Queda claro que Creedence Clearwater Revival les ha servido a muchos cineastas para ambientar sus historias en la época de Vietnam, pero no de una película o escena en particular. El leitmotiv se convirtió en cliché

Escrito por:
Carlos Silva Benítez
(@charlesstone25)

Richard Wagner inventó el leitmotiv, un recurso melódico que se le asigna a un personaje o emoción para crear un vínculo de rápida asociación. Cuando esa simbiosis entre imagen y sonido es sublime, se vuelve indeleble.

De eso ha tratado siempre esta columna. Maridajes, casi siempre por yuxtaposición, en los que secuencias narrativas son aderezadas con canciones cargadas de simbolismo que resaltan emociones o añaden ironía por contraste. Los mejores casos implican trascendencia: cuando la añadidura sonora es exponencial y desemboca en un nuevo significado que genera poesía audiovisual.

Seguro puedes “escuchar” estas imágenes.

La lógica llevaría a pensar que sería contraproducente tomar una canción previamente asociada a otra película y emplearla en una nueva y encima con el mismo contexto, como, por ejemplo, una película de la mafia que se atreviera a poner el tema que Nino Rota compuso para El Padrino.

Pues no solo sucede, sino en cantidades imprácticas de contar, hasta el punto donde se vuelven lugar común.

Bienvenidos al colmo de la pereza creativa

Tenemos años consumiendo cine. Sabemos leer las metáforas y las elipsis. No solo somos capaces de entender el subtexto, sino que apreciamos que no nos traten como subnormales. Ernest Hemingway defendía el clásico “show, don’t tell” (muestra, no cuentes), que es incluso más aplicable al séptimo arte porque, si el montaje visual ya te da una información, no puede haber mayor desperdicio que repetirla en audio y desaprovechar su potencial como recurso narrativo.

Vamos con un ejemplo:

Creedence Clearwater Revival – Run Through the Jungle

Jungla, exterior, día. Vemos una hilera de soldados norteamericanos avanzar con sus rifles M16 mientras suena el Run through the Jungle de Creedence Clearwater Revival. No solo es una combinación simplona, sino redundante. Es una oportunidad malgastada para sugerir una emoción interna o generar ansiedad porque “Victor Charlie” pueda salir en el momento menos esperado. Pudiendo haber añadido una capa de drama, la escena queda en eso: en soldados caminando por la jungla.

¿Y sabes cuántas veces hemos vistos personajes andar por la jungla acompañados por ese tema de Creedence?

Triple Frontier (2019), Kong: Skull Island (2017), The Sapphires (2012), Tropic Thunder (2008, se salva por su uso irónico), Air America (1990), To Heal a Nation (1988)...

Vamos con otra pregunta, ¿por qué Vietnam suena a Creedence?

Vietnam tuvo su propia banda sonora compuesta por canciones, en su mayoría de artistas norteamericanos, impregnadas unas de añoranzas y memorias previas a la guerra, y otras repletas de rabia y furia. Escucharlas era como sentirse cerca de casa. Pero, ¿cómo estaba su país en aquel entonces?

1969 ponía fin no solo a la década. En ese año, “Tricky Dick” Nixon se juramentó como presidente, la carrera espacial puso al hombre en la Luna, años de injusticias contra la comunidad gay desataron los disturbios de Stonewall, la familia Manson asesinó a Sharon Tate, y los Ángeles del Infierno mataron a puñaladas a Meredith Hunter en el concierto gratuito de los Rolling Stones en Altamont.

Los años de “paz y amor” terminaron teñidos de sangre.

Y nosotros nos quejamos del 2020.

Ese mismo año, Creedence editó tres álbumes (sí, 3): Bayou Country, Green River y Willy and the Poor Boys (que contiene la Midnight Special mencionada en el artículo anterior, publicado en noviembre, tres meses después de tocar en el festival de Woodstock). La tripleta de discos entró en el top 10 de ventas en Estados Unidos.

Tal cantidad de material obedecía a la ética de trabajo que tenía la banda. Sus miembros eran músicos que se comportaban como obreros. Alternaban giras con sesiones de grabación sin descanso. Ese ritmo les pasó factura y solo aguantaron cuatro años en los que, no obstante, legaron siete discos y una retahíla de nueve singles consecutivos en el top 10. También sucedió que, al tener una carrera tan cortita, quedaron situados específicamente en esa época, al contrario que, digamos, otra banda cuyos guitarristas de geriátrico se caen de las palmeras.

De Izq. a Der.: John Fogerty (voz y guitarra), Doug Clifford (batería), Tom Fogerty (guitarra) y Stu Cook (bajo). Fueron auténticos workaholics mientras sus colegas rockstars escandalizaron al mundo con sus excesos sexy-psicotrópicos.

Bob Merlis, veterano de la industria discográfica y miembro del Rock & Roll Hall of Fame, afirma en la web del hall que Creedence es “la banda de rock más auténtica de Estados Unidos”, a la vez que cita al propio Clifford definiendo su música como “muy honesta, directa, bailable y cojonuda”.

Sobre esa fusión de rock con country y R&B tradicional resaltan las rabiosas letras de John Fogerty, cantando a todo gañote en contra del establishment y las dificultades de las clases menospreciadas. Gracias a ese contraste, la música de Creedence ha añejado ahí donde sus congéneres de canción-protesta han envejecido.

Doug Bradley y Craig Werner, autores de We Gotta Get Out of This Place: The Soundtrack of the Vietnam War, le pidieron a Peter Bukowski, veterano de la División Americana, que resumiera la música de la guerra. Respondió con dos palabras, Creedence Clearwater: “Eran lo único en lo que todos estaban de acuerdo (…) No importaba si eras negro, blanco, lo que fuese.”

