“Who framed Roger Rabbit?” replantea con tinta y purpurina al arquetipo más duradero del cine negro: la femme fatale

Escrito por:
Carlos Silva Benítez
(@charlesstone25)

Los números musicales son como los masajes de pie que tanto discutían Jules Winnfield y Vincent Vega en Pulp Fiction. Parece que no significan nada y “actuamos como si no, pero todos tienen su significado y por eso son tan jodidamente geniales”.

Al respecto, no me refiero a películas musicales tipo Singing in the Rain o Dancing in the Dark, sino a películas de cualquier otro género en donde se detiene la historia en favor de un número que parece no aportar nada. Estos pueden ir desde un capricho del director, como “Anything goes” en Indiana Jones and the Temple of Doom (1984), a resaltar un momento de introspección, léase Audrey Hepburn sentada en su ventana cantando “Moon River” en Breakfast at Tiffany’s (1961).

Además de centrar la atención hacia a una estrella, bien sea la canción o quién la interpreta, estos momentos se valen del género musical como herramienta narrativa para avanzar la historia o dar color a los personajes que la habitan.

La primera escena de Wayne’s World (1992) nos presenta a los protagonistas mientras pasean en coche y cantan “Bohemian Rhapsody”. Se trata de un momento indeleble, porque crea un vínculo con la audiencia a la vez que resuena a través de generaciones, dándole autenticidad al resto del metraje.

Otro ejemplo.

Bien avanzado el metraje de Rio Bravo (1959), se alarga la espera para el gran tiroteo final con un interludio musical a cargo de Dean Martin y Ricky Nelson, quienes interpretan “My Rifle, My Pony, and Me” y “Cindy”.

Al momento del estreno de este wéstern, ambos eran grandes estrellas, Martin para adultos y Nelson para adolescentes. Ponerlos a cantar en dúo se trataba de un reclamo para atraer público de todas las edades. Y lo hicieron tan bien que hasta le robaron el show al legendario John Wayne. Pero el director, Howard Hawks, no desaprovechó la oportunidad, sino que situó las canciones en un punto especial de la historia que quería contarnos para que la secuencia no quedase en una mera anécdota, sino que resonara con los temas del film. Vista por sí sola no se entiende, pero en contexto esta escena es un gran ecualizador que nivela a todos ante la más que probable muerte que se les avecina.

De hecho, este tipo de recurso musical le da al cine más fuerza para proyectarnos de vuelta nuestra humanidad, porque las canciones, así como los artistas que las interpretan, traen consigo una carga de asociaciones positivas que anteceden a la proyección y enriquecen la experiencia: ya las conocemos, estamos familiarizados con ellas, nos gustan. Cimentan nuestra empatía con su elemento arquetípico: la figura central de una estrella de carne y hueso.

¿O no necesariamente?

Elvis Presley, Jailhouse Rock. Olivia Newton-John, Grease. Eminem, 8 Mile. Lady Gaga, A Star is born.

Una femme fatale con nombre shakespeariano y apellido de conejo

Who framed Roger Rabbit? (1988), de Robert Zemeckis y Richard Williams, es una joya técnica y artística que guiña un ojo al cinema noir y otro al mundo de los dibujos animados con absoluta credibilidad. Por tanto, uno de los aspectos donde más tenían que atinar sus creadores era en el puente que uniría estos mundos tan dispares.

En mi humilde opinión, acertaron en todos los departamentos, pero si he de elegir uno, diría que mostraron la mejor de las punterías al replantear con tinta y purpurina para insuflar nueva vida al arquetipo más duradero del cine negro: la femme fatale.

El registro más antiguo de una Jessica, con su ortografía actual, proviene de El mercader de Venecia.

La apariencia de Jessica Rabbit es una amalgama de las estrellas de Hollywood con quienes comparte la época en la que se desarrolla la trama de Roger Rabbit. Así lo afirmó el director de animación, Richard Williams, en una entrevista para The New York Times: “Ella tiene el tipo de Rita Hayworth, el cabello de Veronica Lake, la mirada de Lauren Bacall”, con un poco de la Red Hot Riding Hood, de Tex Avery, que a su vez se parecía a la chica pin-up Lana Turner. Yo añadiría a la precursora Betty Boop, y, ya puestos, a Tinkerbell.

