LO MEJOR: La actuación de Alba de Obaldia, que interpreta a una monja que es un ejemplo de rigurosidad y dulzura, fe y tesón, encanto y estoicismo.

LO PEOR: El empeño del director Alberto Serra de sabotear su propia película, a pesar del potencial que esta resguardaba, por su gusto por el efectismo visual, el drama lacrimógeno y el fervor sintético.

Escrito por:
Luis Lorenzo Trujillo
(@LuisAndreLT)

Lo más valioso de “Sin voz”, la más reciente película del cine panameño, es la campaña de concientización que han creado sus artífices para promocionar el filme. En ella, varias figuras del patio, entre las que se encuentran Carolina Dementiev, Franklyn Robinson, Laura de Sanctis y Lilo Sánchez, se juntan para decirle que no al abuso infantil en Panamá.

En este sentido, cualquier mensaje que se eleve para denunciar o conscientizar sobre las problemáticas que nos afectan, resulta más que necesario, en especial cuando cada 12 horas un menor de edad es víctima de abuso sexual dentro de nuestro territorio.

Hasta aquí, lo positivo. Por que “Sin voz” no se sostiene como hecho fílmico. Hablamos de una de las peores películas que ha gestado el cine panameño desde que entró en el 2010 en su etapa comercial, con el estreno de “Chance” de Abner Benaim.

Muchas son las razones que me llevan a argumentar lo anterior, pero todo se resume en el empeño del director Alberto Serra de sabotear su propia película, a pesar del potencial que esta resguardaba, por su gusto por el efectismo visual, el drama lacrimógeno y el fervor sintético.

El efectismo visual se evidencian con esos planos a cámara lenta que no vienen a cuento y que acentuan el dolor de los personajes en una búsqueda desesperada por conseguir la lágrima fácil en el espectador, lo que delata una grave confianza en lo que se está contando, así como cierto gusto por ese cine heteronormado que no nos corresponde.

Igual de reprochable es ese fervor sintético que profesa la película a través de la fe católica, el poco conocimiento de la problemática y la visión simplista de la naturaleza humana que demuestran.

El giro final, que nos revela que el cuñado, en vez del padre, es el abusador de Adela, la joven que se escapa del pueblo de Piedra Roja para alejarse de su perpetador, es la mejor prueba de ello.

Cualquiera con un mayor conocimiento de causa entendería de que si el padre no se enteró de lo que pasaba en su propio techo, por muy alcohólico que fuera, es porque habia cierta complicidad de su parte.

Incongruencias que se repiten con el comportamiento errático de la jueza de menores que interpreta Maritza Vernaza, la colaboración silenciosa de Mariela Aragón como la directora del refugio de menores y la perversión sin matices de Leo Wiznitzer. La única actriz que da la cara por el grupo es Alba de Obaldia. Su monja es un ejemplo de rigurosidad y dulzura, fe y tesón, encanto y estoicismo.

Tengo que confesarles que después de las experiencias aceptables que resultaron ser “Sin pepitas en la lengua” y “Yo no me llamo Ruben Blades”, “Sin voz” es un duro regreso a la realidad y me retrotrae a experiencias traumáticas igual de recientes como “Congelados en Rusia” y “Diciembres”.

También de que cuando lancé este blog, me hice la promesa de reseñar el cine panameño. Pero películas como estas me llevan a reconsiderar mi compromiso.

Lo hace porque yo soy un convencido, a través de las enseñanzas de Jorge Luis Borges, de que la lectura no debe ser obligatoria, ni mucho menos una experiencia dolorosa. “Le lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz”, decía el escritor argentino al respecto.

Lo mismo pasa con el cine. Yo comprometí mi felicidad viéndola, pero desde esta tribuna les recomienda que no compromentan la suya haciendolo, por que en vez de sin voz, sin duda preferirán quedarse sin sentidos para que no quedar expuestos a este estropicio.