La película dirigida por Ana Elena Tejera y producida por María Isabel Burnes nos introduce al universo dule, como lo hiciera en su momento con la cultura congo Sandra Eleta con “El imperio nos visita nuevamente”

Escrito por:
Luis Lorenzo Trujillo
(@LuisAndreLT)

“Al calor de mi bohío” de Carlos Luis Nieto fue en 1946 la entrada de Panamá al arte cinematográfico, “Chance” de Abner Benaim al cine comercial y “La estación seca” de José Ángel “Chicho” Canto al cine social y político removedor de conciencia.

Anoche en la inauguración del IFF Panamá – Festival Internacional de Cine de Panamá 2020 se anticipaba que “Panquiaco”, dirigida por Ana Elena Tejera y producida por María Isabel Burnes, era su entrada al cine de autor. Por lo visto en esta proyección, sus artífices tocaron la puerta pero no pasaron del vestíbulo.

No hay que lamentar nada, porque lo que sí vimos fue la ópera prima de una directora a tomar en cuenta en el futuro y que seguramente le dará robustez a nuestra filmografìa.

Una filmografía que cuando más alto ha volado, ha sido de la mano de las mujeres. Pero también cuando se ha sacudido de cualquier influencia foránea y ha contado la historias que nos pertenecen como joven nación.

LA SOLEDAD DE PANQUIACO

El que esté familiarizado con los cortometrajes de Ana Elena Tejera, sabrán que tiene como principal resorte narrativo la memoria. En “LUCIAMOR” es la mola como recipiente de toda la historia y saberes de la etnia Guna.

En “Revelado” es la fotografía analógica el detonante que lleva a los miembros del Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona (España) a reflexionar sobre su libertad. En el caso de “Panquiaco” son los sueños, la forma más extraña que tenemos de memoria, la que abre el relato que estamos por ver.

Cebaldo es un indígena panameño que emigró a Europa desde muy joven. Cuando lo vemos por primera vez en “Panquiaco”, referencia al indígena que guió a Balboa al descubrimiento del mar del sur, es palpable lo solitaria que es su existencia en Portugal.

La escena más hermosa y triste del filme lo tiene a él en su habitación escuchando una vieja cinta con los mensajes que sus amigos y familiares les dejaron en su máquina contestadora antes de partir de Panamá. Una cinta que escucha una y otra vez como único remedio contra la soledad.

Víctima de este padecimiento, Cebaldo termina regresando a la comarca de Guna Yala. Es ahí cuando el médico curandero de la comunidad le recomienda hacer una cuarentena medicinal para curar su espíritu herido de añoranza.

LOS GÉNEROS CINEMATOGRÁFICOS

¿Qué es real y qué es ficción? Considerando lo real el aquí y el ahora, la ficción es nuestra capacidad de moldear nuestro estado para imaginar nuevos mundos. Aunque muchas veces la realidad y la ficción se acercan, se mezclan y se confunden.

En el cine tenemos los géneros cinematográficos y con ellos una división clara entre ellos: documental y ficción. Lo primero es una representación de la realidad utilizando el lenguaje cinematográfico, lo segundo es nuestra inventiva al servicio de estas herramientas.

También es cierto que todo cine documental tiene algo de ficción y toda ficción, con el tiempo, tiene algo de documental. Aún sabiendo esto, no encuentro apropiado el término de cine híbrido que acuñaron en “Panquiaco” para explicar la concepción de la película.

Tal vez esto sea un arrebato de conservadurismo de mi parte, a pesar de ser más autodidacta que académico. Puedo entender que se tomaron elementos de la vida de Cebaldo de León Smith para armar el guión, lo que acerca la película a la biografía.

Sé también que hubo un enfoque etnográfico y antropológico a la hora de representar la comarca Guna Yala, sus rituales y costumbres. Esto, sin duda, mantiene la película en el plano de la realidad.

Pero hay una escena que nos colan al principio del filme que rompe el encanto sin nosotros darnos cuenta: en lo que parece un flashback de la adolescencia de Cebaldo, este es partícipe de una baile típico indígena. Típico para la etnia emberá wounaan, no dule.

Este detalle podrá parecer menor, un error o licencia como se toman muchas películas al armar su relato cinematográfico. Pero su inclusión sustrae de la realidad a la película y la enclava en el territorio de la ficción.

Esto me remonta a la película venezolana “Araya” de Margot Benacerraf, el primer y único filme de ese país en ganar en el festival de Cannes. En su primer visionado, uno siente que la película es un documental del día a día en este pueblo salinero ubicado en las costas venezolanas.

Pero cuando vas al detrás de cámara, descubres que la grandeza de esta película reside en que no es así. La directora utilizó este espacio y sus habitantes para hacer una ficción con elementos propios de la realidad.

De esta manera, Benacerraf potenció la tragedia de este lugar: el abandono y olvido al que estaba predestinado una vez la industria salinera se viniera abajo por la aparición del petróleo en el país sudamericano.

Lo mismo sucede en “Panquiaco”, que retorna a Cebaldo a su tierra natal luego de su largo exilio. Este recurso, muy cerca del performance, nos permite ahondar en el sentimiento de soledad, desarraigo y pérdida que sufre. Después de todo, el que se fue nunca volverá aunque sus coordenadas indiquen que está en casa.   

EL RESPETO POR LOS PUEBLOS INDÍGENAS

Así como el mayor mérito de Sandra Eleta y “El imperio nos visita nuevamente” fue su representación a través del cine de la cultura congo, el de “Panquiaco” y Ana Elena Tejera es el de haber llevado al pueblo guna a la gran pantalla con el efecto expectorante que eso tiene a nivel cultural.

Sin duda “Panquiaco” se convierte desde hoy en un referente importante para nuestro cine. Desde el cariño, el respeto y la complicidad, Ana Elena Tejera se introduce al mundo dule con su película, y a nosotros en ella.

Es una victoria, de las pocas que tiene el cine panameño, sobre un cine occidental que nos ha contaminado con conceptos tan invasivos como “industrial”, “comercial”, “entretenimiento” y “espectáculo””. El cine no debe ser exclusivamente esto.

El cine también tiene una función cultural y social, solo así eso que hemos dado por llamar cine panameño se convertirá siempre en un hecho indispensable e importante para nuestras grandes mayorías, repitiendo lo que me dijo una mujer muy sabia.