Lo mejor: el triángulo actoral compuesto por Fassbender, Vinkander y Weitz.

Lo peor: está a un paso de cruzar la frontera que divide la sutileza del drama de época a la lágrima fácil que ha abanderado Nicholas Sparks.

Derek Cianfrance es un director de emociones desgarradoras y de amores de destinación trágica. Su ópera prima, “Blue Valentine”, es el romance de referencia de la generación millenial. Su continuación, “Cruce de caminos”, fue un redoble de esta apuesta aunque su ambición fue equitativa a la irregularidad que demostró. Ahora llega su tercera ficción y lo hace por la vía más académica: “La luz entre los océanos”.

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“La luz entre los océanos” es una película oscura pintada con un tamiz bucólico, ya que la propuesta modular del filme no resulta ser tanto la odisea amorosa de Michael Fassbender y Alicia Vinkander, como los dilemas morales que tienen que enfrentar la pareja.

A saber: después de perder dos hijos en la etapa de gestación, situación que estaba erosionando su convivencia en una isla solitaria, la pareja da con un bote a la deriva con un cuerpo muerto dentro de él y una bebé en llanto. ¿Qué hacer? ¿Avisar a las autoridades o quedarse con la cría y hacerla pasar por suya aprovechando su aislamiento?

La segunda encrucijada: años después de haber tomado la primera decisión, la pareja descubre que la madre biológica de su hija adoptada se encuentra con vida y, lo que es peor, no ha cejado en su empeño de dar con su familia. ¿Y ahora? ¿Entregamos a la niña que hemos criado como nuestra o llevamos nuestras acciones hasta las últimas consecuencias?

“La luz entre los océanos” permite a Cianfrance continuar su exploración particular sobre los amores rotos, la herencia de la culpa y la persecución del pasado”

El mérito de Cianfrance es convertirnos en cómplices de estos dilemas, los que nos lleva a visionar los 130 minutos de metraje con una sensación ambigua de culpa y vindicación.

El problema, hay que decirlo, es que todo está contado con una extravagancia y refinamiento tan marcado que el filme recorre peligrosamente la frontera que divide el prestigio del drama de época de Douglas Sirk con el melodrama lacrimógeno que ha abanderado con sus libros y adaptaciones cinematográficas Nicholas Sparks.

Lo único que evita que la historia cruce esa delgada línea son las portentosas actuaciones de un lóbrego Fassbender, una encantadora Vinkander y una penante Weisz, un triángulo familiar imaginario que permite al autor continuar su exploración sobre los amores rotos, la herencia de la culpa y la persecución infatigable del pasado.

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