Sin haber estado ahí, intuyo que esa aceptación se debió a una suma de factores como su sonido tan americano, las letras que empatizaban con los desfavorecidos y una ética de trabajo con la que sentirse identificado. Creedence fue a Vietnam lo que Vera Lynn fue para el soundtrack de la Segunda Guerra Mundial.

Pero ¿por qué Hollywood se quedó tan pegado con ellos, teniendo otros artistas tan influyentes como The Grateful Dead, Jefferson Airplane, Santana, Sly & The Family Stone… y eso solo mencionando a los provenientes de San Francisco, capital norteamericana de la contracultura y la ciudad de donde también provenía Creedence.

Cuando se trata de Hollywood, piensa mal y acertarás

Pues bien, si buscas en Google “Vietnam war song” y “Vietnam movie song”, en ambas verás a Fortunate son como primer resultado.

Creedence Clearwater Revival – Fortunate Son

Por el lado bélico tiene sentido. Es una canción protesta inspirada en la boda de Julie, hija de Nixon, y David Eishenhower, nieto del expresidente. En su libro Fortunate Son: My Life, My Music, el propio John Fogerty cuenta que al escribirla quiso manifestarse en contra del elitismo de las decisiones militares que protegían a los hijos de la clase dominante, mientras enviaban a los pobres como carne de cañón. Y, por supuesto, esa canción no solo cayó bien entre los combatientes, sino que la adoptaron como himno.

La lógica nuevamente nos llevaría a pensar que adquirir una licencia para utilizar en cine una canción con tal grado de éxito resultaría carísima. Con Creedence nos volveríamos a equivocar. Resulta que la banda, con todo su talento musical, cojeó en su faceta empresarial y firmó un contrato con Fantasy Records sin percatarse que le cedían los derechos de sus canciones.

Uno de los socios de la discográfica era nada más y menos que Saul Zaentz, afamado productor de joyas como Amadeus y One flew over the cuckoo’s nest, que aprovechó la ingenuidad de Creedence para lucrarse y encima comportarse como una auténtica sabandija. Entrevistado por Adam Sweeting en The Guardian (el 11 de julio de 2000) Fogerty afirmó que sus canciones representaban el 99,9% de los ingresos de Fantasy, y aunque se suponía que la disquera les pagaría royalties, pues… ¯\_(ツ)_/¯

Años más tarde, cuando el contrato había vencido, Fantasy Records intentó demandar a John Fogerty por “plagiar” el sonido de Creedence y porque sus discos nuevos sonaban demasiado parecidos a él mismo.

Fantasy Records tenía una mano en la industria discográfica y otra en la cinematográfica, así que se pagó y dio el vuelto: licenció a precios de saldo el catálogo de Creedence y Hollywood aprovechó la ganga. A la fecha, según IMDB, la obra de la banda aparece acreditada en 231 títulos de películas, series y videojuegos. Fortunate son, 33 veces; Have You Ever Seen the Rain, 23 veces; Run Through the Jungle, 22 veces; Bad Moon Rising, 42 veces… y un largo etcétera por el que ninguno de los cuatro miembros vio un centavo.

Por los ejemplos jurarías que los helicópteros venían con la canción preinstalada.

Queda claro que Creedence les ha servido a muchos cineastas para ambientar sus historias en la época de Vietnam. De manera instantánea, Fortunate Son evoca imágenes de helicópteros Bell UH-1, pero no de una película o escena en particular. El leitmotiv se convirtió en cliché.

En estos casos, la música queda relegada al decorado, limitándose a cumplir una función mecánica. Para usar el símil que plantea Rodrigo Terrasa en “La sociedad del sándwich mixto” (El Mundo, 4 de septiembre de 2019), la música pasa a ser un sándwich de jamón y queso, esa comida que no es la mejor ni la peor y que “para salir del paso nunca está mal (…) cumple su función.”

Por contraste, destacan casos en los que algunos storytellers sí aprovecharon el potencial dramático del conflicto y sus films trascendieron de entre tanta mediocridad. Estos son mis tres favoritos:

Full Metal Jacket (Stanley Kubrick, 1987) contiene escenas indelebles de soldados marchando al compás del tema del Mickey Mouse Club; aunque hay otra, mucho más sutil, en la que Joker se queja de lo aburrido que está (“A day without blood is like a day without sunshine!”) mientras escucha a las Dixie Cups cantar su Chapel of Love. En ese momento, la canción, que narra la felicidad de una novia por caminar hacia el altar, equipara el combate con una luna de miel de mal agüero. La dicha de la cantante no cuadra con lo que está por suceder y produce un efecto de desasosiego.

The Big Lebowski (los hermanos Coen, 1998) es otro caso especial. Aquí Creedence es una característica psicológica de los personajes Dude y Walter, subrayando el hecho de que, aunque pasaron los años, ambos se quedaron pegados en una época pretérita.

Finalmente, Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) ya reseñado en esta columna, que se vale —entre otras perlas— del mismísimo Richard fucking Wagner. Es tan emblemática la Cabalgata de las valquirias que ni falta hace que la comente.

Nunca he trabajado en Hollywood y no puedo dar fe del porqué se abusa tanto de algunas canciones. Podría ser por motivos económicos, por pereza o falta de creatividad. Mi teoría es que la fábrica de sueños siempre trata de replicar fórmulas que han sido exitosas en taquilla y eso los impulsa a clonar elementos. Hace rato dejé de contar cuántas veces he escuchado Bad to the Bone, Kung Fu Fighting o All Along the Watchtower. Ok, al cine no vamos solo a escuchar música, pero tampoco a perder el tiempo. Cuando escucho Born to be wild quito la película de manera tan brusca como si acabara esta columna sin