Escrito por: Carlos Silva Benítez

He aquí una anécdota difícil de olvidar. En marzo de 2002, la banda californiana No Doubt dio su primer y único concierto en Venezuela. Al momento de tocar Don’t Speak, los integrantes tuvieron que alargar el intro de la canción porque Gwen Stefani tenía un nudo en la garganta y sendas lágrimas en el rostro mientras presenciaba cómo miles de voces cantaban sus letras a todo pulmón en un país que ni sabría ubicar en un mapa

Fue una demostración del poder social de la música. Y es así porque todos nacemos melómanos ¿Acaso existe alguien que la ODIE? La música es la banda sonora de nuestra vida y las canciones que nos marcan llegan siempre envueltas en su propia narrativa: desde la colección de un hermano mayor, a los discos que el vecino compró durante su viaje por Europa, pasando por fanzines, el cover “oldie” que hace una banda alternativa o los artistas favoritos de la chica que te gusta…

La música, en su condición universal, también nos moldea de manera individual. A cada generación le tocan sus ídolos, sus ritos y sus formatos. A mí me tocó vivir el nacimiento de Napster. Antes de eso, si uno quería escuchar música más allá de los 40 principales, tenía que entablar una red de networking para poder dar con la única persona en toda la ciudad que tuviese el disco pirata del último concierto de Nirvana y encima convencerlo para que te grabara una copia. A veces exigía cassettes vírgenes a cambio del favor, o si estudiaba contigo en el colegio, pedía que le invitaras la merienda. Tal vez no quería nada a cambio, pero podría tardar días en tomarse la molestia de grabar el cassette, y casi con total seguridad dejaba alguna canción cortada al final del lado A.

Por aquel entonces, la música se vivía con “pasión”, según la define el diccionario, porque uno la PADECÍA: Esperarla con agonía era parte de un proceso que, aunque no lo extraño, hacía que cada canción fuese más especial.

El ritual que sí echo de menos es el de pasar tiempo en las tiendas de discos, especialmente si eran usados. En estos espacios se conocían las novedades, se intercambiaban recomendaciones y se discutía sobre estilos y preferencias con (autonombrados) expertos en musicología.

La película

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Hablando de gustos y colores, en el año 2000, Stephen Frears dirigió “High Fidelity”, una comedia romántica basada en la estupenda novela de Nick Hornby que narra la historia de un tal Rob Gordon (Fleming, en el libro), dueño de una tienda de discos llamada Championship Vinyl en la que pasa el tiempo entre remembranzas de exnovias e interminables debates musicales con sus empleados, Barry y Dick.

La película desborda situaciones que resultarán familiarmente placenteras a todo melómano que, así como su protagonista, alguna vez haya:

  1. hecho listas de favoritos,
  2. puesto su setlist en la música de una fiesta,
  3. formado una banda,
  4. sentido la dicha de descubrir un artista inédito,
  5. tenido conversaciones imaginarias con famosos,
  6. ordenado su colección de discos,
  7. haberle grabado un mixtape a alguien especial.

High Fidelity llega hasta el punto de incluir la primera escena en la historia del cine en la que un personaje le vende un disco de manera directa y explícita a la audiencia.

“…Ahora voy a vender cinco copias de The 3 EP´s de The Beta Band”

En una tarde como cualquier otra en Championship Vinyl, cada encargado hace su trabajo: Barry (Jack Black, en el papel que lo lanzó al estrellato) tiraniza a un cliente, humillándolo por su carencia en gustos musicales; Dick (Todd Louiso) aprovecha para ligar con una chica, y Rob (John Cusack) le da play a Dry the Rain, una canción de la banda escocesa The Beta Band, dejando que las notas floten sobre sus clientes, porque sabe que les va gustar (y también a nosotros, el público).

La escena no sigue ninguna regla convencional de narrativa cinematográfica, no ahonda en la psique de un personaje, ni avanza la trama. Detiene la acción para recordarnos que, además de distraernos, emocionarnos o hacernos reflexionar, también vamos al cine para descubrir lo que desconocemos.

Por eso, y a pesar de los avances que han cambiado nuestras formas de consumir música, la esencia de la secuencia sigue intacta gracias al placer de la experiencia social. Cuando nos recomiendan algo, entablamos una amistad en torno a un gusto compartido, o hasta le cambiamos la vida a alguien mostrándole un artista nuevo.

No digo que “Dry the Rain” ejemplifique esto, pero, sin duda, su paleta sónica enriquecerá los oídos dispuestos a prestarle atención. Qué podrían haberse imaginado Steve Mason y su banda de folkies electrónicos, que las ventas de su álbum The 3 EP’s se cuadriplicarían gracias a su aparición en High Fidelity. Como bien pudo atestiguar Gwen Stefani en Caracas, la música es capaz de llegar hasta los rincones más insospechados.

Cada cultura alberga un legado multicultural con potencial para darle la vuelta al mundo, que puede manifestársenos en cualquier momento, desde una playlist en Spotify, hasta una biblioteca, e incluso en una página web de cine panameño.