Escrito por: Luis Lorenzo (@LuisAndreLT)

Las inauguraciones, como las clausuras de festivales, son un escollo para cualquiera. Provistas de discursos protocolarios, estas fechas ponen a prueba la paciencia del espectador que ansía que comience la función. Pero en el caso del Hayah – Festival Internacional de Panamá, la institucionalidad es necesaria.

Una década no pasa en vano, vinieron a decir Stephan Proaño (director de la Dirección General de Cine) y Renán Fernández (asesor de artes escénicas del Instituto Nacional de Cultural) y no podía más que asentir. Después de todo, el Hayah ha sido la plataforma que ha permitido a muchos jóvenes talentos locales a considerar el camino del cine en el Istmo sí era posible. Y todo esto gracias a la plataforma de despegue que montó ese dinámo de hermosa piel tostada llamado Mariel García Spooner.

Superadas mis propias palabra protocolarias, de las cuales al parecer nadie se puede salvar -ni si quiera los lectores de este blog-, a lo que vinimos: a hablar de cine. La primera jornada del Hayah 2016 estuvo compuesta de siete cortometrajes, empezando por “Brisas Mesanas” de Felix “Trillo” Guardia.

“Brisas Mesanas” es, junto “Mi chola no quiere cholo”, los videoclips más representativos de “Cabanga”, el proyecto de raíces musicales de Patricia Vlieg. Pero mientras “Mi chola” destaca por su ingenio, “Brisas Meseanas” lo hace por su cinematografía. Hay cierta gracia, coquetería y elegancia en la cámara en la que Guardia graba este baile folklórico que se lleva a cabo en el Teatro Nacional y que compagina con la dulce voz de Vlieg, que es puro placer para los sentidos en el sentido más cinematográfico de la palabra.

El otro gran protagonista de la noche, aunque fuera de competencia, fue “Zachrisson” de Abner Benaim. Me sucede algo particular con el director, entre otras, de “Invasión”: me encajan mejor sus trabajos cortos que los largos, entre los que considero a “1977” de “Historias de Canal” y ahora el documental sobre el maestro del grabado.

Escuchar a don Zachrisson repasando su obra, compartiendo desde la cotidianidad con su esposa Marisé, bailando a pie suelto a pesar de su invidencia y soltando anécdotas de cómo se saltó el protocolo y tocó “La Gioconda” en el Louvre a ver si se le pegaba algo del talento de Leonardo da Vinci, nos da una muestra de la clase de personaje y vitalidad que desprenden el panameño pero, sobre todo, de su testimonio de vida. Él, a su manera más elocuente que estas palabras que vienen a continuación, lo deja clara: la vida es difícil, pero vaya que vale la pena vivirla.

El resto de la jornada estuvo compuesta por “Napoleon The Ticket” y “Bingo”, dos simpáticas animaciones que gustan tanto al público por la ligereza que insunflan a la muestra; “El Aspirante”, un duro drama sobre los rito de iniciación de una facultad universitaria en España que dan muestra de los sinsentidos de la virilidad; “Todo lo demás”, una prueba de amor en B&W; y “Pa Fuera”, de cierta manera el equivalente citadino de esa maravilla llamada “Mustang”.

Sin duda, fuera de su panameñidad, esta primera jornada ensalzó la figura de la mujer en el mundo –en Panamá se encargará los funcionarios públicos de hacer lo propio poniendo como ejemplo a Spooner. Como hombre, no queda más que rendirme ante la evidencia: ¡Mujeres al poder!