Sofia Coppola armó un mixtape de canciones de new wave ochentero con las que acercó el siglo XVIII hasta nuestros días, para ponernos en los (infames) zapatos de la reina y entenderla desde la empatía. Casi nada.

Escrito por:
Carlos Silva Benítez
(@charlesstone25)

La semana pasada volví a ver Marie Antoinette (2006) y me sorprendió la relativa poca música pop presente en el metraje. Yo mal recordaba que sonaban The Cure y The Strokes desde el primero hasta el último minuto, pero no. Salvo por la secuencia de créditos iniciales a ritmo de “Natural’s Not In It”, de Gang of Four, pasan 55 minutos hasta que retumban la batería y guitarras eléctricas de “I Want Candy”, de Bow Wow Wow.

Esa bifurcación entre la percepción y la memoria tiene su origen en el impacto de la primera impresión. Y es el tema recurrente de esta columna. Marie Antoinette no es la primera película que usa música anacrónica, pero es el ejemplo más efectivo que yo sea capaz de recordar y una jugada narrativa que demuestra el talento de su directora Sofia Coppola, a la que le van a caer flores a lo largo de este texto. Así que haters, chao. 

Muchos directores musicalizan escenas, o hasta filmes enteros, con música de época distinta a la que transcurre la trama. Por ejemplo, Baz Luhrmann ha convertido este anzuelo en su firma personal, pero no voy a hacerte perder tu tiempo leyendo sobre este mamarracho. Mejor recordar a Quentin Tarantino liberando esclavos junto a James Brown & Tupac Shakur, o ganando la Segunda Guerra Mundial acompañado por David Bowie. Truco que, de paso, Taika Waititi se roba para el final de Jojo Rabbit, con “Heroes”.

Un primer paréntesis. Con perdón de Iggy Pop y Lou Reed, David Bowie es a Berlín lo que los Beatles son a Liverpool. Compuso “Heroes”, su eterna canción sobre amantes separados, en una ciudad dividida por un maldito muro, generando una reverberación tan brutal que su onda expansiva mutó en efecto llamada. Ahí tienes a U2 y a Nick Cave que acudieron a la ciudad germana en busca de esa chispa. 

El caso de Bowie corresponde a la primera de dos vertientes: cuando un artista y su música están tan intrínsecamente ligados a un lugar y/o momento histórico, que su uso en una escena subraya un significado o una emoción preexistente, compartida entre la obra y su público. Marie Antoinette es ejemplo de la segunda vertiente: cuando el maridaje entre audio e imagen produce una nueva e indeleble asociación. En otras palabras: antes de 2006, nadie, pero es que absolutamente nadie, sería capaz de ver una foto del palacio de Versalles y asociarla a música post punk o new age.

Fin de paréntesis.

LA PELÍCULA


Antes del film, María Antonieta era una de las figuras reales más odiadas de manera universal, al punto de haber sido separada, no solo de su cabeza, sino de su dimensión humana. Su efigie simplificada por una opinión pública a la que siempre le fue más cómodo y menos controversial tildarla de maldita frívola, que de abrir un debate que nadie tenía ganas de entablar.

Este fue el paradigma que Sofia Coppola se propuso fracturar. Y lo consiguió. El triunfo de tan riesgosa decisión artística fue el de ponernos en los (infames) zapatos de la reina y entenderla desde la empatía. Casi nada.

¿Y cómo lo logró? Con el poder de la música, por supuesto. Apoyada por el supervisor musical Brian Reitzell, Coppola armó un mixtape de canciones de new wave ochentero que sembró en escenas clave con las que rompió la barrera del tiempo y trajo los finales del siglo XVIII hasta nuestros días. Así, cuando presenciamos un baile formal de salón acompasado con “Hong Kong Garden” de Siouxsie and the Banshees, en lugar de alguna composición para clavicordio, pensamos: “Claro, así es cómo escuchaban la música en su momento”. Entonces, ya no vemos la historia como algo distante. La vivimos.

Llegado a este punto, defiendo mis adjetivos positivos para la película, a pesar de algunos bemoles en el tercer acto que le impiden alzarse como obra maestra. Y repito que es maravillosa porque, de hecho, Marie Antoinette fue incomprendida en el momento de su estreno.

Asumo que pudo haber sucedido por la disyunción entre expectativas y producto final. Coppola venía bañada en laureles internacionales por la, admítelo, sobrevalorada Lost in Translation y repetía con su posible musa, Kirsten Dunst. Sobre eso, la película fue anunciada como un biopic basado en el libro Marie Antoinette: A Journey, de Antonia Fraser, considerada la biografía más balanceada de la reina al redibujarla como un “mero peón diplomático”, tal y como reseñó Hazel Mills en “Guillotined by history” para The Guardian (14 Jul 2001). 

