Hay que ver Invasión para detectar su lugar privilegiado en la historia del cine de ficción de argentina, más allá de Dios se lo pague, Las aguas bajan turbias, El exilio de Gardel (Tangos), El aura o Relatos salvajes

(Bienvenidos a Reseñas Soberanas, columna donde el guionista y dramaturgo panameño Edgar Soberón Torchia compartirá su antología de películas clásicas latinoamericanas)

Escrito por:
Edgar Soberón Torchia

Hugo Santiago Muchnick quizá sea el secreto mejor guardado de los cineastas argentinos. Es cierto que su filmografía argentina es mínima, pues, afrancesado al fin, terminó autoexiliándose en París y casi la totalidad de su obra fue hecha en Europa. Pero no cabe duda de que se trata de un talento mayor, de un verdadero artista de vanguardia, aunque la expresión hoy les suene gastada. Pero no, Hugo Santiago es una isla dentro del cine argentino, aunque sea solamente por su ópera prima, la obra maestra que nos ocupa: Invasión.

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Es cierto que en ésta y en unas cuantas cintas más contribuyeron los escritores Adolfo Bioy Casares (La invención de Morel) y Jorge Luis Borges (El aleph), cuyas ideas y concepción del arte influyeron en las obras finales, pero basta ver unos cuantos fotogramas de Invasión y reconocemos de inmediato a un hombre de cine antes que a un hombre de letras, a un hombre de imágenes en movimiento y sonidos autónomos, que nos envuelve en una fascinante fantasía del romanticismo revolucionario, de su decadencia y reciclaje cual ave Fénix.

Evocando su estreno en el Festival Internacional de Cine de Panamá, el original

Estrenada en 1969 en el antiguo cine Central de esta ciudad, Invasión nos tomó a todos por sorpresa. Tanto que, hasta ayer, cuando volví a verla, reconocí que había quedado sepultada en mi memoria como algo excepcional, pero que me hizo incapaz de evocarla o relatarla, como quizá lo quisieron Santiago, Borges, Bioy Casares y todos los demás involucrados, como una vieja célula de izquierda que ejecutaba sus planes en la clandestinidad y eliminaba vestigios; o quizá por su desapego como propuesta estética, su narrativa innovadora o su desafío al realismo. La película fue cálidamente recibida en el Festival Internacional de Cine de Panamá (el original, el de Roberto Morgan). Hoy recuerdo con humor que concertamos una entrevista con la actriz protagónica, Olga Zubarry y, cuando estuvimos frente a ella, ¡no pudimos decir una palabra! Así de deslumbrados habíamos quedado.

Primera parte de una trilogía inconclusa sobre la ciudad ficticia de Aquilea, Invasión nos relata la actividad de varias unidades de la resistencia aquileana, ante una posible invasión de fuerzas no identificadas. Herrera (Lautaro Murúa) recibe órdenes del cabecilla del núcleo de resistencia, don Porfirio (Juan Carlos Paz), a la vez que Irene (Zubarry), mujer de Herrera, participa en actos de la juventud aquileana que puede ser o no, aliada de los invasores. Como síntesis del relato, esta sinopsis no da idea del efecto visual y auditivo del hecho fílmico. Hay que ver la cinta para detectar su lugar privilegiado en la historia del cine de ficción argentino, más allá de Dios se lo pague, Las aguas bajan turbias, El exilio de Gardel (Tangos), El aura o Relatos salvajes. No me sorprende para nada leer que varios críticos afirman que es la mejor película argentina de todos los tiempos.

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Antes de rodarla, Hugo Santiago fue asistente de Robert Bresson por siete años, en plena ebullición de los nuevos cines de Francia, Italia, Reino Unido, Polonia y Checoslovaquia. En esos años el cineasta nutrió su mirada con las obras de los grandes maestros de la época y por ello no es raro sentir en el filme la influencia del Antonioni de El eclipse, del Godard de Alphaville o el Wajda de Cenizas y diamantes. Pero en su propuesta también hay ecos de la clásica literatura rusa y hasta de la serie de James Bond con sus persecuciones y en las posturas de algunos personajes. Sin embargo, Santiago no sigue la línea bressoniana de usar a los actores como modelos, sino que le permite al elenco hacer verdaderas creaciones de seres trágicos, atrapados en una trama política opresiva.

