*Lo mejor: un mensaje que funciona como una guía para todo periodista y ciudadano en general.

*Lo peor: la sensación que por mucho heroísmo, hay poderes fácticos que siempre se impondrán.

Son pocas las películas de periodismo que realmente valen la pena. El referente inmediato es “Todos los hombres del presidente” (All the President’s Men), como la loa más importante del género. Por otro parte, se encuentra “El gran carnaval” (“Ace in the Hole”) de Billy Wilder, como su revés más crítico y atemporal.

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Habría que agregar también “El reportero” de Michelangelo Antonioni, “Network” de Sidney Lumet, “El desafío: Frost contra Nixon” de Ron Howard, “Buenas noches, y buena suerte” de George Clooney y la más reciente, extraña y alevosa de la lista: “Nightcrawler” de Dan Gilroy. Títulos estimables pero que nos lleva a preguntar como un oficio tan jugoso se ha visto tan desaprovechado en este arte.

Esta inquietud viene al caso tras el estreno de “Spotlight” y su posicionamiento como una de las grandes favoritas de los premios Oscar del próximo domingo 28. El filme de Thomas McCarthy, ese artesano de pequeñas joyas pero grandes recompensas, resulta ser una cátedra de periodismo en tiempos de desespero.

Lo es porque el filme, a pesar de estar basada en acontecimientos verídicos que acaecieron hace 14 años, donde la unidad investigativa del Boston Globe destapó casi un centenar de casos de pedofília cometidos por curas de la Iglesia Católica de Massachussets,  se siente como una película de época. Una época donde el Internet todavía no tenía la preponderancia que tiene ahora y donde el problema de los periodistas no reside tanto en encontrar información, sino saber discernir que resulta ser verídico en ese amplio mar llamado la red.

“El acierto de ‘Spotlight’ es la desdramatización de sus personajes, lo cual permite que la historia se concentre en lo verdaderamente importante: la resolución de la investigación”.

Por eso McCarthy describe con lujo de detalles, aprovechando su propia experiencia como periodista y su paso por la última temporada de “The Wire”, una manera de ejercer el oficio que resulta lejano para nuestra memoria, donde los periodistas se dan la tarea de ir a hemerotecas, entrevistar en persona a las víctimas, contrastar los datos que les ofrecen sus fuentes, de escarbar en documentos públicos, de asesorarse legalmente e ir tras la última pieza faltante de su investigación como un lobo famélico tras su presa.

El acierto de “Spotlight”, fuera de la descripción minuciosa y detallada de la profesión, es la desdramatización de sus personajes. Se menciona como un simple brochazo la separación de Rezendes (Mark Ruffalo), se intuyen más problemas maritales con Sacha Pfeiffer (Rachel McAdams) y se alude a la cercanía del hogar de Matt Carroll (Brian d’Arcy) con uno de los párrocos acusados, con el peligro que esto implica para sus dos hijos, pero sin consecuencias mayores. Esto permite que la historia se concentre en lo verdaderamente importante: la resolución de la investigación.

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No es sorpresa entonces que esta película sea la comidilla entre los comunicadores sociales, porque su mensaje es necesario recordarlo hoy y siempre: la pregunta más importante que puede hacerse un periodista es por qué y una vez la responde debe concentrarse en lo esencial, como explica Martin Baron (Liev Schreiber) en una de las escenas más edificantes del filme: “La gran historia no está en los curas, como individuos, está en la institución; práctica y política, hay que apuntar contra los males del sistema”.