Pero dio la impresión de que, en lugar de relatar intrigas políticas, Sofia Coppola estaba más interesada en abarrotar la pantalla en lujos que eclipsaron la sustancia en favor del estilo y, de paso, continuar centrándose en los “white people problems” de otra mujer incomprendida, como las vírgenes suicidas de su debut homónimo o su alter ego de mujer divorciada en la piel de Scarlett Johansson (vaya ego, por cierto). Y claro, este ángulo no la ayudó a sacudirse el prejuicio de niña rica mimada que, por desgracia, la había arropado al entrar en Hollywood con semejante apellido

Pero los prejuicios son problema del espectador en la medida en que impiden disfrutar obras de arte. Volviendo a la fría acogida que tuvo en su momento, hoy tenemos que tomar como buen síntoma el que haya sido abucheada en Cannes por los mismos coprófagos que besan el piso por donde camina Michael Haneke. 

Citada por el New York Times (“French royalty as seen by Hollywood royalty”, Kristin Hohenadel, 20 octubre 2006), Coppola dijo que su Marie Antoinette es “una historia personal y no un biopic histórico grande y épico”, añadiendo que quiso contarla desde el punto de vista de una niña austríaca de 14 años que fue enviada a Francia en 1770 para casarse con el futuro rey Luis XVI, un chaval de 16 años.

La afirmación de la directora coincide con lo que vemos en la película. Si la reducimos a su núcleo, trata sobre una niña adolescente que es expatriada a Francia y casada con un extraño para cumplir con una alianza política y cuyo deber es, además de acatar las rígidas normas de Versalles, “producir” un heredero. El problema está en que Luis no quiere saber nada de ella y la rehúye durante siete años en los que ella tiene que aguantar con toda la corte en su contra (incluida su propia familia). Porque, claro, como es mujer, el problema lo tiene ella que no sabe seducir al imbécil de su marido. Total, que tras una serie de partos de todas menos ella, el palacio se llena de bebés y la jovencísima monarca implosiona bajo tanta presión. 

LA ESCENA


De pronto, el Versalles de finales del siglo XVIII es invadido, no por turbas, sino por guitarras eléctricas. Hasta se cuelan un par de zapatillas Converse. El rigor de la corte cede ante la revolución del rock n’ roll y la joven protagonista decide seguir sus impulsos y mandar a la mierda los planes que otros quisieron imponerle. 

Así emerge María Antonieta, la reina. La que chasquea los dedos y tiene a un enjambre de sirvientes obligados a complacerle todos sus caprichos. ¡Y vaya gustitos! Palacete nuevo para uso exclusivo, fiestas, vestidos, pelucas, zapatos y más zapatos, chucherías, conciertos, y todo el me-time que le diera su real gana.

Nosotros procesamos esta metamorfosis un poco confundidos. O sea, se suponía que esta tipa nos tenía que caer mal. ¿Por qué estoy disfrutando ver estos fiestones? Coño, porque mira que son divertidos. Y porque ahora somos testigos de su punto de vista. La entendemos. Nosotros hasta habríamos sido más rebeldes …desde la comodidad de nuestra butaca. Hay una conexión emocional con la supuesta villana. Y es gracias a la música.

Sin duda, se trata del momento cumbre de la película, acentuado con el “I Want Candy” de Bow Wow Wow. Su colocación estratégica ejemplifica una vez más que, por más que lo parezca, la música en el cine nunca suena por casualidad.

LA CANCIÓN


Pongámonos un rato en los zapatos de Annabella Lwin, una niña de cinco años, nacida en Birmania, que en 1971 emigró con su familia al Reino Unido, donde en menos de una década fue descubierta trabajando en una lavandería por Malcolm McLaren, antiguo mánager de los Sex Pistols, que buscaba a una mujer para ponerla a la cabeza de Bow Wow Wow, la nueva banda que quería formar con los músicos de apoyo de Adam Ant.

Este es el primero de muchos paralelismos.

Cuenta la leyenda que el productor Kenny Laguna obligó a Bow Wow Wow a grabar la versión de “I Want Candy” al no encontrar ni un hit dentro de su repertorio. La original fue escrita y grabada en 1965 por The Strangeloves, la banda de los compositores y productores Bob Feldman, Jerry Goldstein y Richard Gottehrer. En principio iban a grabar un cover de Bo Diddley, del que solo mantuvieron el ritmo tras reclutar a Bert Berns, famoso por haber escrito “Twist & Shout”.

