Escrito por: Carlos Silva Benítez

Antes se creía que los cisnes cantan de manera hermosa instantes antes de morir. De allí nació la metáfora del “canto del cisne”, que describe a cabalidad la última aparición cinematográfica de Wolverine en el western crespuscular “Logan”, que entrelaza ficción con realidad para obsequiarnos una despedida absoluta (y “desgarradora”), rematada para colmo, con una coda acompasada por Johnny Cash.

Claro está que, en estos tiempos de secuelas y precuelas franquiciadas, da igual que el cisne se
deje la garganta, porque siempre pueden contratar a uno más joven que continúe una saga millonaria. Y, si muere, hasta pueden traerlo como holograma. Por eso, Hollywood nos ha condicionado a no creer en el “The End”. Pero Logan nos invita a comprar la ilusión de que esto es el final.

Así como Christopher Reeves con Superman, Jackman y Wolverine han formado una asociación simbiótica que ha consolidado tanto a la carrera del australiano como agrandado la mitología de la bestia con el esqueleto de adamantium. Pensar hoy en uno es imaginar el aspecto del otro. Es más, ya enrollados en asuntos de super héroes, te invito a que trates de imaginar a cualquier otro actor en un reboot… se llevaría una Tomatina como la que le cayó a Jared Leto por su Joker de todo a dólar. Y no, esto no le pasó a Christian Bale con Batman porque ya estábamos habituados a ver distintas encarnaciones del personaje (y aceptaríamos cualquier versión que prescindiera de los batipezones).

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Los invito a imaginar un remake con otros actores...

Con Wolverine fue distinto. Su primera aparición trascendió todas las expectativas y vino apoyada en un filme que “enserió” al género. Así que, para ilustrar estas afirmaciones que he venido soltando con alegría, le voy a pedir prestado el DeLorean a Emmett Brown y retroceder 18 años hasta el momento en el que Wolverine saltó al cine desde los cómics (y de la serie animada de Fox Kids de principios de los 90s). “Guepardo” (o “Lobezno”, según tu localización) siempre fue el personaje más querido de los X-Men, pero la publicación de las primeras imágenes promocionales del film causó incertidumbre entre fans en edad escolar que preferirían verlo interpretado por cualquier musculoso del trasnochado panteón de hombretones ochenteros y temían que aquel desconocido de Sídney les empañara la fiesta.

Claro, hoy sabemos en qué paró todo aquello. El sistema de estudios no tardó en exprimirle los
huevos de oro a la franquicia y, aunque algunos fueron intragables, Jackman se dejó la piel una y otra vez, reforzando una asociación tan potente como indisoluble.

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Escuchen. Lo que he estado diciendo sobre “meterse en la piel” no es por casualidad. Esta es la parte en la que la vida real se inmiscuye en la ecuación en forma de cáncer de piel y obliga al actor a despedirse de su alter ego, indistintamente de que este mostrase signo alguno de agotamiento.

Por eso, “Logan” (James Mangold, 2017) es una despedida doble (y triple, contando a Johnny Cash). Como público, acudimos a un último vals. No de Wolverine, sino de la genuina quimera urdida por un actor que hincó con gusto las garras en un material goloso y supo macerarlo con el paso de los años. Este filme bebe de -y se embriaga con- esa realidad.

Porque somos testigos de los últimos días de un Wolverine agotado por una sempiterna resaca emocional. Nada de gloria. Todo en vano. Por si el guionista no se hubiese ensañado ya lo suficiente, Logan ha perdido su capacidad para regenerarse, con lo cual, cada día está peor que el anterior, su improbable humanidad pendiendo de un hilo mientras cuida a su antiguo mentor, Charles Xavier, cuya demencia senil lo convierte en una bomba de tiempo rodante. Y ante la desolación se le presenta la oportunidad para redimirse en la diminuta X-23, una niña mutante llamada Laura creada a partir de su sangre. Así, al final de la película, cuando Logan entrega su vida, no solo salva a Laura, sino a su alma. El mutante inmortal se reencuentra con el propósito al que le había estado dando la espalda. Y nosotros, que dábamos por sentado que estaría para siempre, nos quedamos esperando un huevo de pascua post créditos que sabemos que nunca llegará.

