A pesar de que en esta segunda jornada se vieron propuestas muy potentes, lo que era una inquietud se convirtió en certeza: Panalandia es un festival de cine… Donde se hace difícil ver cine

Escrito por:
Luis Lorenzo Trujillo
(@LuisAndreLT)

Después de una insustacial selección especial de cortometrajes animados con la que abrió la segunda jornada de Panalandia – Festival de Cine Pobre de Panamá 2019, pudimos ver la que me atrevo a decir será la mejor noche de esta edición y en la historia del evento.

Este entusiasmo responde a los siguientes títulos: “PATACóN” de Carolina Figueiredo y Ricardo Linero, “Mestizo” de Paola Martínez, “¿Estresado?” de ID-7, “La búsqueda” de Gilberto Loffer, “Varados” de Jorge Martínez y “Volver a ella” de Rodrigo Quintero Arauz.

Dejamos en el tintero otros cortometrajes que ya hemos reseñado previamente en este portal, entre los que se encuentran “El arte de los diablos” de Benjamin Liao, “Exit” de Haslam Ortega y “Caso #303” de Adair Domínguez, que por ya vistos no quiere decir que pierden fuelle.

DANZAS MESTIZAS Y FRONTERIZAS

"Exit" de Haslam Ortega.

“PATACóN” nació de la necesidad de la bailarina brasileña Carolina Figueiredo y del realizador panameño Ricardo Linero de hacer un llamado de atención sobre la forma en que tratamos nuestros desechos, luego que un conocido de la primera falleciera por trágicas circunstancias relacionadas por la cercania de su comunidad con el Cerro Patacón.

Este dolor e indignación por este suceso se ven reflejado en el videoensayo de danza que pudimos ver anoche, donde Figuereido baila y Linero registra con su cámara una coreografia fronteriza entre lo sublime y lo inmundo, ya que el garbo de los movimientos de ella chocan con el escenario donde suceden, que no es ni más ni menos que el vertedero en cuestión.

A todo esto hay que sumar una banda sonora maravillosa que eleva aún más el material, hasta extraer una poética que deja sin aliento por lo que denuncian estos artistas a través del lenguaje místico del cuerpo. Desde “Wata”, cortometraje de ficción sobre la ausencia del agua codirigido por Enrique Castro Ríos y Ana Endara Mislov, no se había visto nada así en Panamá.

También la danza tiene protagonismo en “Mestizo” de Paola Martínez, otro video ensayo que a través del encuentro de diferentes razas y formas de ver el arte de la pintura corporal, desarrolla una coreografía que hace énfasis en el fenómeno del cruze de etnias al que alude su título.

A diferencia de “PATACóN”, el cortometraje de la venezolana radicada en Panamá confia en el poder y las herramientas del montaje sobre el plano secuencia. Esto le permite crear efectos de imágenes que, sumada al movimiento sincronizado de los bailarines, el uso de una iluminación expresionista y el trabajo en la piel de los pintores, permiten crear un efecto hipnótico sobre la audiencia.

LA DECEPCIÓN

"El legado" de Jhojaddy Ramírez.

Uno de los cortometrajes más esperados del festival fue “El legado” de Jhojaddy Ramírez. Hija predilecta de este festival por trabajos previos como “Skate, amor y odio” y “Cuando sobran las palabras”, las expectativas eran altas pero no estuvo a la altura de ellas.

La frase más recurrente a la hora de describirlo al final de su presentación fue “pura chacaleria”. Pero el problema no es tanto la representación del ghetto o ese mundo de motociclistas que realizan carreras clandestinas en la ciudad. El problema es un guión sin tensión, un personaje principal sin alma, unos secundarios que rozan lo paródico y la forma que desaprovecha al único miembro del elenco que despierta verdadero interés.

Tras perder una carrera callejera donde desbarata su moto, sumado a la necesidad de pagar una deuda producto de un trámite con un abogado del que no se ofrecen más detalles, el protagonista -que nunca escuchamos su nombre, lo que deja en evidencia el poco empaque que tiene como personaje- acepta un último trabajo de un tal El Travieso.

Dicho trabajo es asesinar a un asiático, que lo único información que codificamos es que cuenta su dinero como un mafioso… Pero también como un apostador de carrera de caballos. Su asistente lo traiciona, no sabemos tampoco muy bien por qué, abriéndole la puerta de la guarida a El Travieso, que entra y le dispara a su objetivo sin resistencia. No es un robo, ya que el asesino se demuestra más interesado en el trago en la mesa que en el dinero.

Otro fotograma de "El legado" de Jhojaddy Ramírez.

Antes de aceptar el encargo, nuestro anónimo le advierte que esta será la última vez que hace este tipo de encomiendas, línea de dialogo que repite por lo menos cuatro veces. Después entendemos que es por su anhelo de formar una familia con su pareja, una mujer sorda que conoce todos sus malos pasos y que igual sigue con él.

Lo que no entendemos es por qué le ofrecen el trabajo, cuando su presencia es totalmente innecesaria en el lugar del ajusticiamiento. No hay un tiroteo entre bandos contrarios, no hay ni si quiera un guardia de seguridad o una cuadrilla que protega al objetivo de los sicarios. El camino está allanado desde el principio.

