Aunque T. G. Alea ya había dado al cine algunas obras de ficción meritorias, como La muerte de un burócrata, su quinto largometraje es un hito en la evolución del cine cubano, del cine latinoamericano y del drama vanguardista mundial

(Bienvenidos a Reseñas Soberanas, columna donde el guionista y dramaturgo panameño Edgar Soberón Torchia compartirá su antología de películas clásicas latinoamericanas)

Escrito por:
Edgar Soberón Torchia

Una de las razones por las que Memorias del subdesarrollo despierta admiración, es la vigencia de su planteamiento central, no solo en el ámbito de Cuba, sino de toda América Latina y quizá de todo el denominado Tercer Mundo: «Aquí todo sigue igual» es la célebre frase que Sergio Carmona (Sergio Corrieri) profiere al observar la ciudad a través de un telescopio en 1968. Hoy la frase aún resuena, después de 50 años en que las promesas de nuevas sociedades se esfumaron, las variables se matizaron o todo simplemente empeoró.

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La secuencia ambientada en el aeropuerto, que abre la cinta en 1961, cuando sus padres y su esposa Laura abandonan el país, introduce las contradicciones de la relación mujer mantenida-hombre proveedor que siguen en vigor, al igual que el «Me has desgraciado» que pronto reclamará Elena (Daisy Granados), la muchacha de origen proletario que lleva a Sergio a corte por seducirla con un vestido elegante.

La unión disfuncional de Sergio y Laura (Yolanda Far) es el significativo preámbulo del «affair» entre Sergio y Elena. Esta aventura erótica ocupa el mayor tiempo de proyección y concluye con el proceso en que la corte dictamina el aún imperante veredicto en detrimento de la mujer. El egocéntrico y sexista Sergio, por supuesto, piensa que «Por una vez triunfó la justicia».

 

Una de las señales del subdesarrollo: la mirada hacia el Norte

Sergio Carmona es un parásito que vive al margen de la violencia y el subdesarrollo de su entorno, como lo ilustra la admirable secuencia de créditos, ambientada en un baile popular amenizado por Pello el Afrokán. Esta secuencia funciona como unidad demostrativa de todo el filme: en el rostro congelado de la negra que baila impávida después de que han cometido un crimen en la sala de baile, está resumido el sentimiento global de Memorias del subdesarrollo. Luego, al insertarse en el transcurso de la historia con planos de Sergio en el baile que no fueron incluidos previamente, la secuencia confirma su otredad ideológica y hasta biológica en la sociedad.

No es extraño, entonces, que Sergio afirme que encontró lo mejor que le sucedió en su vida en Hannah, una extranjera rubia y aventurera, como aún ocurre hoy con otros tantos Sergios y “Sergias” de vocación xenófila. Su posición de observador le permite escuchar una serie de frases que todavía son lugares comunes, mientras los incrédulos, como su familia y su amigo Pablo, siguen volviendo el rostro hacia el Norte, en búsqueda de un Mesías rubio, extranjero y aventurero, diciendo frases como «Los americanos saben hacer muy bien las cosas. Ellos saben hacer que las cosas funcionen», acompañadas de una clásica «Yo me voy de aquí», porque «Yo no soy como ellos» y la gente es «cada día más estúpida».

En el contexto latinoamericano, los bienes superfluos que consumimos con avidez quizá nos hagan creer que tenemos actitudes y pensamientos diferentes al cubano, pero las variables del subdesarrollo son similares. Para Sergio las actitudes de su amigo Pablo y de Elena definen el subdesarrollo. Pablo (Ornar Valdés) es el «cretino» fanfarrón y desarraigado que se imagina mejor en otro decorado que no sea la «Tegucigalpa del Caribe», como se define a La Habana de 1968. Por su parte, Elena es la inconstancia ambulante: es incapaz de «sostener un sentimiento o una idea, sin dispersión», medita Sergio. Y añade: «Ésa es una de las señales del subdesarrollo: la incapacidad para relacionar las cosas, para acumular experiencia y desarrollarse».

«Aquí todo sigue igual» es la célebre frase que Sergio Carmona profiere al observar la ciudad a través de un telescopio en 1968 al inicio de Memorias del subdesarrollo. Hoy la frase aún resuena, después de 50 años en que las promesas de nuevas sociedades se esfumaron, las variables se matizaron o todo simplemente empeoró.

Los espectadores tenemos la ventaja de confirmar que nada se acumula en este escritor frustrado y expropietario de una mueblería y un edificio de apartamentos, en este hombre de 38 años que siempre trata de «vivir como europeo», aunque Elena y la gente lo aterricen en el subdesarrollo; que decidió permanecer en Cuba para observar los efectos de la Revolución; que trata de transformar a una muchacha simple como Elena, que canta boleros y baladas cursis, en experta de arte clásico.

Sergio cree que no pasa nada. Sigue sin entender nada, aunque piense demasiado, aunque trate de substraerse y perciba que la gente a su alrededor «necesita que alguien piense por ellos». Minimizado por el entorno, como lo ilustra un elocuente plano en el malecón, mientras camina y a sus espaldas se levantan grandes olas, cuando estalla la crisis de los misiles de octubre de 1962, Sergio se sumerge entre sus fantasmas en un elocuente montaje de interiores, contrapunteado por imágenes del pueblo cubano dispuesto a enfrentar una invasión más.

