*Lo mejor: un Steve Carrel que sigue reafirmando sus habilidades actorales dramáticas.

*Lo peor: un sentido de confusión general, entre la jerga especializada y una puesta de escena caótica.

Si ustedes pensaban que el “El lobo de Wall Street” (2013) era una comedia disparatada, prepárense para conocer un nuevo nivel de demencia con “La gran apuesta“. Por que si la película de Martin Scorsese utilizaba el humor para señalar a los banqueros como los grandes culpables detrás de la crisis financiera, Adam McKay hace lo propio para no dejar títere con cabeza.

Steve Carrell en "La gran apuesta"

Para ello se rodea de un elenco de súper estrellas, entre el que se encuentra un cínico Ryan Gosling, un maniático Christian Bale, un prescindible Brad Pitt y un rabioso Steve Carell, que sigue reafirmando sus habilidades dramáticas después de su espeluznante trabajo en “Foxcatcher” (2014).

Este poker actoral es el ejemplo más descarado de argucia publicitaria que recuerdo en el cine: la utilización de niños mimados hollywoodenses para asegurar taquilla y prestigio. Vi esta película con mi madre y no la pasó bien. Se la recomendé a un amigo, obsesionado con la crisis financiera, y me confesó que se salió a la mitad de la función.

“Yo admito que sí me reí con ‘La gran apuesta’, pero fue una risa amarga, porque la conclusión general es que esta crisis tiene todos los vistos de repetirse, solo que ahora con algo mucho más importante que el dinero: el agua”

La culpa la tiene McKay, que a pesar de hacer uso de Margot Robbie en una tina de espuma -un claro guiñó a la película de Scorsese, como diciendole: “Maestro, sin ti mi película no hubiera sido posible-, a Selena Gómez junto a Richard Thaler apostando en una mesa de dados o a Anthony Bourdain en su cocina, para explicar con ejemplos ilustrativos lo que está sucediendo, no se ahorra la jerga financiera.

La puesta en escena, marcada por una cámara nerviosa, infinidad de planos y cortes rápidos, solo hacen afirmar la sensación general de confusión e incomprensión. Es una lástima, porque a pesar de estos obstáculos, la película se va a transformando de una excéntrica comedia a un drama amargo. Es aquí donde brilla Carell sobre todo el reparto, como la representación de todos los estadounidense: un tipo cabreado y decepcionado del país que permitió que se fuera a la ruina millones de personas, sin llevar a la cárcel a los verdaderos culpables.

La gran apuesta

Es este cinismo el que justifica la función, el humor rebuscado, la clase fragorosa de finanzas y el mareo cinematográfico. Yo admito que sí que me reí con “La gran apuesta”, pero fue una risa amarga, porque la conclusión general es que esta crisis financiera no solo pudo haber sido evitada, sino que tiene todos los vistos de repetirse, solo que ahora con algo mucho más importante que el dinero: el agua. Parece ser que la distopia postacocalíptica de George Miller no está tan lejos de la realidad.