*Lo mejor: una Cate Blanchett más allá de la gloria.

*Lo peor: que sea catalogada como un simple drama lésbico.

Si tarde en escribir tanto este reseña, no fue por falta de ánimo -todo lo contrario-, sino de un título acorde. En especial cuando me di cuenta que Joan Sala, escritor de Filmin, bitácora de cine que leo con asiduidad, ya había dado con el rótulo definitivo: “Carol’, la sublimación de lo sublime”.

No pude celebrar más el ingenio de Sala y lamentar mi incapacidad de encontrar un titular que lo superara. Aunque todo esto se queda en una nimiedad comparado con el impacto que me causó “Carol”, la película más hermosa, sensible y desgarradoramente romántica que este servidor recuerda.

Carol

Parece que siempre he ido tarde con respecto a ella, primero con su título y después con su visionado. Aunque se la recomendé encarecidamente a un amigo, fue él quien la visualizó primero y me dio la clave para apreciarla en todo su esplendor: la sensibilidad. “Recuerdala, porque ‘Carol’ va sobre ella’, me advirtió.

Es así. La película de Todd Haynes no tiene los grandes gestos que entendemos erróneamente como amor, sino los más pequeños que sustentan verdaderamente cualquier relación que se precie: las miradas, los silencios, las caricias, las ausencias y las palabras cargadas de intenciones que hallamos misteriosas.

No necesité gafas 3D, una pantalla XD o estar en el set de rodaje, para estremecerme como Therese (Rooney Mara) cada vez que Carol (Cate Blanchett) hacía algo tan sencillo como tocarle el hombro o guiñarle el ojo, visaje inocente, pero que nos va revelando el mundo interior de estos personajes (y de nosotros como espectadores): la pasión apunto de erupcionar.

“Carol’ es sumamente original: cuenta una historia de amor lésbico en una época que no corresponde, ya se por ignorancia, represión social u omisión. Algo que no ha cambiado 50 años después”

En este sentido, la película se muestra como un thriller erótico, la crónica de un revolcón anunciado: por más de una hora esperamos ese primer momento de intimidad entre Therese y Carol y, cuando llega, entendemos que ellas están perdidas, porque en su caso, no hay apuesta más temeraria que el amor.

“Carol” también es sumamente original, a pesar de lo que podría indicar en un principio su empaque clásico, que rememora a los melodramas de Douglas Sirk. Haynes se atreve a contar un historia de un amor lésbico en un época que no corresponde, ya sea por ignorancia, represión social o simple omisión. Algo que no ha cambiado 50 años después.

Carol

Sensación que refuerza la fotografía de Ed Lachman, compuesta de planos generales con lentes teleobjetivos, encuadres subjetivos o uso de reflejos a través de ventanas, que nos hace sentir como si estuviéramos invadiendo la privacidad de estas mujeres incomprendidas y solitarias.

“Carol también es arriesgada por sus decisiones: cuando esperamos un drama judicial, perdura la cordura; cuando no queda otra cosa que el estropicio, nos encontramos con el silencio; y cuando nos resignamos a la soledad, Haynes nos depara una arrebatadora cámara lenta de Therese, caminando hacia su amada, que le responde con una de las miradas más hermosas que ha deparado el cine: la de una Cate Blanchett más allá de la gloria.