LO MEJOR: Permite a muchos panameño dialogar e intentar parar la hemorragia aún sin curar causada por la Invasión.

LO PEOR: La voz en OFF, sus flashback y flashfoward, así como su vertiente documental son un losa para el filme.

Luis Lorenzo
(@LuisAndreLT)

Desde 1989, los diciembres en Panamá, más que a pino, tienen una esencia al azufre de la sangre proveniente de la herida abierta que, 30 años después, todavía sigue curar, hasta que el olvido y la omisión de un pueblo muy dado a dejar las cosas pasar la termine de cicatrizar.

Hablo de la Invasión de EEUU a Panamá, que con la conveniente excusa de apresar al general Manuel Antonio Noriega por denuncias de narcotráfico, destruyó un barrio entero y la vida de muchos panameños. Este hecho medular de la historia reciente del Istmo es, naturalmente, un tema muy atractivo para los cineastas que están liderando el surgir de la industria del cine panameño.

Primero fue Abner Benaim con “Invasión”, posteriormente fue el colectivo de cineastas convocado por el Canal de Panamá en su fecha aniversario para para producir “Historias de Canal” y en la presente edición del Festival Internacional de Cine de Panamá es el turno de Enrique Castro Rios y su “Diciembres”.

Más conocido por su cortometraje “Wata”, que reflexiona de manera poética y experimental sobre la ausencia del agua en conjunto con Ana Endara Mislov, “Diciembres” traslada las mismas inquietudes narrativas a la historia de una familia separada en dos, tanto por la muerte de un familiar en la aciaga fecha decembrina, como por los ridículos estigmas racistas que adolece Panamá de discriminar al negro cuando nuestra piel, como mucho, no pasa del marrón. Mulatos, para estar más claros.

Puede que “Diciembres” no sea todo lo que pudo ser, pero si funciona como catarsis para estas víctimas a logrado algo mucho más importante que agradar a este reseñista. 

Pero estas dos ideas centrales se pierden en las disgregaciones poéticas y reflexivas que Ríos utiliza como hilo conductor. También en esos flashback y flashfoward que llevan la acción de atrás y para adelante de manera desesperante. Así como la vertiente documental del filme que señala la costumbre estadounidenses de registrar todos sus pasos, así sean algo tan abominable y avergonzante como una invasión injustificada.

A “Diciembres”, título sentido y que cae por su propio peso en la memoria colectiva -originalmente, la película se iba a llamar “Sultán”-, le hubiera venido mejor la contención y la intimidad. Cada vez me queda claro que la filmografía local, que vive en ese debate entre el cine hollywoodense que le influenció y su realidad latinoamericana apremiante, peca de una ambición que roza ya en lo pretencioso.

Una pretensión que ya se muestra como un síntoma crónico en muchas de las películas que han salido premiadas del Concurso Nacional Fondo Cine, como “Kimura”, “Salsipuedes” y ahora “Diciembres”. Durante el estreno mundial que se hizo de esta última en el Teatro Balboa el sábado 7 de abril, no podía dejar de pensar que esta historia hubiera sido mucho mejor si se hubiera olvidado del material de archivo, de la recreación compleja de El Chorillo y su omnipotente voz en OFF y contar la historia desde el presente, que en este caso es 10 años después de la tragedia. Es en el enfrentamiento de la familia- muy bien interpretada por Delicia Montañez, Nina Vincent y Jerónimo Henao- y la manera que encuentran para unirse, donde se encuentra el verdadero corazón de esta historia.

Algo que me descoloca mucho de “Diciembres”, es que a pesar de considerarlo como un proyecto fallido, es la reacción tan emotiva del público en la sección de Q&A que hubo posterior al estreno. Hombres y mujeres sobrevivientes de la Invasión se desahogaban al micrófono con una ciénaga de lágrimas inconsolables a sus pies. Esto demuestra la hondura de la herida por sanar. Puede, entonces, que “Diciembres” no sea todo lo que pudo ser, pero si funciona como catarsis para estas víctimas a logrado algo mucho más importante que agradar a este reseñista.