Es aquí donde falla “El legado”. Si el protagonista quiere dejar su vida actual por los riesgos a los que se expone, tienes que presentar cuáles son estos riesgos. Pero eso nunca sucede salvo en un final más efectista que efectivo.

Además, el personaje de la novia sordomuda es el más interesante de todo el abanico de maniquis que salen en esta producción, aunque solo aparezca en dos escenas en concretas. Ella se maneja como la jefa en las sombras. En ningún momento demuestra afecto por su novio, más bien lo trata como un lacayo. En esta dinámica de pareja está todo el potencial desaprovechado de la película.

Si me he tomado el tiempo de diseccionar este cortometraje de forma tan acuciosa comparada con los demás, no es por una animadversión en particular. Aún tengo a Jhojaddy como una directora talentosa y una de las firmes promesas del cine panameño, pero sus cortometrajes siempre fallan en el guión. Aunque para ser honestos, eso le sucede a la gran mayoria de cineastas de este país que no parecen entender su importancia o el oficio que requiere.

LAS RAREZAS

"La búsqueda" de Gilberto Loffer.

El último bloque de la noche fue el de las rarezas, comandado por “La búsqueda” de Gilberto Loffer y “Varados” de Jorge Martínez. El primero tiene el don de la extrañeza, el segundo de lo existencial. El primero nos lleva a lugares inesperados, el otro nos encierra en unas ruinas misteriosas.

Sobre “La búsqueda” tengo que decir que Loffer estuvo a las puertas de contar algo verdaderamente profundo y misterioso sobre nuestra identidad, ya que su elección de locaciones como la escalinatas del Canal de Panamá y las ruinas de Panamá Viejo, le ofrecen una lectura social, política e histórica al material.

Al final, esa joven mujer y su madre no tienen claro que están buscando y esa es la clave. Yo como espectador tampoco supe, pero es la travesia y no el tesoro la verdadera recompensa de este cortometraje.

Por su parte, “Varados” nos propone un especie de limbo en forma de edificio antiguo y abandonado. Ahí se encuentran dos jóvenes que tendrán que aceptar una dura verdad y aprender a lidiar con ella. La propuesta es interesante, pero le faltó más desarrollo de personajes, manejo del suspenso y un poco de pericia en el montaje.

"Varados" de Jorge Martínez.

EL GRAN CORTO DEL FESTIVAL… QUE NADIE VIO.

Desde hace dos ediciones, me embarga la siguiente idea: Panalandia es un festival de cine… Donde cuesta ver cine. Hay un tema subyacente en esta situación, que es que en Panamá hacen falta espacios adecuados para desarrollar eventos culturales. En este sentido, la Fundación Omar Torrijos le ha ofrecido todas las facilidades a los organizadores de este y otros eventos hasta transformarse en sede fija del cine panameño.

Pero por la distribución de las proyecciones, una interna en la Sala Chuchú y otra al aire libre en los jardines, se hace muy difícil el trabajo a los que vamos a Panalandia exclusivamente a ver cine. Adentro suelen tener una programación más autoral o inclusive de largometrajes, pero el público no pasa de la puerta principal, ya que toda la actividad se concentra afuera.

En los jardines sucede que hay tantos estímulos que hay que hacer un verdadero esfuerzo para prestar atención a la pantalla gigante. Lo que era una inquietud lo convertí en certeza al presenciar como uno de los grandes cortometrajes que ofrece esta edición del festival, “Volver a ella” de Rodrigo Quintero Araúz, no fue visto por nadie mientras el total del público estaba concentrado en los jardines.

El programa de mano tampoco es de ayuda, ya que usualmente el evento comienza con algún retraso. Esto genera confusión en aquellos que, como yo, intentamos duplicarnos entre las dos proyecciones para ver las películas que están en nuestro radar.

Una posible solución es fraccionar las funciones como sucede en el Reto Microcine de Cine Animal. En esos espacios de tiempo entre tandas se pueden hacer activaciones que permitan el flujo de espectadores de un espacio a otro, utilizando por ejemplo a los bailarines de En Círculo para dinamizar el traslado. Eso implicaria acotar la programación, pero eso tampoco sería sería una tragedia, ya que haría más competitiva y homegenea la competencia. Esta es una idea que ofrecemos de las muchas que se pueden aplicar para mejorar esta situación.

Sobre “Volver a ella”, les puedo comentar que se trata de la historia de un hombre que regresa a su Cuba natal después de vivir toda su vida en España, con el objetivo de buscar a su madre que lo abandonó cuando era niño y del que solo posee recuerdos borrosos.

Esta búsqueda lo llevará a un hostal donde se encontrará con una mujer que tiene muchas similudes con esta mujer, iniciando una relación de tintes incestuosos. Suena perverso, pero Quintero Arauz exhibe suficiente sensibilidad y elegancia para sacar adelante el material hasta emocionarnos por la suerte de ese huérfano.

"Volver a ella" de Rodrigo Quintero Araúz.