Hoy, a 50 años de su creación, lo que más sorprende es el don visionario de Hugo Santiago con su filme premonitoriamente exacto frente a lo ocurrido durante los años de dictadura militar, donde el terror surgió en casa: los invasores son iguales a los aquileanos, con lo cual Santiago nos recalca que los peores enemigos de una comunidad son los que provienen de la misma comunidad, en una clase social diferente, con otros fenotipos y otras caras, con diferentes marcas de autos y de ropa. Los traidores a los anhelos colectivos son «de casa». Y vemos cómo (en 1969) amenazan a la resistencia con la picana o los golpean en estadios, como pasaría años después.

La primera parte de una trilogía inconclusa

En declaraciones hechas a la prensa, Bioy Casares trazó un paralelo entre Aquilea y Troya, como una ciudad corroída en su interior y que devora a sus hijos. Sin embargo, en la resolución de la obra hay esperanza y se traza el reinicio, el eterno retorno al punto de partida en la búsqueda de su verdad, como tantas veces lo ha hecho Argentina.

Fotografiada en blanco y negro con la pericia y el arte acostumbrados de otro exiliado, el maestro Ricardo Aronovich (Providence, El soplo al corazón, El baile, Desaparecido), también el sonido es un factor único: al principio, al escuchar pasos en primerísimo plano y doblajes en una banda sonora creada enteramente a posteriori, me dije, ¿pero y esto que es? ¿Qué le pasó al creador de efectos sonoros?

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Pero a medida que el filme avanza, descubrimos que es la estrategia del compositor y diseñador de la banda sonora, Edgardo Cantón. Además de comentarios musicales precisos (y un número musical muy bueno, la Milonga de Manuel Flores, con música de Aníbal Troilo y letra de Borges), Cantón elabora un denso tren sonoro por el que se suceden voces, diálogos y graznidos premonitorios, alaridos sobrecogedores, maquinarias o pies que se arrastran, a veces completamente autónomos, divorciados de las imágenes. Todos los elementos se conjugan de una forma efectiva y contundente hasta el final.

La experiencia de Invasión no fue una incursión posmoderna aislada, sin continuidad: por el contrario, Hugo Santiago hizo varios largometrajes en Francia, como Los otros (1974), coescrito con Borges y Bioy Casares; Escuchar ver… (1979) con Catherine Deneuve; una serie de «objetos audiovisuales», como él mismo llamó a una serie de obras en torno al arte, y algunas biografías de artistas. De la trilogía planeada, Santiago sólo pudo completar Las aceras de Saturno (1986), con guion del escritor argentino Juan José Saer, en la que un hombre oriundo de Aquilea se encuentra exiliado en París. Hacia 2009 tenía listo el guion de la entrega final, Adiós, escrita en solitario, pero el proyecto fue pospuesto en favor de otros y al final no pudo rodarlo al morir el 27 de febrero de 2018.

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FICHA TÉCNICA

País: Argentina, 1969. Dirección: Hugo Santiago. Guion: Jorge Luis Borges y Hugo Santiago, según argumento de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Producción: Hugo Santiago. Cinematografía: Ricardo Aronovich y Adelqui Camuso (adicional). Edición: Oscar Montauti. Música: Edgar Cantón. Música de canción por Aníbal Troilo, letra de Jorge Luis Borges. Guitarra: Ubaldo de Lío. Dirección artística: Leal Rey. Mapa de Aquilea: Hugo Scornik. Vestuario: Julia Malfetani. Sonido: Edgardo Cantón. Elenco: Lautaro Murúa, Olga Zubarry, Juan Carlos Paz, Roberto Villanueva, Leal Rey, Martín Adjemián, Ricardo Ormello, Jorge Cano, Daniel Fernández, Lito Cruz, Aldo Mayo, Juan Carlos Galván, Hedy Krilla y Claudia Sánchez. Tiempo: 121′. Formato: B-N. Idioma: Español. Reconocimientos: Premio Mejor guoin de la Asociación de Críticos de Cine de Argentina, premio Especial en el festival de Locarno, premio Mejor actriz (Zubarry) en el festival de cine de Panamá.

SOBRE EL AUTOREdgar Sobertón Torchia es guionista y dramaturgo. Estudió español y teatro en Puerto Rico, cine antropológico en Francia y guion en Cuba. Sus obras de teatro están reunidas en la antología «Pedro Navaja y otros éxitos del hit parade». Guionista de «Panamá Radio», «La estación seca», «La Yuma», «Talento de barrio» y «Molina’s Ferozz». Premio Ricardo Miró de Literatura en cuatro ocasiones.