusitado éxito internacional de Viridiana y la consagración de su esposa, Silvia Pinal.

Buñuel había escrito un guion más realista con su colaborador Luis Alcoriza, al cual titularon Los náufragos de la calle Providencia. Cuando Alatriste dio luz verde, Buñuel reescribió el guion en solitario y lo renombró El ángel exterminador, título que José Bergamín tenía previsto para una obra teatral que nunca hizo.

El ángel exterminador es el filme de las repeticiones, de las reiteraciones aparentemente absurdas, pero acordes con un orden sui géneris de tiempo y espacio. Es la parábola de los ritos revisitados por la alta burguesía, una clase social atrapada en su propia «regla del juego», como llamaría Jean Renoir a la ambigüedad burguesa con sus propios códigos de ironías, rodeos, sugerencias e indirectas.

El filme es también una alusión a la institución católica, inmersa en un círculo vicioso de ritos espiritistas poco disimulados y a menudo incapaz de dar incentivos proactivos a la angustia de la humanidad en su estado contemporáneo.

Con “El ángel exterminador”, los espectadores nos conectamos con un retrato surrealista de nuestras burguesías criollas, enloquecidas por imitar a sus modelos foráneos y otorgándose una justificación histórica repleta de mitos, crímenes y engaños, que dejan las explicaciones recionales en manos de la «providencia»

El rito es trampa y liberación en la trama sencilla, en que un grupo de burgueses que ha asistido a la ópera se reúne para cenar en la casa de los esposos Nóbile. Se intuye que algo raro va a acontecer: los sirvientes (excepto el mayordomo) dejan la casa; los invitados repiten sus entradas (lo cual le pareció un error de montaje al fotógrafo Gabriel Figueroa, pero estaba preconcebido por Buñuel). La noche transcurre “eufemistamente”, pero cuando llega la hora de dejar la mansión ningún invitado es capaz de traspasar el umbral del salón de descanso. Al final, el gesto innocuo de la Walkiria (Pinal) de ejercer su autodeterminación, les libera a todos, pero no bien salen al exterior, se dirigen a una iglesia (católica) a dar gracias a la divinidad y nuevamente quedan atrapados.

La clave  de este nuevo encierro está en la subestimación del único acto de voluntad en que trascendieron los propios límites (de clase social) que ellos mismos se habían impuesto. Esa desestima de su acto liberador humano (y, por ende, divino), adjudicado al poder superior al cual rinden culto, les hace caer nuevamente en una encerrona. Su afán de darle un matiz religioso a su accionar, para justificar su existencia privilegiada. es su propia trampa. Su acto de trascendencia como clase y como individuos lo transforman en «milagro» y así se autotraicionan.

El ángel exterminador es un filme de diversos niveles de lectura. Si lo vemos una sola vez, produce el efecto buscado, como un relato siempre enigmático e inquietante, pero no carente de humor y sentencias poéticas. Sin embargo, cuando lo vemos varias veces, se enriquece el «enigma» y la experiencia se convierte en una vivencia ejemplarizante.

De la burguesía criolla a la burguesía europea

Al contrario de Buñuel, no pienso que contó con actores inadecuados. Hay patetismo en Bertha Moss y Ofelia Guilmáin; decadencia inminente en Rosa Elena Durgel, Nadia Haro Oliva y Patricia Morán; pestilencia en Xavier Loyá, donaire en José Baviera, Lucy Gallardo y Enrique Rambal, prepotencia en Tito Junco, inocencia fatídica en la Pinal y Ofelia Montesco, y todos contrapunteados por el servil mayordomo que interpreta Claudio Brook.

Quizá estos actores estaban por debajo de las exigencias pequeño-burguesas del director europeo, pero Buñuel  no se percató de que al rodar su guion con un elenco de actores iberoamericanos residentes en México, los espectadores nos conectamos de inmediato con un retrato surrealista de nuestras burguesías criollas, enloquecidas por imitar a sus modelos foráneos, pero igualmente poseedoras de latifundios, telecomunicaciones y medios de producción, y deseosas de perpetuar su status de privilegios, otorgándose una justificación histórica repleta de mitos, crímenes y engaños, y dejando las explicaciones racionales en manos de la «providencia».

Un espectador latinoamericano ni piensa si hubiera sido mejor hacer el filme en Londres o París. A partir de la referencia local, percibe un vívido retrato universal de posturas sin humanismo y de la determinación irreflexiva que a menudo otorga el poder.

De la fase mexicana de Luis Buñuel, El ángel exterminador es su obra maestra surrealista y el último largometraje que hizo en este país, antes de iniciar su celebrada última etapa, casi toda en Francia, en color, en francés y con Catherine Deneuve y otros iconos de la burguesía europea.

FICHA TÉCNICA

País: México, 1962. Dirección y guion: Luis Buñuel, según argumento de Buñuel y Luis Alcoriza. Producción: Gustavo Alatrise. Cinematografía: Gabriel Figueroa. Edición: Carlos Savage. Música original: Raúl Lavista. Dirección artística: Jesús Bracho. Vestuario: Georgette Somohano. Supervisor de sonido: James L. Fields. Elenco: Jacqueline Andere, José Baviera, Augusto Benedico, Luis Beristáin, Antonio Bravo, Claudio Brook, César del Campo, Rosa Elena Durgel, Lucy Gallardo, Enrique García Álvarez, Ofelia Guilmáin, Nadia Haro Oliva, Tito Junco, Xavier Loyá, Xavier Massé, Ofelia Montesco, Patricia Morán, Patricia de Morelos, Bertha Moss, Silvia Pinal, Enrique Rambal; Pancho Córdova, Luis Lomelí, Elodia Hernández, Ángel Merino, Rita Macedo. Duracción: 93′. Formato: B-N. Idioma: Español.  Reconocimientos: Premio de la Federación Internacional de Prensa Cinematográfica en el festival de Cannes, premio Bodil de Dinamarca a Mejor filme extranjero, premios Diosa de Plata a Mejor actriz de reparto (Andere) y actriz de apoyo (Durgel).

SOBRE EL AUTOR

Edgar Sobertón Torchia es guionista y dramaturgo. Estudió español y teatro en Puerto Rico, cine antropológico en Francia y guion en Cuba. Sus obras de teatro están reunidas en la antología «Pedro Navaja y otros éxitos del hit parade». Guionista de «Panamá Radio», «La estación seca», «La Yuma», «Talento de barrio» y «Molina’s Ferozz». Premio Ricardo Miró de Literatura en cuatro ocasiones.