LO MEJOR: Ese emocionante plano final, con Rubén Blades sentados en unas escalinatas interpretando “El cantante”.

LO PEOR: El elogio excesivo hacia el poeta de la salsa. También la falta de subtítulos en español de la película para traducir lo que personajes como Sting, Larry Harlow y Luba Mason tienen que decir sobre el panameño.

Luis Lorenzo
(@LuisAndreLT)

¿Por qué hacer este documental?“, le pregunta Abner Benaim fuera de plano a Rubén Blades mientras está en la cocina de su casa en el bohemio barrio de Chelsea, Nueva York.

Porque tengo más pasado que futuro“, le contesta el poeta de la salsa, frase recurrente que ha utilizado desde que anunció su gira de despedida de los escenarios musicales en el año 2016.

Inmediatamente, Blades pone como ejemplo la inesperada muerte del también cantante Prince hace dos años, a sus 59 años de edad, por una sobredosis accidental.

No quiero que me pase lo que le pasó a Prince, que se fue y no dejó un testamento. Yo ya tengo mi testamento hecho. Este documental es una parte de mi testamento. Es decir cosas que son importante de decir, porque si nos las digo y no las aclaro ahora, otros van a interpretarlas y no va a ser lo mismo“.

Esta breve disertación explica las motivaciones detrás del documental. También deja en evidencia el principal problema de la película. Hablamos de un trabajo que aunque logra su cometido de repasar de manera atractiva la trayectoria vital de este panameño universal, se muestra en exceso elogiosa a su figura y, a su vez, pudorosa a la hora de indagar en sus pasajes más polémicos o comprometedores, que son muchos y son variados.

Episodios como su enfrentamiento con Willie Colón, su disputa legal con la Fania Records, el rechazo a reconocer por tantos años a su hijo biológico Joseph Verne, su marcada postura política o su supuesto desarraigo hacia Panamá, son comentadas de manera superficial desde la voz de Blades y nunca desde la disidencia.

Sin duda, esta debió ser la condición impuesta por Blades para tener el acceso privilegiado que obtuvo el director durante el rodaje. O tal vez fue que el excesivo respeto que le tiene al músico le jugó una mala pasada. Pero como documentalista, Benaim debe saber que son las sombras las que aportan profundidad y dramatismo a cualquier retrato.

El verdadero interes de “Yo no me llamo Rubén Blades”, se encuentran en las pequeñas anécdotas, no tanto del Blades mitológico que vive en el imaginario Latinoamericano, sino del íntimo que muy pocos conocen.

Y para gusto de este cronista, “Yo no me llamo Rubén Blades” es un perfil sobreexpuesto. En algunos momentos, inclusive, no pude evitar pensar que estaba ante una campaña de relaciones públicas muy bien gestada.

En todo caso, el interés del documental reside en ver lo que que Blades nos permite ver, como la visita a su casa en Nueva York, donde se muestra como un coleccionista de comics y guardian de su propio legado, al acumular fotografías, discos de oro, carteles, composiciones originales de sus canciones y cuanto chéchere relacionado con su trayectoria musical se puedan imaginar.

“Ustedes son los primeros que yo dejo entrar. Yo aquí no dejo filmar a nadie. Ustedes son los primeros y los últimos”, dice al respecto.

También en las pequeñas pero encantadoras anécdotas que va narrando, como cuando recuerda la primera y única lección musical que le dio su padre, la base rítmica del baqueteo. “Esta es la base. Yo no sé más. A ve’ qué tu haces con eso“.

Así como la visita a su antiguo apartamento en Carrasquilla, donde Blades aprovechó la acústica de las escaleras del edificio para cantar “All the Way” de Frank Sinatra y, al terminar y escuchar los ladrido de un perro en el piso superior, reacciona reido: “¡Mi critico!“.

O ese emocionante cierre de película, en la que sentado en las escaleras de su hogar en Estados Unidos, Rubén empieza a cantar:

“Yo, soy el cantante

Que hoy han venido a escuchar 

Lo mejor, del repertorio 

A ustedes voy a brindar

Y canto a la vida

De risas y penas

De momentos malos

Y de cosas buenas…”.

Más allá de las reflexiones sobre la vida y la muerte, que el panameño dramatiza cuando dice que parte de las cosas que hizo, las hizo porque creía que iba a morir joven, el verdadero interes del documental se encuentran en estas pequeñas anécdotas, no tanto del Blades mitológico que vive en el imaginario Latinoamericano, sino del íntimo que muy pocos conocen.