Lo mejor: cuando sus personajes se sueltan el corsé de la adultez para jugar de nuevo al trompo, el yo-yo, la cuerda o rayuela.

Lo peor: no poder amarrar el final, donde relaciona la
pérdida de nuestra inocencia con la de ese barrio mágico que en algún momento fue el Casco Antiguo

Escrito por:
Luis Lorenzo Trujillo
(@LuisAndreLT)

Me gustó “Niños sin batería, un legado en extinción”, aunque admito que esta impresión positiva es producto más de lo que insinúa en los márgenes de su trama, que en sus apuntes centrales.

El director, Javier Lee De La Guardia, aprovecha la nostalgia de Nelson Dueñas por los juegos de antaño, como lo son el trompo, el yo-yo, la lata, la soga, las canicas y la rayuela, para enfatizar la pérdida de esta experiencia humana que significó mucho para él y sus amigos cuando jugaban en el viejo barrio.

Aunque no me adhiero a ese dogma de que todo tiempo pasado es mejor, esta premisa nos regala escena encantadoras, como Nelson enseñándole a sus nietos cómo se divertía en su infancia con estos juguetes. Dinámica que se extiende a otros visitantes del Casco Antiguo, que recuerdan sus propias experiencias y se sueltan el corsé de la adultez por unos breves minutos para ser niños de nuevos.

Lamento, eso sí, que Lee De La Guardia no sustentara más su documental en estas experiencias y lo hiciera tanto en el recurso de la entrevista, que está muy presente en la primera parte de la película. Me pregunto, al ser tan recurrente en esta y la temporada pasada, si el uso de “cabezas flotantes” es producto de nuestra influencia televisiva o de lineamientos impuestos por la misma organización de Documental Panamá.

También echo en falta que el director amarrara mejor el final de “Niños sin batería”, ya que parece relacionar la pérdida de estos juegos de antaño con la pérdida de inocencia y, a su vez, con el desalojo de los habitantes originarios en el Casco Antiguo.

Esta idea me parece la más poderosa que maneja el documental, ya que une la nostalgia con nuestra realidad social más apremiante: la de un barrio mágico, con su gente Caribe, que hemos perdido por la gentrificación implacable de un grupo que todavía se cree los terratenientes de este país.