Lo mejor: la brutal persecución en Atenas y al temible ambigüedad de Alicia Vikander.

Lo peor: los síntomas de cansanció del principal mito de acción del cine del siglo XXI.

Hablar de la franquicia de Jason Bourne implica una responsabilidad mayor de lo que parece en un principio, al significar una rara avis dentro del panorama cinematográfico. Por regla general, las películas enmarcada dentro de la categoría de blockbuster se regodean de su capacidad de llenar salas e hiperventilar públicos. Pero por otro lado, cargan a cuesta una cruz en forma de desaprobación de la crítica, demasiado encerrados en sus gustos refinados y su percepción esnobista de esta forma de entretenimiento.

De alguna manera, “El caso Bourne” logró reconciliar ambas posturas en su estreno en el 2002, estela que logró llevar con creces -algo más raro aún- con sus respectivas secuelas, “El mito de Bourne” (2004) y “El ultimátum de Bourne” (2007).

Mucho tuvo que ver Doug Liman, director que no parece tener todo el prestigio que se merece a pesar de ser uno de los hacedores más prestigiosos de la actualidad -como “Sr. y Sra. Smith”, “Jumper” y “Al filo del mañana” lo comprueban- pero, sobre todo, un Paul Greengrass capaz de tomar la patente heredada y llevarla a su máximo potencial en la segunda y tercera entrega de la trilogía, hasta tal punto de aterrizar definitivamente al género en el siglo XXI y, a su vez, obligar a refundar al hasta ese entonces el espía más reconocido del séptimo arte, un tal James Bond.

Alice Vikander representa de manera ambigua y temible la amenaza del ciberterrorismo.

Así, como les decía antes de esta larga introducción, hablar de “Jason Bourne” no es tarea cualquiera. En cierta manera, esta quinta entrega de la franquicia y la cuarta protagonizada por Matt Damon, es lo más cercano al disco de grandes éxitos del personaje, como muy atinadamente tituló la revista Empire en su reseña. Tenemos la cámara en mano, el montaje adrenalítico, las persecuciones, los brutales duelos físicos, las conspiraciones gubernamentales, las tramas internacionales pero, sobre todo, un personaje atormentado incapaz de huir de su pasado.

“Jason Bourne” reúne todo esto elementos, aunque agrega un nuevo elemento que parece el asidero al que se agarraron Damon y Greengras para convencerse de hacer esta nueva entrega: la guerra cibernética que desató Edward Snowden la cual que representa, de manera eficaz, ambigua y temible, Alicia Vikander en el papel de la analista Heather Lee.

La película, no lo voy a negar, tiene puntos álgidos, como ese primera acto en Atenas donde orquestan una de las persecuciones más feroces que recuerdo, palabras mayores para una franquicia que se ha caracterizado justamente por ellas. La segunda parte, sigue siendo igual de buena pero de una forma totalmente diferente, donde las confabulaciones enturbian el aire y donde se hace más evidente la falta de confianza hacia la operaciones encubiertas y los cambios en la seguridad nacional que trajo consigo el fenómenos de las filtraciones. Pero ya en el último acto, en Las Vegas, sentí el timo.

“Jason Bourne’ aumenta la tragedia del personaje, aunque ya no por la trama si no por una industria incapaz de darle definitiva sepultura a sus mitos, como un Sísifo que sube a cuesta la montaña con la promesa del descaso y cae obligándolo a comenzar de nuevo”

Bourne siempre tendrá una carpeta confidencial que revela otro pasaje desconocido de su existencia, otro agente especial que se la tiene jurada (primero, Clive Owen, después Karl Urban, luego Edgar Ramírez y ahora Vincent Cassel), un nuevo director de la CIA con ansias de cerrar su expediente (Chris Cooper, Joan Allen, Albert Finney y ahora Tommy Lee Jones) y una nueva excusa para volver, la cual parece perfilar para una nueva trilogía del personaje: su patriotismo y la necesidad de proteger a Estados Unidos de las amenazas que se ciernen sobre el país.

Una impostura, si me preguntan a mi, porque si algo ha dejado claro Jason Bourne con su odisea personal, es que no hay peor enemigo que los propios fantasmas, como los que se crea Estados Unidos en su campaña armamentística y cibernética o las de una personaje con un pasado siempre dispuesto a tocarle su puerta para iniciar una nueva persecución.

En cierto sentido, esta nueva entrega remarca la tragedia de Bourne, aunque ya no por la trama sino por una industria en la que se mueve, incapaz de darle definitiva sepultura a sus mitos, como un Sísifo que sube a cuestas la montaña con la promesa del descanso y la piedra del capitalismo que lo empuja para obligarlo a comenzar una y otra vez hasta que sea el público, el más cruel de los jueces, quien los destierre definitivamente.

Matt Damon se muestra más oscuro, lacónico y brutal en esta nueva entrega del personaje.