Así la describió Richard William en “An animator breaks old rules and new ground in Roger Rabbit”, por Bernard Weinraub, publicado en The New York Times el 1/08/1988, Sección C, página 11. De izq. A der.: Rita Hayworth, Veronica Lake, Lauren Bacall y Red Hot Riding Hood.

Kathleen Turner remata el look de Jessica Rabbit con su voz ronca. En Prop Culture (Dan Lanigan y Jason C. Henry, de Disney+, 2020, episodio S01E07) Turner cuenta que, viendo los bocetos del personaje, se le ocurrió hacerla susurrar, como si le faltase el aire. También sugirió exagerar las proporciones físicas de Jessica: alargar las piernas porque ella era conocida por ese atributo, así como agrandarle los pechos para que los animadores los hicieran rebotar. ¿Te imaginas proponer eso hoy?

No he encontrado entrevistas ni libros que mencionen nada específico sobre la condición de pelirroja de Jessica, pero estoy seguro que no fue dibujada así por casualidad. Eva Heller afirma en su libro Psicología del color que el rojo es primer color al que le pusimos nombre y que, en muchos idiomas, decir que algo es colorado significa que está enrojecido, que a su vez tiene que ver con nuestra sangre.

Dependiendo de cómo esté presente, el rojo nos transmite sentimientos y conceptos como la pasión, la seducción, el erotismo o lo prohibido. En el cabello, no obstante, entran en juego otros significados. Para empezar, solo el 2% de la población es pelirroja, lo cual nos sugiere cierto misterio y, a la vez, es un rasgo que difícilmente pasa desapercibido.

De hecho, ya antes del medioevo las pelirrojas simbolizaban el glamour. Desde Eva hasta Cleopatra, Helena de Troya a Afrodita, el arte las inmortalizó nada más y nada menos que como pelirrojas.

De izq. A der.: obras de Sandro Botticelli, Henrietta Rae, John William Waterhouse y Herbert James Draper.

Pero cualquier icono que se precie de serlo no solo responde a una cuestión estética, sino que está respaldado por una serie de particularidades que le llevaron directo al imaginario popular. En el caso de Jessica Rabbit, hay dos grandes razones.

Y no son las que acabas de pensar.

Por un lado, y yo creo que el más importante, está su carisma. Jessica Rabbit no es la típica “viuda negra”, sino un personaje rompedor para su época. Como ella misma dice, no es mala, solo fue “dibujada así”.

Este personaje aprovecha el poder que ejerce en el sexo opuesto para conseguir lo que ella necesita, pero su única motivación es proteger a Roger, de quien está enamorada y lo ama “más que cualquier otra mujer haya amado a un conejo”.

Sí, la frase está escrita para causar gracia, pero sus sentimientos son reales y actúa en concordancia de lo que siente, que es muy distinto a la Jessica del libro en el que está basada la película.

En la novela de Gary K. Wolf, ¿Who censored Roger Rabbit?, Jessica es una cazafortunas que solo actúa para trepar la escala social. La trama la introduce en una escena mundana que nada tiene que ver con la versión de celuloide.

De hecho, el otro gran motivo es esa primera impresión a aparecer en la pantalla cortesía del numerito musical que se gasta. Vamos a verlo:

A estas alturas todos estamos más que familiarizados con la película, por lo que no nos queda más remedio que hablar de sorpresas desde la perspectiva de sus personajes y, en concreto, del detective Eddie Valiant.

Habiendo conocido a Roger en escenas anteriores, Eddie asume que Jessica es una coneja. Es lo más lógico. Pero cuando acude al Ink & Paint Club a verla actuar, ya le rechina verse rodeado de puros hombres incapaces de disimular lo cachondos que están.

