Lo mejor: una película al margen de toda convención, con ideas enloquecidas, violentas, caóticas y desesperanzadoras sobre las peores formas de la humanidad.

Lo peor: entre tanta orgía, drogas y rock n’ roll, está destinada a pasar al anonimato en la cartelera local por las razones equivocadas.

“En mi ficción, el futuro no ha estado nunca a más de cinco minutos”. Esta cita la recupero de una entrevista que concibió el escrito inglés J. G. Ballard en la década de los 80, pero que se mantiene vigente a raíz del estreno esta semana en Panamá de “El Rascacielos”, adaptación cinematográfica por parte de su compatriota Ben Wheatley de su novela homónima.

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Wheatley, como Ballard en su momento, nos introduce en su terrible mundo a media res: Tom Hiddleston, quien interpreta al doctor Rober Laing enfundando en un impecable saco postulándose de antemano al papel del agente secreto 007, se come un perro en el balcón de su apartamento mientras recuerda los insólitos hechos que han ocurrido en el edificio donde vive en los últimos tres meses.

Un moderno rascacielos en las periferias de Londres, que a pesar de que todos sus inquilinos pagan la misma cuota de arrendamiento, están dispuestos según su condición social, siendo los pisos inferiores para el proletariado (representado por Richard Wilder, un feroz Luke Evans), los medios para la burguesía (donde encaja Laing) y los superiores para la clase pudiente, liderada por Anthony Royal (Jeremy Irons) como el arquitecto Dios de la obra.

Aunque en un principio se puede considerar esta disposición vertical como un comentario social y la lucha entre las clases, “El Rascacielos” más bien nos habla de la correspondencia entre el espacio habitado y el habitante, así como los efectos deshumanizantes que causa la modernidad, la tecnología y las posturas sociales sobre nosotros.

Y del caos, que se desencadena irremediablemente cuando un apagón eléctrico asola la infraestructura, provocando que se hagan unas fiestas diónisicas en los pasillos, llenas de sexo, drogas y rock n’ roll al mejor estilo británico, embriagando tanto a Laing como a nosotros en las butacas, que cuando menos lo esperamos ya estamos contagiados de esa alma rebelde y primitiva que el edificio ha contagiado a todos sus inquilinos.

“El Rascacielos’ más bien nos habla de la correspondencia entre el espacio habitado y el habitante, así como los efectos deshumanizantes que causa la modernidad, la tecnología y las posturas sociales sobre nosotros”

De ahí en adelante, vemos las peores formas de nuestra sociedad: la clase alta, cuidando las formas en los momentos más insospechados y queriéndose aferrarse como sea a los privilegios que ya nada valen; la media, perdida entre los reclamos de uno y otro, sin otro deseo más que sobrevivir; la baja, enfurecida, queriendo escalar hasta los pisos superiores para reclamar no solo lo que considera suyo, sino también justo.

“El Rascacielos”, a pesar de poseer estas ideas provocadoras y ostentar unas soluciones formales prodigiosas -el asesinato desde el punto de vista del kaledoscopio, siendo uno de ellas-, no es una película fácil de ver. Todo lo contrario, busca constantemente incomodar al espectador, hacerlo revolcarse en la butaca incapaz de quitar la mirada de los horrores que está presenciando, como una perfecta parábola de ese mundo que está a cinco minutos de distancia de nosotros, donde todos estamos consciente de los horrores que se atisban en el horizonte, pero contemplamos con permisividad .

High-Rise (1)