Si he de escoger una palabra que defina con justeza a El Chacal de Nahueltoro, preferiría «brutal».  En su belleza, es feroz, violenta, cruel, dura, cruda, rotunda, radical. Los adjetivos no dicen nada, es verdad, pero sugieren las reacciones que provoca su contemplación.

(Bienvenidos a Reseñas Soberanas, columna donde el guionista y dramaturgo panameño Edgar Soberón Torchia compartirá su antología de películas clásicas latinoamericanas)

Escrito por:
Edgar Soberón Torchia

El cine chileno se remonta a finales del siglo XIX y, desde entonces, ya apostaba a hechos de la vida cotidiana que daban coherencia y sentido a la consolidación del ser cultural chileno.

Para 1939, ya el país tenía una Corporación de Fomento de la Producción y tres años después, con la empresa Chile Films, de apoyo a la industria. Sin embargo, en el trayecto la chilenidad se extravió por el camino de comedias y dramas de escaso valor que reproducían los valores de la clase dominante. La producción era baja y la rentabilidad, poca.

Fue precisamente el reencuentro con problemáticas de la sociedad chilena, a fines de la década de 1950, lo que propició la aproximación al cine europeo de la época y el alejamiento del modelo de Hollywood. A la identificación con la revolución cubana y el cuestionamiento del papel del intelectual, se sumaron la fundación del cine-club universitario de Santiago, la creación del Instituto Fílmico de la Universidad Católica de Valparaíso, la unidad de Cine Experimental de la Universidad de Chile y la revitalización de Chile Films.

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Al nombre del veterano Patricio Kaulsen, se unieron los de Álvaro J. Covacevich, Raoul Ruiz, Helvio Soto, Pedro Chaskel, Aldo Francia, Patricio Guzmán y Miguel Littín. En 1967 se celebró en Viña del Mar el legendario primer festival del Nuevo Cine Latinoamericano, donde se juntaron con cineastas como Santiago Álvarez, Glauber Rocha, Julio García Espinosa, Jorge Sanjinés, Fernando Birri y otros, consolidándose el «nuevo cine» chileno,  con obras emblemáticas como Tres tristes tigres, Valparaíso mi amor y Caliche sangriento.

En este grupo de filmes que hoy están considerados clásicos del cine latinoamericano, Littín estrenó en 1969 su ópera prima, el estremecedor drama que nos ocupa, con el largo título En cuanto a la infancia, andar, regeneración y muerte de Jorge del Carmen Valenzuela Torres, quien se hace llamar también José Del Carmen Valenzuela Torres, Jorge Sandoval Espinoza, José Jorge Castillo Torres, alias El Campano, El Trucha, El Canaca, El Chacal de Nahueltoro. El filme, conocido en forma abreviada como El Chacal de Nahueltoro, arrancó las frases más entusiastas entre amantes del cine:

«La mejor película latinoamericana de todos los tiempos», afirmó Gabriel García Márquez; el crítico Louis Marcorell de Le Monde la bautizó «Una obra maestra», el historiador Julio López Navarro dijo con entusiasmo «Este drama de miseria y pobreza es, a mi juicio, la mejor película del cine chileno de todos los tiempos», y Luis Buñuel sinterizó al afirmar «Un filme bellísimo».

Para Gabo, «La mejor película latinoamericana de todos los tiempos»

Miguel Littín.

No hay duda de que hay belleza en la tragedia que se describe, ni de que es un hito histórico en el cine de Chile, a pesar de que el país ha dado obras mayúsculas desde entonces al presente. Pero tampoco cabe duda de que, juzgada desde la perspectiva de 1969, que la cronología me permite constatar, pues ese año yo contaba 18 años, la película pasó la «prueba del tiempo». Ahora, si he de escoger una palabra que la defina con justeza, preferiría «brutal». En su belleza, es feroz, violenta, cruel, dura, cruda, rotunda, radical. Los adjetivos no dicen nada, es verdad, pero sugieren las reacciones que provoca su contemplación.

Para 1969 Easy Rider, Z, Kes, La pandilla salvaje, Vaquero de medianoche, El incinerador de cadáveres, Medium Cool, Satyricón, El ejército de la sombras, Mi noche con Maud, La pocilga, La vía láctea, La pasión de Ana, Soy curioso (Amarillo) y Antonio das Mortes ponían en crisis a los cines mundiales y anunciaban la gran década del cine de 1970. El Chacal de Nahueltoro estaba en compañía de esos «filmes revoltosos» y renovadores.

Basado en hechos reales y en documentación de la época, el filme de Littín se identifica con las obras transgresoras de esos años por su negación a seguir el modelo del melodrama, por su ruptura narrativa frente al tradicional modelo fílmico, por su banda sonora expresionista.