Segundo paréntesis. El famoso ritmo Bo Diddley está basado en un patrón de ritmo afro-cubano en clave 3-2, que ha sido recreado por artistas como Buddy Holly (“Not Fade Away”) The Stooges (“1969″) y The Clash (“Hateful”), entre unos cuantos más. A su vez, este ritmo recuerda el patrón musical de siete notas que se añade al final de una pieza para darle un toque cómico (igual al que usan algunos necios para tocar la puerta), conocido como “shave and a haircut, two bits”. ¿Y sabes a qué reina le hicieron un buen afeitado? Fin de paréntesis.

“I Want Candy” apareció en el EP The Last of the Mohicans (1982) cuya cubierta acaparó la atención por retratar desnuda a Annabella, por aquel entonces con tan solo 14 años de edad, en una recreación del óleo Almuerzo sobre la hierba, del (muy francés) Édouard Manet

No es difícil imaginar la intensidad de la polémica que generó, incluyendo su correspondiente investigación de Scotland Yard, y que la compañía discográfica RCA explotó al comisionar otra portada similar para la versión norteamericana del disco, retitulado “I Want Candy”. Aunque el tema no tuvo un éxito digno de charts, MTV transmitió sin cesar el vídeo y así, poco a poco, la canción fue empotrándose en la cultura pop, hasta aparecer en películas como Napoleon Dynamite y High Fidelity.

¿Y qué tiene que ver todo eso con Marie Antoniette?

Pues mira. María Antonieta y Annabella Lwin se hicieron famosas en países distintos a los de su origen, que dejaron atrás siendo apenas unas niñas y ambas pasaron a ser piezas en un tablero de adultos, incapaces (al principio) de tomar decisiones por sí mismas.

El hecho de que la canción sea un remake asienta la tesis de Coppola. El mensaje indirecto es que estamos ante una nueva interpretación de la figura histórica y aunque conocemos el cuento que nos narra, nos lo presenta con un nuevo matiz. Para empezar, la versión original de “I Want Candy” fue interpretada por dos hombres, mientras que Bow Wow Wow se lo llevó al terreno femenino. Lo recontextualizó. Lo hizo sonar, a la vez, infantil y obsceno, como la joven reina, entre sus despilfarros hedonistas y el servilismo de ser “una buena hija, esposa y madre”. 

“I Want Candy” solo quiere pasar tres minutos de fiesta. Que muevas el esqueleto y te embriagues de sacarina. Pero, así como una borrachera desemboca en una resaca, de un subidón de azúcar solo quedan caries.

Y no lo vamos a negar. Queremos ver recreado el sangriento final de la reina. Pero lo curioso es que la película pasa olímpicamente de nuestro morbo. Es decir, por supuesto que lo tiene presente, pero no lo satisface. Marie no profiere la infame frase de que coman torta. De la revolución solo escuchamos voces en los últimos minutos de película… y olvídate de ver una sola guillotina en acción.

Estas omisiones, abucheadas por quienes no comprendieron la película, ponen en evidencia la verdadera intención de la directora. Coppola no alaba a la reina, pero tampoco la apedrea. No nos pide que nos guste, pero sí que entendamos su contexto y asimilemos que, bajo la opulenta y arrogante iconografía, existió un ser humano real. Una mujer con miedos, anhelos, defectos, caprichos, contradicciones, sueños y valores. Una mujer de la que terminamos sintiendo, sí, empatía.

Para cerrar con un término woke, Marie Antoinette “descanceló” a la reina y de paso abrió las puertas para replantearnos cómo ver a otras mujeres calumniadas por la historia. Sin Marie Antoinette no habría I, Tonya, ni público dispuesto a aceptar el cambio de villana a víctima. Lo mismo con Lorena Bobbitt. Y pensar que estas personas sufrieron doble, su drama personal, más la injuria de la opinión pública. Creo que con Maléfica se les fue un poco de las manos, pero en todo caso, el ejercicio de fondo es válido si sirve para abrir un debate que acepte escalas de grises en un mundo donde las opiniones son cada vez más polarizadas. Donde la corrección política oprime las voces disidentes con fuerza dogmática. No olvidemos que Sofia Coppola se atrevió a llevar la contraria y pronunciar su punto de vista impopular porque creía en sí misma y porque tenía (y tiene) el talento y las herramientas para defender su discurso.

Sería una absoluta falta de respeto darle crédito solo por el hecho de ser mujer.

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