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Enterrado sin su traje, ni una lápida con su nombre, la película dedica sus últimos fotogramas a un close-up de la tumba donde yace el hombre que dejó de cargar su cruz (en su caso, una equis) cuando aceptó que su salvación residía, no en encontrarle sentido a su propia vida, sino a la de otros. Igual que otro famosísimo personaje de ficción que convertía el agua en vino. Entonces, la imagen funde a negro y da paso a un funeral sonoro presidido por Johnny Cash entonando desde el más allá la apocalíptica “The Man comes around”.

Pues bien, resulta que una de las últimas composiciones originales del hombre de negro fue,
precisamente, “The Man comes around”, cuyo uso en la película está diseñado para golpear como un clavo sobre mano. Y ya metido en este berenjenal no me queda más remedio que ponerme bíblico, porque es en este terreno donde se nutre la sinergia entre James Hudson Howlett y John Ray Cash.

Johnny Cash fue una leyenda andante. Tenía la voz bendecida por ángeles y una actitud avalada por demonios. Se dedicó al country, pero vivió como una estrella de rock. Su trayectoria artística fue tan prolífica como la cantidad de veces que Logan apareció en historietas. Johnny Cash fue un tipo que no necesitó de artificios para impactar. Su tono barítono fue su primer superpoder. ¿Quién más tuvo una voz así? (¿Tom Waits? ¡Vamos no me jodas!).

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Pero fue su personalidad la que lo empujó al Olimpo. Cash dedicó su vida a cantar sobre su fe y sus obsesiones religiosas sin importarle una mierda lo que tú pensaras de eso. Es más, te hubiese partido la cara de un puñetazo si lo hubieses llamado enfant terrible, tan solo por haber elegido un término tan pomposo. Aunque ya entrado en años intentó venderse como una figura venerable, fue un tipo intimidante. Alguien a quien preferirías tener de amigo.

Toda esa seguridad le brotaba desde la autoestima que tenemos los hombres que vivimos con nuestras enamoradas y que explica sin ambigüedad cómo, tras la partida en vida de su June Carter, Cash la siguió cuatro meses después, no sin antes entonar un canto de cisne para la posteridad, inmortalizado en una serie de álbumes grabados junto a Rick Rubin, los American Recordings, en los que alternó piezas originales con covers que atestiguaron el estado mental y espiritual de sus últimos días, como el “I Won´t Back Down”, de Tom Petty, o la ya mítica “Hurt” de Nine Inch Nails, con un vídeo dirigido por Mark Romanek, imposible de olvidar.

De entre todas esas canciones, “The Man comes around” despunta como pieza angular. En ella, Cash intenta hacer las paces con su dios antes que termine su tiempo, alabándole, pero temiéndole. A lo largo de cuatro minutos de duración, la canción utiliza una base rítmica que charrasquea con uniformidad sobre una nota principal de guitarra y piano, acompañando a estrofas que declaman, como rezos, imágenes del final de los tiempos: un árbol de espinas en un torbellino, o un caballo blanco con la propia muerte a cuestas. Escucharla transmite, a partes iguales, la ansiedad ante la inevitable certeza del final y la aceptación tras afrontar, más que la propia mortalidad como hecho en sí, que se está listo y que es uno quien pone las condiciones para irse por lo alto.

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Valió para Cash con su música.

Valió para Logan con sus garras.

Vale para nosotros, simples mortales, porque estos cantos de cisne son el ungüento que aminora el vacío que precede a la leyenda. No queremos que nada termine, pero todo tiene que pasar. Y qué bello final para una ilustre carrera cuando se deja lo mejor para lo último.