Escrito por: Carlos Silva Benítez (@charlesstone25)

Basta una sencilla mención de Charlie Brown, Snoopy y la pandilla Peanuts, para dibujarnos una sonrisa. Y lo curioso es que las clásicas viñetas son tristísimas: desde los eternos fracasos de Charlie, hasta la inquebrantable fe de Linus esperando a la gran calabaza de Halloween (que nunca llega, ni llegará). Su creador, Charles M. Schulz, siempre se balanceó entre la melancolía y la nostalgia, sin dejarse llevar por cursilerías, ni sucumbir a la desesperanza.

Su obra posee un sabor muy particular: el agridulce que habita en nuestro banco de recuerdos de la infancia. Desde añoranzas por amigos y mascotas que hemos ido perdiendo en el camino, hasta momentos de total alegría que en la adultez nos cuesta tanto sentir con igual intensidad.

Por ende, así como no todos los paladares gustan de esta sazón, el sabor agridulce termina siendo especial.

tenenbaums-02

La película

Algo similar puede decirse de The Royal Tenenbaums, la reflexión del director Wes Anderson sobre el divorcio y sus secuelas en los hijos. La película comienza en la década de los 70s con el que es posiblemente uno de los peores padres en la historia del cine, Royal Tenenbaum (Gene Hackman), dando la mala noticia a su trío de niños prodigios, causándoles tal daño emocional que quedan como congelados en el tiempo: en sus momentos individuales de apogeo juvenil, incapaces de madurar y hasta el punto de convertirse en caricaturas (vestuario intacto, por cierto).

Durante la trama pasan muchas cosas que desembocan en un final feliz, a pesar de momentos traumáticos y pérdidas irreversibles (RIP Buckley). Uno de esos momentos, quizá el más indeleble, es el intento de suicidio de Richie “Baumer” Tenenbaum (Luke Wilson) tras enterarse que su hermana adoptiva, Margot (Gwyneth Paltrow), de quien está enamorado, tiene un affair con su mejor amigo de la infancia. Wes Anderson compone la secuencia para guiar nuestras emociones en base a un juego de expectativas que se acrecienta con el uso magistral de imágenes, sonido y música.

La escena

La canción “Needle in the hay”, de Elliott Smith, es dejada caer en el epicentro dramático del film y detona con tales reverberaciones, que obliga a reinterpretar la película entera con Richie de protagonista en lugar de Royal. Su mismo título, que se traduce en “aguja en el pajar”, alude a una causa perdida. Para individuos pesimistas o depresivos, es un obstáculo insuperable mejor dado por extraviado, aunque para personas decididas pueda representar una probabilidad de éxito contra todo pronóstico (coño, en teoría, la aguja está en el pajar y se podría encontrar).

Fue interpretada y grabada con voz y guitarra en torno a un arreglo de aparente simpleza, obteniendo un sonido íntimo, como si Elliott Smith estuviese aislado del mundo (que lo estaba, de hecho, se suicidó dos años después del estreno de la película). Las letras hablan de fuerzas opuestas entre sucumbir al abandono o luchar por recuperarse, y los fans del cantautor no se ponen de acuerdo de si trata sobre una ruptura romántica o una lucha contra la adicción. Por eso, creo que no es necesario detenerse en analizar cada línea, porque, ya de por sí, melodía e instrumentación son de lo más tristonas y sirven a cabalidad su cometido dentro de la película.

Retomando lo del epicentro dramático, hasta esta parte del metraje hemos seguido a Richie expectantes del desenlace de su relación con Margot y seguros que será resuelta antes del “The End”. Entra al baño cuando comienza a sonar el riff acústico de Needle in the hay y nos preocupamos por el tinte atmosférico resultante del combo “música triste + color azul”.

Entonces, el demoledor poder dramático de la secuencia se cimenta sobre una anticipación incierta respecto al simbolismo del corte de pelo de Richie. Años de cine nos han acostumbrado a descifrar universalmente ciertos elementos del lenguaje cinematográfico. Por ejemplo, es casi un lugar común que todo hombre despechado y triste se deje crecer la barba. En este sentido, el look descuidado como sinónimo del estado interior es una herramienta narrativa para hacernos ver con claridad cuándo un personaje se siente mal. Acicalarse solo puede significar una mejoría.

Así que Richie está en un baño, oscuro y de un azul profundo que ahoga cualquier otro color (emoción), y se dispone a afeitarse. La música raya en lo tétrico y el escenario en lo sombrío, pero Richie se está removiendo de un lastre, emergiendo del fondo tras capas de pelo, desligándose de la máscara con la que ha estado ocultándose. Viendo directamente a cámara, se quita los anteojos de sol, enciende la luz y muestra su mirada por primera vez en toda la película. Somos espectadores de su verdadero ser, de un tipo decidido que está dejando el pasado atrás.

Y entonces The Royal Tenenbaums nos lanza una bola curva.

Richie profiere la única línea de diálogo: “me voy a suicidar mañana” y apenas lo dice procede a cortarse las venas. En la canción no quedan líricas por cantar, solo escuchamos un staccato guitarrero que acompaña la “técnica” controlada con la que se está quitando la vida y da paso a un charrasqueo in crescendo que emula el golpe de adrenalina de quien se sabe al borde de la muerte.

tenenbaums-03

Vista la película, la escena se lee distinto: la música sirve como profecía auto-cumplida.

Por edición, se intercalan imágenes de sus familiares y seres queridos en tonos cálidos que, contrastados con el azul del baño y finalmente con el rojo que emana de sus heridas, unen la sangre y sus emociones en algo que Richie ya no es capaz de contener dentro. Todo es tan fuerte, que tiene que dejarlo salir.

De pronto, la música se corta en seco (y a nosotros se nos detiene el corazón). Hasta este punto, es tal la simbiosis de imagen y audio, que sumado a nuestro condicionamiento como espectadores, nos lleva a suponer que Richie “Baumer” Tenenbaum está muerto.

Pero incluso en la más profunda oscuridad, la escena se juega un último truco para reencontrar el humor, cortesía de la pista de audio (o ausencia de la misma). Los siguientes segundos transcurren enmudecidos: alguien abre la puerta, un chico llamado Dudley, y ve a Richie inerte en el suelo, pegando un grito sordo que, huérfano del dolor que podría transmitir su voz, lo deja solo frente a la cámara con cara de imbécil. Entonces, reanuda la canción como acompañamiento a un breve montaje de todos los miembros de la familia, perro Beagle incluido, acudiendo al hospital.

tenenbaums-04

Al musicalizar el intento de suicidio con viñetas de cada miembro de la familia, se subraya el mismo drama en el que todos están inmersos.

La escena (y la canción) termina con la aparición de Margot, encontrándose con Dudley a las puertas de una “sala de recuperación”, confirmándonos que Richie sobrevivió y justo a tiempo para acentuar lo cómica que es esta tragedia:

  • Margot: “Dudley, ¿dónde está?”
  • Dudley: …¿Quién?

Antes de comenzar a escribir, repasé mis notas sobre la película y vi que repetía términos como “trauma”, “daño”, “familia rota” y “tristeza”. Eso me llamó la atención porque The Royal Tenenbaums me parece graciosísima. No es un humor artificioso, ni evasivo, sino cercano a nuestra condición humana. Wes Anderson, al igual que Charles M. Schulz con sus Peanuts, recurre a cambios entre estados de ánimo para construir sus historias y reflejar la esencia de la vida misma, porque la alegría no puede vivir sin la tristeza. Se complementan orgánicamente: un yin y yang tragicómico. Es así.