No se alarmen, no he perdido la cordura. Pero el reciente nombramiento de Bob Dylan como Nobel de Literatura 2016 y la posterior polémica que despertó la noticia en la opinión pública me ha llevado a reflexionar sobre la ingrata posición en la que se encuentran los guionistas con respecto con sus demás colegas de letras.

Yo, tan poco dado a lanzar más caracteres en el crepitar de la hoguera que se ha convertido este milenio, decidí entrar al ruedo con el siguiente tuit: “Lo revolucionario sería que el #NobelDeLiteratura premiara a un guionista, oficio que vive en el limbo de la revista artística y popular”.

Posteriormente, propuse algunos nombres que a mi criterio serían dignos merecedores del reconocimiento, entre los que se encuentran Michael Haneke, Woody Allen, David Simon, Charlie Kaufman y Alan Ball.

El asunto empezó a tomar un cariz cómico cuando una amiga me envió por Whatsapp, inmediatamente después que publiqué estos mensajes, un extracto de la novela “Alabanzas”, donde el escritor Alberto Olmos vaticina el principio del fin de la literatura con la asignación de Dylan como Nobel de Literatura:

-Múerete, Bob Dylan.

Ni siquiera el pesimismo de Sebastián había interpretado acertadamente el aviso que aquella extravagancia suponía para la Literatura. A fin de cuentas, muchos escritores llevaban décadas ponderando los méritos literarios de Bob Dylan y, cuando obtuvo el premio, lo celebraron extasiado. La fenomenal polémica que se desarrolló en los medios de comunicación duró semanas y, al cabo, se dio por buena la tesis de que todo era literatura (la música, el cine, los cómics; hasta los videojuegos) por lo que la Academia Alfred Nobel había hecho bien en certificar esa verdad horizontal acerca de un arte que parecía anticuado pero que solo sufría la tiranía de un soporte. Desde Suecia, sin embargo -y ante el pasmo de muchos de los que defendieron la osadía de premiar a un músico-, se animaron en los años siguientes a seguir certificando dicha verdad: ganó Pedro Almodóvar; ganó el equipo de guionistas de The Wire; ganó un monologuista chino disidente… La línea lógica del palmarés se había desnaturalizado de tal modo que en aquel año de 2019 nada sería tan raro como que el premio Nobel de Literatura lo ganara un escritor“.

Este argumento, aunque jocoso en el fragor de la discusión, demuestra cierta miopía de sus partidarios. Más que el Nobel del futuro, como algunos se han atrevido a ha catalogar, la Academia Sueca ha homenajeado con Dylan el origen mismo de la literatura: los cantos poéticos en la Antigua Grecia.

Así, Bob Dylan es junto con Leonard Cohen el último trovador que nos ha legado la humanidad y que muy a pesar del lastre de su gangosa voz, se convirtió en el cantor de importantes movimientos contraculturales, sin obviar su capacidad de emocionar inclusive al peor de nosotros.

La inquietud se encuentra en la ampliación de la definición de la palabra “literatura” que parece proponer el comité encabezado por Sara Danius. “Si la melodía es literatura, ¿también lo es la escritura de guiones para cine, televisión e Internet?”, se podrá preguntar más de algún incauto.

Argumentos no les sobran a los aludidos para contestar afirmativamente. El cine y, en especial la televisión, han aprovechado del magnetismo de las pantallas luminiscentes sobre las masas para acercar con un lenguaje más cercano los temas que marcaron Shakespeare y Cervantes en los comienzos mismos de lo que se considera dramaturgia y la literatura moderna.

vince

Gilligan cró un Macbeth moderno en la figura de Walter White.

Postulantes sobran. Algunos nombres ya los adelanté, pero ahora me explayo en ellos: “Amor” de Michael Haneke es la obra maestra incontestable en este comienzo de siglo; Woody Allen ha sido capaz de compaginar en su filmografía las comedias más encantadoras (Annie Hall) con los dramas más oscuros (Match Point), sin dejar de reflexionar en ambos registros sobre los reductos de la naturaleza humana; Vince Gilligan creó un Macbeth moderno en la figura de Walter White, así como la crítica más mordaz hacia la desaparición de la clase media por la crisis financiera de EE.UU en Breaking Bad; y David Simon ha retratado con una precisión terrorífica los entresijos sociales y políticos de América a través de series como Show Me a Hero, Theme y The Wire.

¿Entonces por qué esa grima hacia estos artesanos de las palabras? A mi criterio, es una cuestión medios: hemos sido subyugados por la tiranía del formato y el dogmatismo del credo literario. Estamos tan acostumbrados a pensar que las cuotas más altas de la narrativa solo se puede encontrar en la literatura, que no nos hemos enterado que las mejores historias se están contando en el audiovisual por el prejuicio que se labró en su momento hacia este medio.

Para mí no resulta un anatema que la Academia Sueca le entregue el Nobel a Dylan y que suceda lo propio con un youtuber en un futuro, como comentó un apreciado teatrista y cómico local. La verdadera condena es ese esnobismo que lastra nuestro juicio y no nos permite entender que las buenas historias son universales sin importar dónde demos con ellas, sea un libro, una canción, una obra de teatro, una historieta, una película… O un video para Youtube.

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Las buenas historias son universales y no importa si vienen de un Youtuber.