Lo mejor: Comprobar como Arturo Montenegro ha madurado como director y explore otros horizontes lejos del confort de la comedia.

Lo peor: El tono didáctico por el que apuesta la película, que le resta dramatismo y reflexión a una historia con mayor pozo.

Escrito por:
Luis Lorenzo Trujillo
(@LuisAndreLT)

La clave para entender “Todos cambiamos”, la más reciente película de Arturo Montenegro (“El cheque”, “Donaire y Esplendor” y “Congelados en Rusia”), reside para este servidor en el cambio de título que tuvo el proyecto. Conocida originalmente como “Señora Lizzie”, desde que comenzó su intensa campaña de promoción a mediados de este año, pasó a hacerlo como “Todos cambiamos”.

Tengo la certeza de que este cambio en la marquesina no implicó cambios sustanciales en la trama, pero de “Señora Lizzie” a “Todos cambiamos” hay una declaración de intenciones: ya no se trata de contar la transformación de un hombre que se sabe mujer, hay también la voluntad de enarbolar la bandera de la causa.

Las intenciones de Montenegro, en este sentido, son nobles pero ingenuas. Ya que efectivamente, con “Todos cambiamos” vemos la metamorfosis de su protagonista, aunque embarnizadas con los recursos de la fábula. Esto nos acerca a la historia de una manera más didáctica que dramática, más discursiva que reflexiva y observacional.

Así, la película es lo más parecido a un roadtrip familiar: llena de malentendidos, disgustos y pleitos durante el trayecto, pero con la certeza de llegar siempre a buen puerto. En ningún momento, hay en “Todos cambiamos” la sensación de peligro para sus personajes, ni mucho menos de catarsis para los espectadores.

Aquí hizo falta que Montenegro jugara más con las expectativas del público, que buscara desencajarlos de sus asientos enfrentándolos a sus propios prejuicios y no tanto a su ignorancia. Hizo falta más magia y menos proselitismo, ya que el compromiso de un director debe ser contar la mejor historia posible que tiene entre sus manos, más allá de sus luchas personales o ideológicas.

Una oportunidad perdida a mi parecer, ya que los elementos para lograr este efecto estaban implícitos en el guión, empezando con la doble vida de Federico/Lizzie en el primer acto de la película, donde funge como empresario de día y travesti de noche, con la complicidad de su esposa.

Una esposa, Gaby Gnazzo, que es cómplice hasta que ve comprometida su estatus social y económico con la conversión de su esposo. Aunque sin duda, la trama con una lectura más interesante es la del hijo mayor, que es el que peor encaja la noticia de su padre.

Su rabia se entiende al principio desde el desengaño. Pero una escena en Tailandia, donde su anfitriona le habla del greng jai (que explica con la frase “Cómo saber que no te va a gustar, sino lo pruebas”), el director parece insinuar que el joven, más que la pérdida de la figura de su padre, lo que teme es replantearse su propia sexualidad.

No quiero que me malinterpreten, “Todos cambiamos” me parece un paso adelante en la filmografía de un director que parece que por fin ha encontrado lo quiere decir y cómo quiere decirlo, atreviéndose incluso a manejar otro registro como el del suspenso. Por ejemplo, la manera en que está montada la escena de la fiesta sorpresa, habla de un mejor entendimiento del tiempo y el espacio cinematográfico de su parte.

Además, el elenco entrega unas actuaciones logradas. Y ni hablar del diseño de producción, que aprovechan locaciones como Tierras Alta y Cerro Punta para crear un universo particular y de fácil exportación, ya que en ningún momento se menciona a Panamá como las coordenadas de este drama.

Tal vez con esta cuarta película, Montenegro no consiga reventar la taquilla como lo hizo con “Congelados en Rusia”. Pero sin duda, alcanzará algo más valioso a mirada de este servidor: el prestigio y la oportunidad de explorar nuevos horizontes lejos del confort de la comedia en la que se sustentan sus obras previas. ¡Bienvenido a la causa!