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Se aleja además del relato urbano sobre parejas burguesas en crisis, de los valores tradicionales de la clase media adherida a sus iglesias y a la negación de su propia bestialidad. El guion está estructurado en cinco partes bien definidas: «La infancia de José», «El andar de José», «Persecusión y apresamiento» (la palabra “persecución” está erróneamente escrita en el título sobreimpuesto en pantalla), «Educación y amansamiento» y «La muerte de José».

Así transcurre la historia de un hombre maltratado desde la cuna, si acaso la tuvo, que repite el maltrato irracional al que estuvo sujeto y mata, con similar irracionalidad, a seres que no atentan contra su existencia. Su acto aterrador es expuesto en los primeros minutos, como en una tragedia griega, sin mostrarnos gráficamente los hechos. Tampoco hay «intriga» ni «suspense» como los conocemos tradicionalmente, no hay dosificación en la revelación de los pormenores de un misterio. Es un cuadro social de esos de los cuales no estamos ajenos, pero que, como fariseos, tendemos a condenar sin darle espacio al hecho social, al factor psicológico y al componente biológico.

La reacción visceral pronto se suspende: la pesquisa cinemática asume un tono observacional y nos revela sin comentarios el viraje en la vida de Jorge del Carmen Valenzuela Torres al entrar a la cárcel, esperar la sentencia y su ejecución.

El victimario es tan víctima como los que él ha asesinado

El actor Nelson Villagra.

Privado de libertad, el Chacal aprende a leer y a escribir, aprende un oficio y aprende básicos valores de convivencia, los cuales le llevan a la conmovedora toma de conciencia del crimen alcoholizado que cometió, el asesinato de aquella mujer tan maltratada por la vida como él y a sus cinco hijos, asesinados uno a uno, a sangre fría, sin motivo consciente, pero muy claro: por el simple hecho de ser su propio, lastimero e infeliz espejo.

En la última secuencia el filme regresa al drama, irónico, esta vez, que nos muestra los últimos minutos de vida de Jorge del Carmen Valenzuela Torres y su muerte por fusilamiento. La demostración del proceso es contundente.

Como indica sabiamente el especialista Jorge Rufffinelli, «Para Littín la historia no habla de cinco víctimas sino de seis: el victimario es tan víctima como los que él ha asesinado. De manera alusiva, la miseria de los campesinos se postula como un crimen de la sociedad y del Estado. Más allá del caso particular, que Littín se niega en todo momento a convertir en patológico, está expresada una visión elocuente y definitiva de la marginalidad social».

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La mayoría de los gestores del «nuevo cine» chileno devino el llamado Cine de la Unidad Popular, unido a la gestión del presidente Salvador Allende, en un clima cuando, al decir del crítico Joel del Río, «en la música, Víctor Jara, Inti Illimani y Quilapayún llenaban estadios; Manuel Calvello dirigía Televisión Nacional; se publicaba trimestralmente la revista Primer plano, que incluía críticas, números dedicados a cineastas como Costa-Gravas y [François] Truffaut, o al cine surrealista; y en las calles el pueblo, la gente humilde, intentaba hacerse del poder por primera vez en la historia nacional».

En ese proceso, Miguel Littín fue puesto al frente de Chile Films, pero no pasó mucho tiempo en el cargo. El 11 de septiembre de 1973 Allende fue asesinado y Augusto Pinochet instauró una época de terror y crimen, en la que impuso el modelo neoliberal que llevó a Chile a convertirse en parte del «Primer Mundo», a costa de ríos de sangre derramada, vidas truncadas, gente exiliada, talentos despatriados. Mucho tardó el cine chileno en retomar el brío de aquellos años.


FICHA TÉCNICA

País: Chile, 1970. Dirección y guión: Miguel Littín, según actas y documentos del proceso a Jorge Valenzuela Torres y entrevistas periodísticas por José Gómez López, Darwin Contreras, Fernando Rivas Sánchez. Producción: Héctor Noguera e Isidora Portales. Cinematografía: Héctor Ríos. Edición: Pedro Chaskel. Música: Sergio Ortega. Sonido: Jorge Di Lauro. Elenco: Nelson Villagra, Shenda Román, Marcelo Romo, Héctor Noguera, Luis Alarcón, Pedro Villagra. Duracción: 95’. Formato: B-N. Idioma: Español. Reconocimientos: Premio de la Oficina Católica de Cine (Ocic) en el festival internacional de cine de Berlín.

SOBRE EL AUTOREdgar Sobertón Torchia es guionista y dramaturgo. Estudió español y teatro en Puerto Rico, cine antropológico en Francia y guion en Cuba. Sus obras de teatro están reunidas en la antología «Pedro Navaja y otros éxitos del hit parade». Guionista de «Panamá Radio», «La estación seca», «La Yuma», «Talento de barrio» y «Molina’s Ferozz». Premio Ricardo Miró de Literatura en cuatro ocasiones.