En este sentido, Memorias del subdesarrollo es también un filme de espacios, abiertos y cerrados, que evocan imágenes de fragmentos de tiempos que subsisten solo en la memoria: la casa de su amigo rico de la infancia, el prostíbulo, la escuela de Hannah, la casa de Ernest Hemingway, la tienda por departamentos «El Encanto», su propio apartamento.

 

«Una película de ésas que son como un collage, donde se puede meter de todo»

 

La segunda razón por la que Memorias del subdesarrollo, a 50 años de su estreno, sigue siendo relevante, es su condición paradigmática de los discursos culturales y políticos de la década de los años 60 y, en particular, de 1968, año emblemático de rupturas, confrontaciones y posturas radicales.

Memorias del subdesarrollo es un ejemplo contundente de la confluencia madura de las vanguardias estéticas e ideológicas de su momento, de la experimentación del lenguaje audiovisual y del proyecto político. La película además es preámbulo de la crisis del lenguaje que caracterizará a las siguientes décadas, a la estética posmoderna. El cuestionamiento del lenguaje oral, de textos e imágenes, influye sobre el discurso estético de la película, que deviene buen ejemplo de la fragmentación discursiva posmoderna, de la apropiación de todos los recursos a mano para armar un discurso. Para que no quede duda, el mismo Alea, en una aparición interpretándose a sí mismo, le explica a Sergio que usará fragmentos de filmes cortados por la censura, en una película de «ésas que son como un collage, donde se puede meter de todo».

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La película es, por supuesto, Memorias del subdesarrollo. En ella está la apropiación posmoderna de diversas fuentes para elaborar el producto: elementos de ficción junto a recursos del documental, del melodrama junto al cine etnográfico; carteles y titulares de periódicos que nos ubican en tiempo y también sirven de comentarios irónicos; fotos de la vida de Sergio que adquieren dimensión y connotación diversas en el encierro del protagonista; grabados de negros esclavos e imágenes de niños, como una especie de minirreportaje sobre los índices de muerte infantil en América Latina, semejante a una cápsula televisiva; una gira turística por la casa de Hemingway, que marca la separación entre Sergio y Elena; un extenso montaje sobre los invasores prisioneros de Playa Girón, reforzado por fragmentos de Moral burguesa y Revolución que ilustran el carácter de Pablo, quien desea enmendar su pasividad durante la lucha contra Fulgencio Batista e intervenir en la labor contrarrevolucionaria. Algunos fragmentos de noticieros y reportajes, y un discurso de Fidel Castro, coexisten en la ficción con otros recursos elaborados directamente para la película, como la grabación de la discusión con Laura, que sirve de disparador de dos momentos dramáticos de la película. El resultado es impactante, debido a una búsqueda intensa en la expresión fílmica.

Aunque Alea ya había dado al cine algunas obras de ficción meritorias, sobre todo La muerte de un burócrata, su quinto largometraje es un hito en la evolución del cine cubano, del cine latinoamericano y del drama vanguardista mundial. Memorias del subdesarrollo endosa el cambio, las transformaciones y la no-permanencia de ciertos credos y modos de ver el mundo, y posee un valor imperecedero que queda como referencia y legado para futuros cineastas del mundo entero.


FICHA TÉCNICA

País: Cuba, 1968. Dirección: T.G. Alea. Guion: T.G. Alea, Edmundo Desnoes, según la novela homónima de E. Desnoes. Producción: Miguel Mendoza. Cinematografía: Ramón J. Suárez. Animación: Roberto Riquenes. Fotos fijas: Luc Chessex. Edición: Nelson Rodríguez. Música: Leo Brouwer. Dirección artística: Julio Matilla. Vestuario: Elba Pérez. Sonido: Eugenio Vesa, Germinal Hernández y Carlos Fernández. Elenco: Sergio Corrieri, Daisy Granados, Omar Valdés, Eslinda Núñez, René de la Cruz, Yolanda Farr, Inger Seeland, Ofelia González, José Gil Abad, Daniel Jordán, René Depestre, Gianni Toti, Edmundo Desnoes, David Viñas, Salvador Bueno, Jack Gelber, Fausto Pinelo, T.G. Alea y Pello el Afrokán. Duracción: 96′. Formato: B-N. Idioma: Español. Reconocimientos: Premio de la Federación Internacional de Prensa Cinematográfica (Fipresci) y Premio Don Quijote de la Federación Internacional de Cine Clubes en el festival de Karlovy Vary; premio Especial de la Asociación Nacional de Críticos de Cine de Estados Unidos.

SOBRE EL AUTOREdgar Sobertón Torchia es guionista y dramaturgo. Estudió español y teatro en Puerto Rico, cine antropológico en Francia y guion en Cuba. Sus obras de teatro están reunidas en la antología «Pedro Navaja y otros éxitos del hit parade». Guionista de «Panamá Radio», «La estación seca», «La Yuma», «Talento de barrio» y «Molina’s Ferozz». Premio Ricardo Miró de Literatura en cuatro ocasiones.