Los directores Zemeckis y Williams abren la escena con un duelo de pianos entre los patos Donald y Daffy, detalle que ya de por sí da para pensar, porque ¿quién es la tal Jessica Rabbit si su acto telonero es una dupla, en primicia, de dos marcas registradas por los titanes Disney y Warner Bros? Hasta la misma Betty Boop hace un cameo, relegada a camarera después de haber sido una de las primeras estrellas de los dibujos animados.

La respuesta cae a continuación. La luz se atenúa, las cortinas se abren y la mandíbula de Valiant cae ante sus atónitos ojos. Quien emerge cantando bajo los focos encarna el espíritu de predecesoras inmortales como Doris Day, Rita Moreno, Liza Minnelli y la mismísima Marilyn Monroe. En poco más de dos minutos somos testigos del nacimiento y consagración de una estrella.

¿Qué le vio Jessica a Roger? Bueno, dicen que los conejos son prolíficos reproduciéndose.

El sueño de un fumador de hierba

A pesar de los cameos de Mickey Mouse y Bugs Bunny, Roger Rabbit cuenta una historia un tanto oscura de recelos y prejuicios entre razas. Entre líneas muestra un subtexto racial en el que los “toons” son considerados seres de segunda categoría. Viven segregados en el ghetto de Toontown, a algunos les pagan con maníes como al pobre de Dumbo e, incluso, el malvado Judge Doom tiene una solución final para acabar con todos ellos.

Jessica Rabbit, que no podía ser menos, hace su parte y “se roba de vuelta” una canción de origen negro que hasta ese momento estaba asociada a la blanquísima dupla de Peggy Lee y Benny Goodman (más desabrida, por cierto, que un huevo sin sal). Pero me adelanto.

“Why Don’t You Do Right?” fue escrita en 1936 por Kansas Joe McCoy, quien originalmente la tituló “Weed Smoker’s Dream” para su banda The Harlem Hamfats. La letra trataba sobre un marihuanero incapaz de hacer dinero. Cinco años más tarde, McCoy reescribió la canción para Lil Green, ahora desde el punto de vista de una mujer que castiga a su pareja por su ineptitud y le incita a mejorar.

Su grabación se convirtió en uno de los primeros hits del blues, según el libro The Blues: from Robert Johnson to Robert Cray, de Tony Russell. No habría pasado un año cuando Peggy Lee grabó su versión con Benny Goodman, que disparó su carrera y que además interpretó en la película Stage Door Canteen (1943), de la que se vendieron unas cuantas copias de la banda sonora. ¿Ves? Justo lo que decía al principio de esta columna.

Por cierto, de McCoy también es suya “When the Levee Breaks”, versionada por Led Zeppelin. De izq. a der.: K. Joe McCoy, Lil Green, B. Goodman y Peggy Lee, Led Zep.

Como los grandes maridajes entre música y cine, nada en ellos es producto de la casualidad. La ya mítica escena de Jessica Rabbit hace referencia al Harlem Cotton Club, el famoso club nocturno de Nueva York de los años treinta por cuyo escenario desfilaron artistas negros de la talla de Louis Armstrong, Paul Robeson, Cab Calloway, Bessie Smith, Billie Holiday y Duke Ellington, actuando para blancos en plena segregación racial de la era de Jim Crow.

Si nos fijamos con atención, vemos que toda la clientela del Ink & Paint Club de la película es humana, mientras que el personal que le atiende es de dibujos animados, con la vuelta de tuerca adicional en la banda de músicos, que son cuervos.

Se puede afirmar que Zemeckis y Williams se salieron con la suya creando un personaje que sería imposible siquiera de insinuar en esta época de hipersensibilidad. Al contrario, Jessica envejece como el vino porque trasciende el estereotipo, es fiel a sus principios, aplica su particular forma de justicia y, sin depender de modas, se erige como icono absoluto entre animales parlanchines de esta fábula que nos alecciona sobre un racismo que tristemente no muestra señales de lucir su letrero de The End.