Escrito por: Carlos Silva Benítez

Muchas culturas expresan su fascinación con la violencia a través de la música. En Latinoamérica está el infame narcocorrido, que glorifica delitos reales a ritmo de acordeón, mientras que los países anglosajones cuentan con sus “murder ballads”, canciones que relatan acontecimientos criminales con todo y su triple arco dramático. Estos populares géneros nacen del corazón de las tinieblas, porque a todos nos atrae la ilusión de vivir bajo nuestras propias reglas, sin injerencia de instituciones que nos limiten (o nos frían a impuestos).

Por eso, en estos relatos salvajes encontramos protagonistas decididos y astutos que, en vez de dejarse domesticar por la ley, le ponen rienda y bozal, y la conducen por donde les da la gana. Y es que, si fuera posible prescindir del caos y del horror, ¿a quién no le apetecería disfrutar ese tipo de poder?

Podemos encontrar una épica respuesta a tal inquietud en “The Proposition” (2005), un film sui géneris, mitad western y mitad epopeya de viaje, sobre dos hombres en lados opuestos de la ley cuyo estricto sentido del deber los lleva a tomar decisiones imposibles.

La película nació cuando el director John Hillcoat, frustrado tras años sin lograr encontrar un ángulo a su visión del “oeste” australiano, pidió ayuda a su vecino, el músico gótico Nick Cave, quien aceptó por el simple reto de ver si era capaz de escribir su primer guión cinematográfico. Y Cave, que ya de por sí tiene fama de letrista violento y compositor atmosférico, entregó un argumento que “suena” más a murder ballad poético, que a epopeya de acción.

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The Proposition respira con momentos que trascienden lo decorativo y le imprimen tono a la trama.

La película

La proposición que da nombre a la película ocurre cuando el Capitán Stanley (Ray Winstone) atrapa a dos de los miembros de la pandilla Burns y le ofrece a Charlie (Guy Pearce) libertad para él y su hermano pequeño Mikey si acepta ir a cazar a Arthur, su hermano mayor y líder de la banda, un psicópata tan peligroso, que los aborígenes lo llaman el “hombre perro” y ni la policía se atreve a acercarse a su campamento en medio del desierto australiano. Para rematar, Stanley le da nueve días de plazo a Charlie y le promete que, si falla, ahorcará a Mikey el día de Navidad.  

Esta intensa premisa detona dos violentas horas de película que poco a poco va develando las feas consecuencias de la barbarie, obligándonos a pensar de dónde proviene ese gustito que sentimos cada vez que un héroe le cae a trompadas a uno de los malos. “The Proposition” logra su cometido con brutal elegancia, dejándonos pistas para armar nuestra propia conclusión (al contrario de la arrogante y condescendiente Funny Games de M. Haneke), elevándose del montón gracias a su naturaleza ambigua y su negativa a resolver el drama por la vía simple.

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"The Proposition" difumina los roles tradicionales de héroes y villanos.

Por un lado, vemos que el Capitán Stanley es un tipo feroz, que usa la fuerza bruta como el lenguaje universal que es (y el único que entienden los bárbaros). Pero, a pesar de ser un hombre capaz de romper las reglas para obtener lo que quiere, entendemos que sus motivaciones están arraigadas en el bien común y en su anhelo de proteger a su esposa, Martha (Emily Watson).

Por el contrario, nos cuesta más comprender a Charlie por lo espinoso de su dilema. Pareciera que, sea cual sea el camino que decida tomar, jamás logrará encontrar su redención. Entonces, The Proposition llega a un momento clave a mitad de la película. Veamos:

La escena

Tras enviar a Charlie en su misión fraticida, el Capitán Stanley se enfrenta a una turba sedienta de venganza, que llega a las puertas de la cárcel exigiendo que Mikey sea condenado a recibir cien latigazos. Pero, mientras los habitantes del pueblo se entretienen con el espectáculo, comienzan a asimilar la sinrazón del horror azotado en nombre de la justicia, o porque en el fondo se dan cuenta que dicha atrocidad no los hace sentir mejor.

A nosotros, como público, nos pasa algo similar, ya que la mise en scène es tan visceral, que nos sacude del hipnótico mundo de la violencia estilizada del cine y nos deja sintiendo pena ajena: al igual que a los pobladores del film, la secuencia no nos reporta satisfacción alguna.

Pero eso no es todo.

La escena se entreteje con un momento sutil en el que uno de los secuaces de Arthur interpreta a capela la vieja tonada folk “Peggy Gordon”, con tal delicadeza que “podría humillar a un gorrión”. El uso de esta pieza, por encima de una composición original de Nick Cave (quien escribió e interpretó la banda sonora del film junto a Warren Ellis), sirve para evidenciar el trasfondo histórico de los personajes: inmigrantes irlandeses que cargan consigo sus raíces y sensibilidades culturales, marcianadas en el silvestre outback australiano.

Con esta juxtaposición tan marcada, “The Proposition” nos devela su núcleo. Un nudo en el que el bien y el mal son indisolubles el uno del otro. Mientras los “salvajes” disfrutan de una serenata digna de las mejores salas de conciertos, la civilización decae en un linchamiento apoyado por fuerzas del orden. La belleza del canto ahoga los sonidos atroces de los latigazos, diluyendo la distinción entre bandidos y civiles, todos unidos por la crueldad.

Solo entonces, y a través de este prisma en escalas de grises, comenzamos a ver que en el mundo de Charlie Burns coexiste lo sublime con lo espeluznante, y entendemos el sendero que toma hasta el final del film (que termina en la cena de Navidad más escalofriante jamás filmada).

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Los paisajes australianos, en constante atardecer, anclan el duelo dramático del film.

A lo largo de la historia del séptimo arte, la música ha sido empleada como recurso para para resaltar las temáticas narrativas. En el caso particular de “The Proposition”, sirve para llegarnos directo al corazón. Eso sí, lo que tiene que decir es tenebroso y tiene que ver con la interrogante inicial sobre el poder: Necesitamos a la ley para que nos cuide, no de los criminales, sino de nosotros mismos.